[~ 10 minutos de lectura]

Al son de: Azam Ali y Loga R. Torkian, Flowers of the Storm

 

No sé si fue realmente así, pero me gustaría pensar que la prehistoria de los perfumes se escribió a fuego y humo, como su nombre indica:

per fumum, a través del humo.

El humo tiene algo de hipnótico, esa cualidad enigmática de los entes que fluctúan en la orilla que separa lo material de lo inmaterial. Humo, el olor de la metamorfosis ígnea, la ascensión hacia las alturas. Evocador.

Trascendente.

[Fotografía de la obra de Anish Kapoor Ascension, en su instalación para la 54ª Biennale di Venezia; sacada de la web de la Associazione Arte Continua]

Quizás inventamos la palabra trascender para poder hablar del incienso. De hecho, la primera acepción en el diccionario (DRAE) es muy sugerente al respecto:

Exhalar olor tan vivo y subido, que penetra y se extiende a gran distancia.

Durante milenios, es probable que esa gran distancia que debía salvarse fuese, nada más y nada menos, la que separaba a dioses y mortales.

Y el único mecanismo para emprender ese viaje perfumado tenía que ser ese elemento fascinante a la vez que voluble, tan íntimamente ligado a lo sagrado que había quien lo consideraba un dios —o, como mínimo, un bien precioso sisado al Olimpo—: el fuego, what else?

Pues la palabra incienso no designa en su origen a ningún vegetal en concreto. Sencillamente, significa

“aquello que es quemado”.

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La arqueología de lo sagrado es como la del humo: deja pocos rastros, a menudo confusos y que pasan fácilmente inadvertidos.

La imaginación traza rayas en los sedimentos de la historia, sí, y algunas son claras y firmes como un relámpago en la oscuridad. Otras, sin embargo, son más bien como una leve arruga en el tejido fósil, como el fugaz sonrojo que ilumina las nubes antes del ocaso: si no prestas atención, se desvanece en un instante, y en vano querrás saber si realmente existió alguna vez.

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No me consta que sepamos cuándo empezamos a quemar incienso, al igual que no sabemos cuándo inventamos el círculo sagrado. Sin embargo, se sospecha que la conexión incienso-fuego-divinidad es una constante cultural universal.

Podrá cambiar la identidad del perfume o de los dioses, pero el acto de quemar incienso ha estado revestida de significado religioso a lo largo de toda la historia.

En cada lugar se han quemado cosas distintas, según la disponibilidad y los gustos de cada uno: en el Lejano Oriente, por ejemplo, ha sido la madera de agáloco la que se ha convertido prácticamente en sinónima de ‘incienso’; en la India, el sándalo (Santalum album L.) ha sido (e imagino que aún es) quemado, junto con ghee (mantequilla clarificada), como ofrenda agradable a los dioses.

En el mundo clásico, en cambio, los inciensos por excelencia eran las resinas venidas de la lejana y perfumada Arabia Felix: olíbano (franquincienso, Boswellia sacra Flueck.), y mirra (Commiphora myrrha (Nees) Engl.). Tanto es así, que con el paso del tiempo llegó a asimilarse la parte con el todo, y terminó por darse al franquincienso el nombre más genérico de incienso; por eso decimos que los presentes de los Reyes Magos eran oro, incienso, y mirra.

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Pues el olíbano, el franc encens o “incienso puro”, era El Incienso Preferido para ofrendas divinas.

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Veo los bancos borrosos, nublados. En la iglesia flota una niebla pálida que huele a liturgia viejuna. Escucho los comentarios entretosidos de algún feligrés que se queja al monaguillo (de 70 años…) sobre el humo, que molesta a la garganta y a los ojos.

Más molestan a Dios-nuestro-Señor nuestros pecados,” es la respuesta impertérrita del señor vestido de blanco.

Siguen murmullos enfurruñados sobre cómo hoy ya no tiene sentido ahumarnos a todos como a salmones, cuando el propósito inicial de tanto incienso y tanta historia era contrarrestar el tufillo a humanidad de los feligreses. Mientras tanto, los tradicionalistas se agarran a sus incensarios con uñas y dientes, como si fuesen la marca oliente y viviente de la auténtica liturgia católica.

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Sonrío, y pienso en la cara que pondría ese monaguillo si le contase que los primeros cristianos se opusieron fieramente al uso del olíbano en sus celebraciones, por ser una costumbre asociada a la Roma pagana de la que querían diferenciarse; si le contase que las rutas del incienso, que durante siglos habían cruzado mares y desiertos para derramar bálsamos preciosos a orillas del Mediterráneo, decayeron precisamente por culpa del auge cristiano en Occidente.

