Un viaje al Cabo de Gata, el desierto creado y agravado por el hombre

[~ 5 minutos]

Al son de: Mike Oldfield, Pacha Mama

{This article first appeared on The Planthunter #33 and may be read in English here ||| Este artículo apareció publicado en inglés por primera vez en el núm. #33 DESERT de la revista The Planthunter, y puede leerse aquí}

Las chumberas se están muriendo ante mis ojos.

La plaga se detectó por primera vez hace diez años, no muy lejos del jardín botánico que estoy visitando. No se ha encontrado cura de momento, nos dice nuestro conductor de bus mientras paseamos por los senderos serpenteantes del jardín: una vez que tu Opuntia enferma, no hay más remedio que cortarla y quemarla.

Detecto un trasfondo de frustración impotente en su voz, la sensación de que le ha tocado una mala mano de cartas — Yo estaba aquí, dedicándome tranquilamente a mis cosas, y de repente ¡va y me aparece esto!

Las chumberas en el jardín están cubiertas de lo que parece ser una pelusilla blanca. Cojo entre índice y pulgar un pellizco de esa curiosa sustancia, y apreto; me tiñe las yemas de rojo sangre, como ya sabía yo que pasaría. Los insectos que están diezmando los cactus se conocen como Dactylopius coccus, la fuente de un tinte carmín antaño muy codiciado: la cochinilla.

Palas de nopal cubiertas de cochinilla en Almería (El Arbardinal, en Rodalquilar)
No tienen buena cara, ¿verdad?

Lo gracioso es que hace unos cuantos siglos, la noticia de cactus cubiertos de pelusa blanca nos hubiese hecho saltar de alegría, y lo habríamos llamado una bendición, más que una plaga. La grana carmín era, después de todo, el motivo original por el que los europeos quisieron cultivar los nopales americanos en sus jardines.

El destino tiene sentido del humor. Algo retorcido, eso sí.

La visión de plantas agónicas en un jardín dedicado a salvaguardar la biodiversidad es un poco inquietante. Languideciendo estoicamente entre alhucemas autóctonas y diminutas bocas de lobo endémicas, las nopaleras ponen de manifiesto cuán frágil es en realidad esta ilusión de protección.

Rosmarinus eriocalyx en Almería
Rosmarinus eriocalyx, un romero hermano de mi más conocido R. officinalis, con flores de un precioso violeta encendido.

La visita a este jardín botánico concreto, llamado El Albardinal, es parte de mi regalo de cumpleaños: un fin de semana de viaje invernal jardinístico en el desierto, organizado por los entusiastas vegetófilos que hay detrás de Bomarzo Garden Tours. No estoy en un desierto glamuroso, cierto; demasiado chiquitajo y dócil para merecer siquiera ser mencionado de pasada junto a sus herman*s mayores en otros continentes. Aunque la sombra del Sáhara alea en el horizonte, sigo en España, en nuestro desierto de bolsillo en Almería, provincia de la ironía: famosa tanto por sus sets de rodaje de películas ambientadas en el desierto, como por producir casi la mitad de las hortalizas frescas que España exporta a mercados extranjeros. Las hortalizas se cultivan bajo lo que se conoce comúnmente como “el mar de plástico”: miles y miles de invernaderos que pueden ser vistos fácilmente desde el espacio (no, no bromeo; puedes ir a Google Maps y comprobarlo tú mism*).

Si lo pienso bien, resulta casi paradójico, si uno tiene en cuenta que la provincia posee el clima más seco de Europa, con paisajes que recuerdan a los de Afganistán —al menos, según nuestro conductor de autobús, que nos cuenta cómo buena parte de su trabajo consiste en llevar de acá para allá a equipos de rodaje. “Es mucho más seguro filmar en Almería; ¡y se come mejor!” sonríe. La producción de películas llegó a la región en los tiempos de los spaghetti westerns (p. ej. el memorable El Bueno, el Feo y el Malo) y Lawrence de Arabia, y nunca se fue.

Mientras el autobús nos acompaña hacia el ocaso unas horas más tarde, contemplo el paisaje al otro lado de la ventana. Las carreteras están vacías, el cielo teñido de gris acero que el horizonte bruñe de oro.

Las tierras que atravesamos son amarillas, yermas; en algunos lugares pueden verse las cicatrices dejadas por el agua en las colinas, como si una mano gigante hubiese excavado profundos arañazos en la piel de las montañas. Es el tipo de lugar donde imaginarías palmeras, arbustos raquíticos… chumberas. Crecen arbustos espinosos como el arto (Ziziphus lotus) o el cambrón (Lycium intricatum y L. europaeum), que los pastores empleaban como refugios al pasar la noche al raso, pues “los vientos [los] evitan (…), para no pincharse”.

