(O, un hallazgo con mucha historia ornamental)

[~ 7 minutos de lectura]

Al son de: Ana Alcaide, En el Jardín de la Reina

 

Las rosas de un biólogo corriente, las que clasifica en el laboratorio de botánica, son mucho más sosas que las de cualquier jardín.

Para empezar, tienen sólo cinco pétalos.

Qué es eso de capullos que parecen faldas de cancán arrugadas, no señor: las rosas de verdad, las silvestres con que uno se tropieza cuando va al campo, tienen cinco nada más. Todo lo demás es extravagancia emperifollada.

Lo que sucede es que tal “extravagancia emperifollada”, a día de hoy, supone quizás el 90% de los tipos* de rosa que existen.

Por alguna preferencia estética humana, que parecería darse en todo lugar en donde haya surgido la apreciación de las flores, los pétalos con que venían de serie nos han parecido pocos, y hemos querido multiplicarlos ad infinitum, al menos en aquellas flores con simetría radial, como las rosas, los claveles (otros que también tienen 5 pétalos en su versión estándar), las peonías (otra qué tal), o incluso los lotos (¡Sí! También ellos, también).

Narcisos dobles (tomados del Hortus Eysettensis, 1640)
También los narcisos, como puede verse, que han perdido su característica trompeta para convertirse en “otra flor doble más”.

Ello tiene como resultado que, a veces,  la flor pierda cualquier atisbo de individualidad y carácter, para convertirse en un pompón floral algo amorfo—sobre todo en las flores dobles informales, en las que los pétalos se amontonan sin orden ni concierto, resultando un caos laberíntico y abigarrado que debe de figurar en las peores pesadillas de cualquier polinizador: valiente será la abeja que se atreva a zambullirse entre tanto pétalo…

Pero no quería yo hablar de las frivolidades del gusto horticultural humano, no; en realidad, quería hablar de una rosa en concreto.

En estos momentos, dos ejemplares de esta rosa descansan felices y tranquilas en la entrada de mi casa, a la espera de ser trasplantadas junto a una pérgola. Son rosas trepadoras, con pequeñas flores dobles (cómo no) blancas o amarillas, que despiden un suave perfume y cuyos tallos crecen desarmados, sin púa ni pincho que haga compañía a sus pequeñas hojas compuestas.

Mi interés por las rosas ha sido siempre bastante tibio; no habían despertado nunca mi curiosidad hasta que leí la obra de Thomas Christopher, In Search of Lost Roses, como parte de mi investigación botánico-cultural.

¿“En Busca de Rosas Perdidas”? Esto tenía buena pinta.

Y sí, disfruté con el libro; anoté anécdotas fantásticas, como la obsesión romana con las rosas, o la importancia de las rosas llegadas de Persia o de China para realizar entrecruzamientos e introducir características que hasta entonces se desconocían entre las rosas europeas (por ejemplo, el color amarillo). Leí por primera vez de los viveros chinos Fa Tee, que en el s. XIX los extranjeros podían visitar sólo dos o tres días por semana, ¡y sólo tras haber pagado una entrada de $8 (para entrar en el Jardín Botánico en Madrid a día de hoy cobran 3€…)!

Pero quizás una de las anécdotas que más me llamó la atención fue la de una joven recién casada, emigrada desde Escocia hasta Tombstone (Arizona), en la dura frontera del oeste americano, durante la segunda mitad del s. XIX. Henchida de nostalgia, escribe una carta a sus padres, pidiendo si pueden enviarle unos esquejes del viejo rosal blanco que crece en el jardín de la casa materna. Meses (¿años?) más tarde, el servicio postal entrega fielmente los esquejes a la muchacha; no quiero imaginar en qué estado debían de encontrarse tras el viaje, pero la cuestión es que sobreviven.