(De hecho, no hubo ni botafumeiro ni similares hasta el s. IV dC, que fue cuando se reintrodujo el incienso en el culto tras siglos de sequía aromática.)

Tampoco es cierto que la función principal del olíbano fuese tan prosaica como enmascarar los efluvios malolientes de los asistentes —aunque puede que, en ciertos casos, fuese un efecto secundario de agradecer—. Hoy vivimos en un mundo secularizado, en el que los olores y perfumes tienen una vida pública profana y, sobre todo, pragmática. Los usamos muy alegremente con fines totalmente terrenales: para seducir a los sentidos (los nuestros, los de una pareja real o potencial…), para enmascarar o contrarrestar olores que nos resultan desagradables (desodorantes, ambientadores de baño…), etc.

Los dioses y los espíritus están hoy fuera de la ecuación del perfume, pues hemos olvidado ese impulso trascendente inscrito en el humo.

La historia nos ayuda a imaginar qué aspecto tenía el pasado, pero no nos cuenta cómo era su universo aromático. De qué estaba hecho el tejido olfativo de cada día, qué ideas o asociaciones inundaban la mente al olisquear un hilo de rosa, un vaho de azucena, una sombra de incienso. Habiendo reducido el perfume a la esfera profana, nos cuesta imaginarlo revestido de sacralidad, mucho menos imbuido de ella.

Sin embargo, las civilizaciones antiguas concebían un cosmos olfativo que podía ser tan divino como profano (¡si no más!). En algunos casos, como en el antiguo Egipto, el origen del mismo incienso se consideraba sagrado, y entregarlo a las llamas podía no ser únicamente una ofrenda agradable a los dioses, sino una forma de hacer presente a la divinidad, logrando que se manifestase en el mundo sensible.

No creo que sea eso lo que tiene en mente el monaguillo gruñón mientras agita el incensario con solemne concentración. Tampoco creo que sepa que, en realidad, el incienso que esparce no es franquincienso puro, sino una mezcla de varios bálsamos que otorgan a las vaharadas de humo un perfil aromático distinto del del olíbano puro: según algunas fuentes, se trataría de una combinación de olíbano (66%), benjuí (Styrax benzoin, 27%) y estoraque (Liquidambar orientalis, 7%).

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Ni es oro todo lo que reluce, ni olíbano todo lo que se inciensa

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En algún momento entre los siglos IV y V de nuestra era, un poeta latino compuso una colección de acertijos, o aenigmata: cien adivinanzas, cada una de tres versos hexámeros. Aunque la identidad del autor es doctamente discutida por los expertos (quizás se llamase Symphosius, o algo parecido; pero hay otras ideas…), así como la fecha exacta de la redacción, de lo que no cabe duda es de que estos aenigmata se escribieron para amenizar las festividades de las Saturnalia romanas.

Si bien en su origen pudo ser una celebración religiosa únicamente ligada al mundo agrícola, con el paso del tiempo fue adquiriendo una importancia cada vez mayor: donde antes era un solo día, luego se alargó a tres (en tiempos de Augusto), luego cinco (con Calígula), y en ocasiones se mencionan hasta siete días de fiesta, empezando el 17 de diciembre. Por lo que he leído, la principal característica de las Saturnales radicaba en su aire ‘carnivalesco’: las normas que definían la posición y rango sociales quedaban suspendidas; se celebraban banquetes en los que participaban esclavos y señores por igual; se comía, bebía, escuchaba música, y se distribuían regalos entre los presentes en los banquetes.

*sí, invitadO, en masculino: no está claro que las mujeres o los niños pudiesen participar

Imaginemos por un momento que somos un invitado* al banquete. Reclinados en nuestro triclinium, copa de vino especiado en mano, escuchamos a nuestro vecino ponerse en pie para recitar una serie de adivinanzas. Una en especial nos llama la atención; reza más o menos así:

Dulce olor de bosque, fatigado por fuego y humo,
Complace a los dioses en lo alto que yo yazca entre llamas,
Y no es para mí castigo, mas gracia alcanzo dando.

La asociación nos resulta evidente, no hace falta darle muchas vueltas: una sustancia que echamos al fuego, y produce humo; que es fundamentalmente ofrenda a los dioses, que empleamos para congraciarnos con ellos… sólo podía ser el olíbano.