Es tierra de hierba —no aquella verde y jugosa, sino sus versiones secas y fibrosas que llamamos esparto (Stipa tenacissima) o albardín (Lygeum spartum): fibras excelentes para cestería, así como para muchos otros usos.

Albardin, Lygeum spartum en Almería
Albardín (Lygeum spartum) al viento…

Llueve tan poquito (algo más de 200 mm anuales; es, técnicamente, un desierto), que los científicos modernos han declarado aproximadamente el 75% del territorio como ambiente de matorral natural. Cualquiera pensaría que estas colinas achicharradas por el sol siempre han estado ahí, un panorama más o menos inmutable que ha servido de trasfondo a las miserias y alegrías humanas.

Y, sin embargo, los paisajes son como las personas. Cada uno tiene su personalidad, una idiosincrática combinación de materia prima y circunstancias, relaciones y experiencias.

Lycium cf europeum (cambrón, arto) en Cabo de Gata, Almería
Flor de cambrón (Lycium cf europaeum); por cierto que otra especie de este género nos da las famosas bayas de goji…

Cada uno es una historia.

Podemos pensar en ellos como en lugares totalmente naturales que sencillamente ‘soportamos’, en lo bueno y en lo malo, como soportamos la plaga de las chumberas que “salió de la nada, de repente”. Después de todo, estas cosas pasan en la naturaleza, ¿no?

A lo que respondo: sin duda que sí pasan… pero la cultura, más veces de las que pensamos, tiene un papel que jugar igual o mayor que la naturaleza.

No es difícil imaginar mi sorpresa al descubrir, tras finalizar el viaje, que pese a que Almería no ha sufrido variaciones drásticas en sus patrones climáticos durante los últimos milenios, la región estaba densamente cubierta de bosques no hace tanto tiempo. Ciervos y osos se paseaban por aquellas tierras, y algunas de las áreas más secas de la provincia estaban vestidas de pinar y encinar. Increíble pero cierto, al llegar los romanos conquistadores hallaron estas tierras ataviadas de verde vibrante.

Pues los bosques cambian el entorno, haciendo posibles milagros que, una vez han desaparecido, nos parecen imposibles.

Aunque la humanidad empezó a roer los bosques desde el instante en que pisamos la región (para alimentar hornos, construir barcos, arar campos…), los últimos cinco siglos de expansión agrícola, minera, y crecimiento demográfico aceleraron el proceso de forma drástica. Sin saberlo, socavamos el milagro, pelando capa tras capa de suelo hasta que emergió un desierto, una caricatura invertida de un paisaje ajardinado: un ambiente que parece natural, sin serlo.

Almería es un desierto cultural, creado por las personas y sus historias.

Hemos escrito una historia de aridez en la tierra, al igual que hemos sido co-autores del drama de las chumberas —antaño invasoras, hoy presa del mismo insecto que nosotros mismos trajimos aquí con la esperanza de que creciesen alimentándose de palas de nopal, mucho tiempo ha.

Y, hasta que no nos demos cuenta de que no somos meros espectadores, sino co-creadores activos en estas historias, nos arriesgamos a convertirnos en víctimas de nuestras propias ironías ambientales.

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Referencias&Recursos

Las fuentes consultadas tras el viaje en sí son, sobre todo, dos:

– El espléndido libro de Francisco Torres Montes, Nombres y usos tradicionales de las plantas silvestres en Almería (Estudio lingüístico y etnográfico). Ed. Instituto de Estudios Almerienses, 2004. De chumberas, cambrones, albardín y demás plantas almerienses… (¡Gracias, Eduardo!)

– El artículo de Garcia Latorre, J.; Sanchez Picón, A. y Garcia Latorre, J. 2001. The Man-Made Desert: Effects of Economic and Demographic Growth on the Ecosystems of Arid Southeastern Spain. Environmental History 6 (1): 75-94. Fascinante.

Durante el viaje pude consultar una Flórula Almeriense (de Günther Kunkel, editado igual por el Instituto de Estudios Almerienses en 1987), gracias a la generosidad de Montse y Jordi.

Tras la redacción del artículo, llegó a mis manos una completísima historia ecológico-cultural de Almería gracias a la recomendación de un compañero vegetófilo (¡gracias, Eduardo!): Almería: Hecha a Mano, de los hermanos Juan y Jesús García Latorre. Está libremente descargable en PDF aquí.

Ilustraciones

Todas las fotos son de una servidora.

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Un comentario en “Almería, o cómo escribir un desierto

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