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Al son de: Familia Savall, Nastaran (Anónimo, Afganistán)

{Artículo aparecido por primera vez en la Revista ENKI, edición Invierno2016}

Érase una vez un garbanzo pacifista.

Provenía de una larga estirpe de recio abolengo; sus raíces se remontaban a más de ocho-mil años atrás, cuando sus antepasados sedujeron por primera vez a la humanidad entre el Tigris y el Éufrates. Desde aquel legendario garbanzo que selló el pacto entre personas y Cicer arietinum, sus descendientes siempre habían ido de la mano de los agricultores del Mediterráneo y Oriente Medio.

Subidos al carro agrícola de la humanidad, se pasearon de acá para allá durante milenios; pero eran tan discretos, tan poco amigos de los aspavientos, que lo hicieron siempre como plácidos segundones en la periferia de nuestra atención, sin demasiadas pretensiones.

Hacía siglos que escuchaban, desde la despensa, las conversaciones de familias reunidas para celebrar las fiestas navideñas. Este año, el deseo estaba en los labios y los corazones de toda la gente de buena voluntad: paz en la Tierra.

Paz para esta Tierra convulsa y fracturada. Paz para la región donde garbanzos y humanidad empezaron a caminar juntos.

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Los garbanzos discutían mucho sobre el tema, les tocaba la fibra sensible. Por mucho que la deseasen, la paz parecía algo difícil de conseguir, algo que dependía de grandes gestos y grandes decisiones, que deberían tomar personas a quienes la tarea les venía grande.

Nuestro garbanzo pacifista no estaba del todo de acuerdo. La paz es también algo pequeño, que se cultiva todos los días, decía, que puede expresarse en todo lo que se hace. En el fondo, son todos humanos. Todos comen. Todos cocinan.

Hay quien dice que compartir una comida es la forma más simple y universal de tenderle la mano a otro ser humano. (A no ser que le envenenes el plato, claro; pero eso sería hacer trampa).

Celebramos las ocasiones, grandes y pequeñas, alrededor de una mesa. Podemos convertirla en un campo de batalla, sin duda; pero también podemos enfatizar su potencia unificadora. Ante una olla de potaje, todos nos reconocemos iguales en el hambre, en la experiencia profundamente humana de compartir la comida.

Y, si hay un rasgo que nos caracteriza como especie, es este: somos el único animal que cocina.

Podremos discutir sobre muchas cosas relativas al comer: sobre si es lícito o no consumir un cierto alimento, sobre la forma correcta de prepararlo. Podemos emplear la gastronomía como un instrumento de división: sólo en mi pueblo/región/país preparamos el verdadero pamboli, sólo nosotros tenemos derecho a llamarlo así. Es nuestro, nuestro tesssoro. Si cocinas como nosotros, eres de los nuestros; de lo contrario, estás fuera del grupo.

Sin embargo, todas las cocinas del mundo son híbridas; todas han incorporado ingredientes ajenos, técnicas que vinieron de lejos, instrumentos que inventaron otras culturas en otros tiempos. Son una celebración de la diversidad combinada de forma creativa y sabrosa.

Son, sobre todo, una invención de la gente humilde, que vive alejada de luces, de banquetes y delicatessen. Tan discreta como el cariño de una madre o una abuela preparando un cuinat para cenar, como los garbanzos y sus parientes, las legumbres que se cocerán en la olla.

 

Érase una vez un garbanzo pacifista; en árabe, lo llamaban ḥummuṣ. Tanto lo quisieron en Oriente, que este nombre terminó por bautizar a una crema preparada con garbanzos*. Una bella coincidencia aproxima su sonido a la raíz latina humus que nos enraíza en la tierra, en el suelo, como su hija lingüística la humildad.

*Y sésamo, aceite de oliva y limón; aunque la historia de la receta es más complicada…

Como el garbanzo mismo, un vegetal nada envarado, sin pretensiones, al que no le pegan ni orgullos ni elitismos. Una legumbre sencilla y deliciosa, cuyo perfil nutricional mejora tras pasar por los fogones de nuestra humanidad —pues al cocinarla, eliminamos elementos antinutritivos que podrían complicarnos la digestión si la comiésemos cruda—.

No se me ocurren ingredientes mejores para la paz, y creo que a nuestro garbanzo, tampoco.

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El 2016 es el Año Internacional de las Legumbres: una buena oportunidad para dar más protagonismo a estos humildes campeones de la gastronomía en nuestras mesas pacíficas.

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El hummus ha sido protagonista de una ‘guerra’ de orgullos nacionales entre el Líbano e Israel en años pasados; hace pocos meses, ha sido empleado en Palestina como incentivo para animar a árabes y judíos a compartir una comida en paz y armonía.

Más información, por ejemplo, en Make hummus, not war, o en How hummus became a peace offering in Israel.

Ilustraciones

Todas las fotografías de una servidora : )

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