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No ha bastado olisquear sus ecos en perfume; cuanto más escarbo, más me pierdo en la historia de este aroma, y más ganas tengo de conocerlo. Al final no he podido resistirme a la tentación, y he salido a buscar franquincienso en grano. Mi intuición no ha fallado, y no ha sido difícil de encontrar: primera tienda New Age a la que he acudido, y allá estaba.

Teniendo en cuenta cuán deseado fue en el pasado, la verdad es que encontrarlo en bolsitas de plástico ziploc, entre estatuillas de dragones y colgantes esotéricos, se me antoja un pelín cutre. Sin embargo, si cierro los ojos y lo huelo, me vienen ganas de sonreír. Creo que al olíbano le da igual su pérdida de fama; su aroma, que encierra como un secreto, permanece impertérrito al paso de los siglos, sin importarle lo más mínimo la opinión del resto del mundo.

Este extraño deseo de quemar olíbano me pilla poco preparada: no tengo a mano los cachivaches que toca tener para montar este tinglado como es debido.

(¿Que qué cachivaches son esos? Pues se recomienda carbón en pastilla a propósito para estos menesteres, un recipiente que no se te queme a la mínima de turno, y arena, para aislar térmicamente el montaje.)

Pero la impaciencia me hace cosquillas en los dedos, y termino por improvisar la solución más práctica que se me ocurre para liberar a fuego un poquito de ese espíritu perfumado. Como es un montaje experimental y puede salir horriblemente mal, arriesgo una única gota de olíbano en sacrificio.

Una vela de té dentro de un vaso, y una cuchara. Enciendo la mecha, y espero…

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Al principio, nada. Meto las narices justo encima de la cuchara, a ver si es que tengo que acercarme más, y ahí está… el aroma me recibe como un susurro invisible.

No sé describirlo. Quizás si hablase Jahai, una de las pocas lenguas del mundo que posee vocabulario abstracto para hablar de los olores, sabría cómo transcribir en palabras mi percepción. Me recuerda a las vaharadas eclesiásticas, sí, pero a la vez es algo distinto. La cuchara caliente parece irradiar perfume, como si al calentarse hubiese absorbido el aroma allá donde metal y olíbano se tocan, para luego emanarlo por toda su superficie cóncava —como los antiguos se imaginaban la bóveda celeste, pero del revés—.

No recuerdo ese olor entre las notas de Amouage-Gold, ese perfume de lujo con que me rocié la muñeca semanas atrás. Será cuestión de gustos, pero lo cierto es que el aroma del olíbano desnudo me seduce más que su versión orquestada en perfume, con aquellos otros 139 ingredientes.

Si me viesen aquellos romanos que ensalzaban las maravillas del franquincienso, probablemente pensarían que estoy como una cabra, y que esto de calentar olíbano en cuchara es absurdo. Yo me arrimo la cuchara a la nariz, y sonrío.

Que digan lo que quieran. Estoy oliendo algo muy parecido, si no idéntico, a lo que ellos olían hace dos mil años.

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La olibanomanía romana no fue una seta aislada en el mundo antiguo, si bien quizás fuese la que creció más alta y hermosa… y de la que tal vez heredamos una cierta tendencia a interpretar toda referencia a ‘incienso’, como menciones concretas de franquincienso. Lo cual me ha causado no pocos quebraderos de cabeza a la hora de intentar responder a la sencilla pregunta:

¿La civilización X usaba y/o conocía el olíbano?

Un interrogante sencillo, pero —aay— sólo en apariencia. Es fácil encontrar rumores al respecto, pero si quiero pruebas irrefutables, la cosa se complica mucho, mucho más.

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Y uno podrá preguntarme, “¿pero qué entiendes tú por prueba irrefutable de que, pongamos por ejemplo, los asirios quemaban franquincienso en sus templos?”

Bueno. Puestos a pedir, para mí lo único que espachurra por completo cualquier duda sobre la presencia y uso del olíbano es el hallazgo de esta resina (o restos de ella) en una excavación arqueológica (bien datada y excavada, claro).

