Calabazas peregrinas, esas grandes desapercibidas

[~ 7 minutos de lectura]

Al son de: Luar na Lubre, Chove en Santiago

Tras unos cuantos días en el Camino de Santiago (fantástica experiencia, por cierto), uno observa que los vegetales, aunque presentes, no han llegado a “oficializarse” como símbolo asociado al Camino.

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La vieira, sí; las flechas amarillas, también.

Pero, ¿y la calabaza de beber? (Lagenaria siceraria (Molina) Standl., o jícaro/a, para los amigos).

Ahí están las pobres, colgadas del extremo de bastones (o atadas a mochilas), pasando mucho más desapercibidas. Y eso que, en según qué etapas y/o épocas del año, debía de agradecerse muchísimo su ayuda, siendo infinitamente más útiles que las conchas de peregrino (más que las flechas, eso ya no…). Pues servían como cantimploras.

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He encontrado instrucciones sobre cómo elaborar una cantimplora a base de Lagenaria, según cuentan en un pueblo de Extremadura:

En primer lugar hay que curarla, o ‘calarla’, algo que al parecer puede hacerse de dos maneras:

Manera 1- Encontramos un barranco (¿), esperamos a que llegue setiembre, y la enterramos (a qué profundidad, cada uno ya se las apañará…). En marzo, la sacamos (si nos acordamos de dónde la habíamos enterrado), cortamos el pedúnculo (el rabito) del fruto, y le practicamos un pequeño agujero. Conseguimos un tizón encendido y, estando atentos a no quemarnos, vamos agrandando el agujero. Metemos unos cuantos guijarros o piedras pequeñas, llenamos de agua, y agitamos fuerte (con la ayuda de un palo?); repetir, cambiando el agua una o dos veces diarias, durante 4-5 días.

Manera 2– La dejamos secar. (notablemente menos complicado; requiere más paciencia… aunque no sé yo, entre los meses de entierro en el barranco, y los meneos con piedras y palos… en fin, no he probado ninguna de las dos, así que no puedo opinar con conocimiento de causa).

Si alguien prueba, que me diga qué tal lo del barranco y eso.

En ellas se guardaba el agua, pero también vino o vinagre (forradas, según leo, con la piel del escroto de un macho de cabra. Las que vimos nosotros no eran forradas, no).

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Cantimplora (creo que sin forrar) a base de Lagenaria, con diseños incisos en ella.

Tan humildes, y sin embargo tan interesantes, incluso misteriosas, desde un punto de vista vegeto-cultural (o etnobotánico, si queremos el palabro más técnico).

Misteriosas, porque si bien sus primas salvajes son todas africanas, hasta hace poco no se les conocían parientes estrechos en libertad, sino sólo en nuestros jardines y campos. Y porque, aún suponiéndosele un origen africano, los más antiguos restos hallados en el registro arqueológico no están en África sino en Asia y en América. Tenemos dos subespecies distintas, la asiática y la africana, y los frutos de ambas nacieron para flotar*: al parecer, podrían pasarse meses y meses atravesando el Atlántico tranquilamente sin que sus semillas perdiesen viabilidad (oséase, podrían germinar sin problemas una vez llegadas a tierra firme).

*Cuando digo que nacieron para flotar, no quiero decir que su mecanismo de dispersión de semillas ‘natural’ fuese ese (como sí parece suceder con los cocos, Cocos nucifera L.), sino simplemente, que flotan estupendamente bien.

Ello ha dado muchísimos quebraderos de cabeza a los botánicos que han intentado elucidar cómo diantres llegó la calabaza de peregrino por todas partes: archipiélagos polinesios, Nueva Zelanda, las Américas… Pues es una especie de lo más viajera, que se nos planta igual en Perú que en Nueva Guinea o en Japón.

¿Cómo y cuándo se embarcó la peregrina hacia tantos y tan variopintos lugares? ¿Llegó salvaje, o domesticada y de la mano de las poblaciones humanas que pululaban por aquellos lares? ¿Cruzó el charco a nado ella sola desde África hasta las costas americanas? ¿O se coló en el equipaje de los primeros cazadores-recolectores que pisaron Alaska tras haber atravesado el estrecho de Bering, hace más de 10.000 años?