Y no sólo sobreviven, sino que se desmelenan por todo lo alto, y en pocos años aquella rosa trasplantada desborda todas las expectativas. De hecho, aún hoy sigue floreciendo allí donde fue plantada más de un siglo atrás, cubriendo una extensión de más de 700 m² y produciendo millones —sí, millones— de flores cada año.

En aquel momento, me pareció maravilloso pensar que aquella novia en aras de la nostalgia escogiese precisamente un vegetal, una rosa perfumada, para llenar el vacío de la añoranza. ¿Quizás el aroma ‘a casa’, al jardín de su infancia, jugase un papel, anticipando las conocidas asociaciones proustianas entre el olor y la memoria?

Fuese como fuese, lo anoté en una libreta, y ahí quedó todo. Me quedó el gusanillo tras terminar el libro, eso sí, de conseguir variedades de rosas antiguas; quizás porque me gusta la historia, y una planta con historia me resulta más interesante que un híbrido recién sacado del laboratorio (en sentido metafórico, se entiende).

(las rosas antiguas, por contraposición a las rosas modernas, son aquellas que preceden la aparición de la primera rosa de té híbrida, ‘La France’, en 1867. Todo, o casi todo, lo que viene detrás en términos rosísticos, es ‘moderno’).

El otro día, paseando por un vivero encontré por casualidad una maceta con una trepadora sin identificar, pero cuyas hojas la delataban como rosal. Busca que te busca, hallé un ejemplar con rótulo identificativo: Rosa banksiae ‘Alba Plena’. Una vecina suya era R. banksiae ‘Lutea’.

Tremenda emoción. ¡Una rosa antigua al alcance de la mano! Evidentemente, las compramos.

rbanksiae-signed-small

Sólo al llegar a casa tuve la oportunidad y enorme placer de confirmar mis sospechas: no sólo R. banksiae es una rosa antigua, sino que además fue traída a Europa por primera vez desde aquellos viveros tan difíciles (¡y caros!) de visitar en Cantón, los Fa Tee*.

*La primera variedad que llegó a Europa parece haber sido mi ‘Alba plena’, comprada en China en 1807.

Y encima un personaje con el que me he cruzado a menudo en mis lecturas fue instrumental en traerla a Europa, y darle su nombre científico: Joseph Banks, el mozalbete inglés que se apuntó a dar una vuelta por el Pacífico con el Capitán Cook, llegando hasta las costas de Australia, y que a su regreso a Inglaterra puso todo su empeño en conseguir que el imperio británico fuese en gran medida un imperio botánico. En inglés, la rosa se conoce como Lady Banks Rose, o la ‘Rosa de Lady Banks’, esposa de tan influyente personaje; como habrán notado los lectores avispados, el nombre específico de la rosa, banksiae, también hace referencia a Banks (aunque si era como referencia al Mr, o a la Ms, eso ya no lo sé).

¿Qué habría pasado con nuestra rosa de Banks si, en lugar de llegar a Europa en el s. XIX, hubiese llegado en el s. IV?

Pues no estoy muy segura, pero probablemente hubiese dado tema de escritura a San Ambrosio.

Entre los escritos de este señor obispo de Milán hallamos un relato sobre cómo adquirieron las rosas sus espinas: las primeras rosas crecían en el Cielo, y no tenían espinas, siendo flores “puras y sin engaño”… pero tras la Caída del Hombre, ya empezaron a crecer también en la tierra—con espinas, claro, para que no se nos olvidase el pecado cometido. Y, como María Inmaculada no adolecía de pecadillos originales como el resto de los mortales, fue llamada ‘rosa sin espinas’.

Que es, precisamente, lo que le pasa a nuestra Rosa banksiae: que carece de espinas*. Probablemente la hubiesen plantado como locos en todo monasterio o jardín mariano que se preciase en aquellas épocas.

* … en realidad, todas las rosas carecen de espinas, porque botánicamente lo que llamamos espina no es sólo tejido epidérmico como pasa en Rosa sp., sino que vienen provistas con todos los conforts del tejido vascular (que les hace llegar nutrientes, entre otras cosas). Las espinas de verdad de la buena son mucho más difíciles de arrancar que los aguijones de las rosas.