De estos, por desgracia, no hay tantos como yo quisiera. Por eso, a menudo hay que conformarse con pistas, indicios más o menos convincentes para resolver este enigma envuelto en humo…

{Esta es la segunda entrega de una trilogía sobre el olíbano; la primera puede leerse aquí (I. Olíbano en frasco), y la última aquí (III. Olíbano en arena)}

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Referencias&Recursos

El significado original de la palabra ‘incienso’ puede entreverse de su etimología, “Del lat. tardío incensum ‘materia quemada en un sacrificio’, ‘incienso’.” (Fuente: DRAE)

De la importancia de los inciensos en varias partes del mundo, uno de los textos que consulté fue el preparado por Serafina Pennestrì, Aromatica: Profumi tra sacro, profano e magico, de la Selcom Editoria (1995). Para el uso del sándalo en India, encuentro referencias en Upadhyaya, K. D. 1964. Indian Botanical Folklore. Asian Folklore Studies 23 (2): 15-34. Del agáloco, en cambio, ya hablé laaargo y tendido el año pasado… curios*s sobre el tema, podéis consultar la bibliografía de aquel bendito artículo.

De la etimología de franquincienso como proveniente de franc encens, o “incienso más puro”, una mención p. ej. en Tucker, A. O. 1986. Frankincense and Myrrh. Economic Botany 40 (4): 425-433.

La referencia al antiguo Egipto como una civilización en la que se pensaba en el perfume como una manifestación misma de la divinidad está, por ejemplo, en Tatomir, R. ‘To Cause “To Make divine” Through Smoke: Ancient Egyptian Incense and Perfume. An Inter- and Transdisciplinary Re-Evaluation of Aromatic Biotic Materials Used by the Ancient Egyptians’, en Panaite, A.; Capita, C. y Cirjan, R. (Eds). 2015. Moesica et Christiana. Studies in honour of Prof. Alexandru Barnea on his 70th anniversary. Editura Universitatii din Bucuresti: 683 – 696, disponible en Academia.edu aquí.

De la relación entre cristianismo e incienso (del que el olíbano forma naturalmente parte), puede consultarse el interesante artículo de Kenna, M. E. 2005. Why does incense smell religious? Greek orthodoxy and the anthropology of smell. Journal of Mediterranean Studies 15 (1): 1-20. En él también se menciona la readopción del incienso en la liturgia cristiana, al convertirse en la religión oficial del imperio romano con Constantino. Y hace referencia al campo de la antropología de los sentidos, campo de estudio que me parece sencillamente fascinante.

Es complicado saber la composición exacta de las mezclas de incienso eclesiástico; la referencia que doy en el artículo sobre los ingredientes y sus proporciones provienen de mi querido Langenheim (Plant Resins – Chemistry, Evolution, Ecology, and Ethnobotany. Timber Press, 2003).

Intentando confirmarlo, he logrado ver las cajas de las mezclas empleadas en Baleares (“Tres Reyes”, y no me acuerdo de la marca), y no llevan información sobre sus ingredientes ni proporciones. A lo máximo que llego es a decir que, por el aspecto que tienen (y por la confirmación verbal de una empleada en la tienda a la que fui), además de olíbano, contienen estoraque y otro componente: ¿quizás benjuí?

De los Aenigmata del misterioso quizás-Symphosius, leí por primera vez en Leary, T. J. 2014. Symphosius The Aenigmata: An Introduction, Text and Commentary. A&C Black, que es de donde también he sacado la versión inglesa en la que he basado mi propia traducción del aenigma olibanístico (el núm. 47). Interesantísimo comentario al respecto, que puede leerse en línea gracias a la vista previa de Google Books. Hay al menos otras dos traducciones al inglés distintas, que pueden encontrarse en el ancho mar de internet.

De las Saturnales, he leído en Dolansky, F. ‘Chapter 29: Celebrating the Saturnalia: Religious Ritual and Roman Domestic Life’, en Rawson, B. (ed). 2011. A companion to families in the Greek and Roman worlds. Blackwell Publishing: 488-503.

De la lengua Jahai, y su recientemente analizada capacidad para hablar en abstracto de la esfera de los aromas, Majid, A. y Burenhult, N. 2014. Odors are expressible in language, as long as you speak the right language. Cognition 130: 266–270.

Ilustraciones

La imagen de Ascension está sacada de la página web de  Associazione Arte Continua; la primera vez que la vi fue en el libro de Andrea Illy, Il sogno del caffè (2015). Precioso…

La imagen del botafumeiro incensándolo todo está sacada con la cámara de Rosa y Narciso Vega: ¡gracias por dejarme utilizarla!

El resto de imágenes son de una servidora.

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4 comentarios en “De Perfumes&Dioses (II): Olíbano en cuchara

  1. Todo lo que comentas es sumamente interesante, pero mi parte favorita del artículo es el apartado que dedicas a tu pequeño experimento de búsqueda y captura de olíbano, con posterior quema en la cuchara sagrada. ¡Soy muy fan de tu ofrenda improvisada!

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