Un detalle importante que quizás pase desapercibido al peregrino poco informado es la enorme—qué digo, enormísima relevancia que tiene la diferencia entre calabacita salvaje o silvestre, y calabacita domesticada… ya que ésta quizás fuese la primera especie que la humanidad domesticó.

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Plantel de calabazas peregrinas; son especies anuales, de ahí que todas las hojas ya se hayan marchitado. Frutos más maduros (delante), y verdes (detrás)

Pues hubo un tiempo en que no cultivábamos la tierra, sino que vivíamos de la caza y la recolección. Y, despacito y con buena letra, algunos pueblos empezaron a sembrar algún que otro vegetal, hace ya más de 10.000 años, y a aprovechar lo que cosechaban. Y los vegetales objeto de tales mimos fueron cambiando, separándose genéticamente de sus primos salvajes, e interiorizando nuestros deseos—algo que logramos a base de vegetocidio limpio (que vendría a ser el resultado de un “descartamos, o no resembramos, la semilla que no ha dado fruto bueno”).

Este gran cambio* es lo que estudiamos en el colegio bajo el nombre de Neolítico. Y la identidad de las primeras plantas objeto de nuestros arrumacos de hortelano ha sido ferozmente debatida durante mucho tiempo.

*En realidad, deberíamos hablar de granDES cambioS, y de “Los Neolíticos”, puesto que hubo distintos centros de domesticación independientes, que afectaron zonas geográficas y especies vegetales (y animales) distintas, en momentos distintos. Pero por ahora, y para entendernos mejor, lo dejaremos en singular.

Y hace relativamente poco, hemos descubierto que las calabazas de beber fueron, al parecer, los primeros vegetales que domesticamos, y no para comérnoslas, sino precisamente como contenedores de agua.  Podrían incluso haber cruzado el estrecho (de Bering, claro) con los grupos de cazadores-recolectores que colonizaron el continente americano, con semillas de calabaza peregrina en los bolsillos. Difícilmente uno podría pensar en algo más útil para llevarse de viaje, si no una cantimplora. De hecho, muchas culturas se las han arreglado de perlas sin conocer la cerámica, a base de utilizar jícaras como contenedores.

Pero no sólo como contenedores, no. ¡Las calabacitas son multiusos! Se han empleado huecas como flotadores de redes de pesca, como pipas, como instrumentos musicales, como jaulas de grillos, o incluso como accesorio de vestuario genital masculino: algunas servían como vainas para cubrir los atributos de los señores, en lugares tan alejados como Nueva Guinea, Sudamérica (ej. Venezuela) o África.

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También sirven como lamparitas (al menos, eso creo que anunciaban en este mercado artesanal en Es Mercadal, Menorca).

Y se han comido—y se comen, claro que sí, también. El fruto verde de algunas variedades se consume en la India, donde se considera frío y nutritivo, pero también en regiones italianas… si bien al parecer hoy en día variedades de calabacín están usurpando su puesto, además de su nombre.

Porque, efectivamente, la calabaza de verdad de la buena, a la que llamábamos ‘calabaza’ antes de 1492, era nuestra peregrina, y no sus primas orondas y anaranjadas, que son tan americanas como la fiesta de Halloween que han llegado a simbolizar*. De hecho, parece que la palabra que ha terminado por dar nombre a la familia entera de calabazas, calabacines, melones, sandías, pepinos, y por supuesto jícaras, es cucurbita: vocablo latino para referirnos a, ¡premio!, nuestra Lagenaria siceraria.

*Tengo presentes las raíces celtas de la celebración de Halloween, su cristianización, y todo lo que sigue. Cuando hablo de que es una celebración americana, me refiero al paripé que tenemos hoy en día del trick or treat, calabazas en los jardines, y demás costumbres que se fraguaron en América asociadas a la fiesta.

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No tengo informaciones exactas sobre cuándo llega la calabaza de peregrino a la península y territorios insulares adyacentes; se cultivaba en tiempos de los romanos, pero que no me constan análisis arqueobotánicos ibéricos jicarísticos de por aquellos tiempos.