Parece ser que es una rosa todo-terreno aptísima para climas mediterráneos, capaz de soportar bien la falta de riego, el frío, el calor, los suelos pobres, y prácticamente todo lo que le echen.

Menos mal, porque necesitamos rosas, por muy antiguas e históricas que sean, a prueba de malos jardineros.

~

* No especies, ojo; pero sí híbridos entre especies, variedades, o cultivares. La taxonomía, que es la parte de la ciencia biológica que se encarga de clasificar el mundo natural en cajones discretos y ordenaditos, asigna rangos distintos según el grado de diferenciación entre distintas entidades. Estos grados, y el cajón taxonómico con el que se correlacionan, se deciden por consenso científico… o esa, al menos, es la teoría del asunto.

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Referencias

Sobre la tendencia a doblar y redoblar los pétalos de las flores, G. Gessert tiene mucho que decir en Flowers of Human Presence: Effects of Esthetic Values on the Evolution of Ornamental Plants. Leonardo (1993) 26 (1): 37-44.

Sobre las rosas antiguas y anécdotas varias sobre romanos, chinos, y novias nostálgicas, Thomas Christopher, 1989. In Search of Lost Roses. Bloomsbury.

Sobre el rosal en Tombstone, Arizona, confirmación de su existencia en la actualidad aquí (EN).

Sobre lo bien que crece en climas mediterráneos, además de información detallada sobre variedades, orígenes, etc., aquí (EN).

Sobre la concepción medieval de las ‘espinas’ de la rosa y su interpretación mariana, puede consultarse el capítulo de López Terrada, Mª. J. ‘Las plantas ornamentales’, en Añón, C. y Sancho, J. L. (eds). 1998. Jardín y Naturaleza en el Reinado de Felipe II. Sociedad Estatal para la Conmemoración de los Centenarios de Felipe II y Carlos V.

Ilustraciones

El grabado de los narcisos está tomado del Hortus Eysettensis (edición en blanco y negro impresa en Nuremberg, 1640. Digitalizado por el Missouri Botanical Garden, es accesible a través del portal botanicus.org, en la dirección http://botanicus.org/page/1627752) de Basilius Besler. Se trata de una de las obras ilustradas más conocidas del s. XVII cuyos exquisitos grabados aún hoy se reproducen en calendarios, agendas, o láminas botánicas (por mencionar sólo algunos de los objetos con los que me he tropezado).

La obra, para los interesados, comprende 367 láminas de ilustraciones en las que se cuenta un total de 1084 dibujos de vegetales (al menos, según mis anotaciones tomadas en una exposición organizada por Aboca Museum sobre los herbarios, “Quando l’arte serviva a curare: Gli erbari fra scienza ed arte“).

Fotografía de Rosa banksiae ‘Alba plena’, tomada por una servidora.

Recursos y Enlaces (UPDATE!)

Artículo de la Revista del Jardín Botánico de Valencia (que no he visitado aún, pero que me he apuntado en la lista) sobre las rosas.

El Real Jardín Botánico de Madrid tiene en su biblioteca digital los tomos de uno de los grandes ilustradores de la historia de la botánica, el belga Pierre-Joseph Redouté, Les Roses (1828-1835). Son consultables (y descargables) en las siguientes direcciones:

Les Roses, Tomo 1

Les Roses, Tomo 2

Les Roses, Tomo 3

AVISO: por desgracia, cada página se carga como PDF individual, lo que resulta poco práctico como mecanismo para tener una vista de conjunto del tomo; se pueden descargar “cosiendo” las páginas que se desean en el apartado de la página correspondiente, peeeero a mí se me suele colgar el ordenador si exagero con la cantidad de páginas, y tengo que hacerlo en bloques de 80 o así. No sé si lo mismo os pasará a vosotros, pero por si acaso, yo aviso…

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