¿Estarían ya en tiempos del Apóstol? ¿Acompañaron quizás a los primeros peregrinos que se encaminaron hacia Santiago de Compostela?

Lo desconozco.

Pero de haber sido así, no puedo imaginar una mejor compañía durante las cuestas, las jornadas de sol y calor, cuando la sed aprieta, y el cansancio halla consuelo en un trago de agua fresca.

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Referencias

Las últimas informaciones en mi poder sobre la domesticación de las calabazas de peregrino están en dos artículos:

Erickson, D. L. et al. 2005. An Asian origin for a 10,000-year-old domesticated plant in the Americas. PNAS 102 (51): 18315–18320.

Clarke, A. C. et al. 2006. Reconstructing the Origins and Dispersal of the Polynesian Bottle Gourd (Lagenaria siceraria). Mol. Biol. Evol. 23(5):893–900, doi:10.1093/molbev/msj092

La receta para curar o “calar” la calabaza de beber, y las encantadoras referencias a los forros con genitales masculinos caprinos, en Blanco, E., Cuadrado, C. & Morales, R. 2000. Plantas en la cultura material de Fuenlabrada de los Montes (Extremadura, España). Anales Jard. Bot. Madrid 58(1): 145-162.

Más sobre los restos de época romana de Lagenaria, en Schlumbaum, A.; Vandorpe, P. 2012. A short history of Lagenaria siceraria (bottle gourd) in the Roman provinces: morphotypes and archaeogenetics. Veget Hist Archaeobot 21:499–509

Sobre las vainas genitales y esas cosas, tiene que decir Heiser, C. B. (Jr.). 1973. The Penis Gourd of New Guinea. Annals of the Association of American Geographers 63 (3): 312-318.

La referencia sobre el uso de calabazas como jaulas de grillos en China, está sacada de Prendergast, H. D. V. 2000. Preserving the Gourd Perspective (Lagenaria siceraria (Molina) Standl. [Cucurbitaceae]). Economic Botany 54(4) pp. 424-426.

He leído sobre los usos medicinales de Lagenaria en la India en Rahman, A.H.M.M. et al. 2008. Study of Nutritive Value and Medicinal Uses of Cultivated Cucurbits. Journal of Applied Sciences Research, 4(5): 555-558.

Y más articulillos hay por ahí en los que se menciona a Lagenaria, así que si alguien está interesado en algo en concreto, que me escriba y me informo.

Ilustraciones

La primera está tomada en Santiago, en las afueras; la última es de la catedral, cuando no tenía tanto andamio por la fachada como ahora…).

La cantimplora a base de Lagenaria está tomada en Meana Sardo, Sardegna; no apunté el nombre del artesano que las fabricaba y vendía… Pero si queréis lámpara a base de calabaza de peregrino, yo las he visto en Menorca mismo, y en tiendas de souvenirs artesanos en Mallorca (ej. en Sineu), aunque os saldrá carilla (más de 15€ frente a los 1-2€ que cuesta una calabacita -sin decorar y pequeñita, eso sí- en el Camino…).

La foto de los frutos madurando está tomada en el Real Jardín Botánico de Madrid, en diciembre del año pasado.

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8 comentarios en “Calabazas peregrinas, esas grandes desapercibidas

    1. :p Merciiiii! ¿Estuviste en Amberes en tus tiempos belgas? Vimos una iglesia con indicaciones para el Camino de Santiago… (un poco desanimante, ver tropecientosmil quilómetros en el cartel… pero debía de haber gente que lo hacía, digo yo…)

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    1. ¡Hola Daiana!
      Pues imagino que dependerá del lugar en donde necesites conseguirlas… tampoco es lo mismo si las quieres ya secas (¿grandes, o pequeñas? ¿Ya trabajadas en forma de cantimplora, lámpara, etc., o al natural?) o si quieres sembrarlas tú misma!
      El único lugar donde las he visto en venta “tal cual”, de los que he visitado, han sido Galicia, y Uganda ^^;; pero si conoces a alguien que realice artesanía con ellas cerca de donde vives, yo le preguntaría…

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