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Al son de: Enya, The Memory of Trees

Los jardines botánicos son fragmentos del Paraíso.

No me refiero al paraíso en sentido histórico, aquel pairidaeza que se remonta a Mesopotamia, a Persia y a sus vergeles ceñidos con vallas y muros. No.

Hablo de Paraíso en el sentido mítico y trascendente de la palabra. En el jardín imaginario que un día soñamos como representación microcósmica de la naturaleza entera, y cuyo árbol más icónico y ambivalente concedía el conocimiento a quien comía de sus frutos.

Quien sabe si tal vez su savia nos hubiese regalado algo más raro y precioso: la sabiduría.

Jan Brueghel el Viejo, El Jardín del Edén
A este, vamos (versión imaginada por Jan Brueghel el Viejo, pero hay muchas otras igualmente hermosas, faltaría más). Imagen cortesía de Wikipedia.

Pero fue ese fruto lleno de conocimiento lo que puso en marcha la gran aventura. Un fruto con muchas semillas, que cayeron a tierra sin aspavientos y esperaron, dormidas, a que llegasen hortelanos con ansias de ordenar el mundo; de recomponer ese Edén perdido, esa quimera donde había un sitio para cada cosa y cada cosa en su sitio, y así comprender. Conocer.

Son quimeras, claro. El Orden de la naturaleza, en mayúscula, no es el del Paraíso de los mitos. Pero estas semillas imaginarias, llenas de conocimiento, han germinado y se han encarnado en el mundo. Se llaman jardines botánicos.

Ya no creemos, como Linneo en su momento, que estos pedacitos edénicos nos acerquen a la realidad desnuda y desenvuelta, o que revelen los secretos del orden cósmico. Sabemos que son reflejos circunstanciales de la cultura que los crea, de sus conocimientos, sus creencias, sus gustos y sus modas; que no otorgan la sabiduría a quienquiera que holle sus senderos o pruebe sus frutos.

(sí es, en cambio, bastante seguro que quien pruebe frutas en un jardín botánico se vaya a casa con una multa más o menos salada en el bolsillo).

Se vislumbran los carteles en los parterres del Real Jardín Botánico de Madrid…

Sin embargo, los jardines botánicos tienen esa cualidad mítica de condensar el tiempo y la distancia. De acercar lo muy antiguo y muy lejano, y ponerlo al alcance de tu mano. Como bestias mitológicas híbridas, yuxtaponen en parterres vecinos plantas cuyo último encuentro fue entre ancestros irreconocibles, millones de años atrás… y las nombran.

Ese detalle, ese cartelito de esquinas herrumbrosas con palabras a veces tan inverosímiles, que la lengua tiene que aprender contorsionismo para pronunciarlas, es —para míaquello que distingue un jardín botánico de cualquier otro jardín. El nombre.

En el Paraíso quizás las plantas llevasen su nombre escrito en la corteza, o en las hojas. O fuese posible intuirlos con verlas nada más— o, con una simple caricia, se pudiese abrazar la esencia más íntima de cada árbol y cada brizna de hierba.

Eran otros tiempos. Tiempos que nunca fueron.

Y, sin embargo, qué fuerza extraña la del mito, que contando mentiras revela a veces tan grandes verdades.

Los hijos nacidos de aquellas semillas, por su nombre los conoceréis. El jardín es el árbol, y los frutos están en los carteles.

Comed de ellos, y el conocimiento será vuestro.

No es ningún secreto que me gustan los nombres. Las palabras. Las historias que revelan, y aquellas que esconden. Me fascinan los mecanismos por los que creamos y damos nombre a las cosas, siendo las plantas un ejemplo de ello. De ahí nace la serie Padrinos & Plantas.

Colección de palmeras en el Jardín Botánico Histórico de la Concepción, Málaga.

También llevo dentro algún gen de cazadora-recolectora, que se despierta en primavera con el despuntar de los espárragos, y se encarna en un interés perenne por añadir libros a las estanterías. Lo disfruto como se disfruta un juego, como las actividades que no necesitan recompensa más allá de sí mismas. Pueden instrumentalizarse, como todo. Pero si las vives con ojos de paraíso, las sientes como un fin, no como un medio:

No son para, sino que, sencillamente, son.

Me gusta recolectar pequeños tesoros. Los dulces frutos que caen al suelo y dan semilla buena. Qué milagro, la semilla. Qué milagro cotidiano.

Me gusta recolectar nombres con sus historias en los cestos de la memoria.

Y hay un momento para ir al campo y tocar con las manos la naturaleza que es (o que hemos hecho que sea).

Y otros momentos para visitar naturalezas que nunca fueron, paraísos imaginarios donde conocer seres que quizás jamás vea en su entorno. Microcosmos donde los frutos del conocimiento no llevan serpiente incorporada, y están escritos en el latín universal de quien habla botánico. Una cura para la mente provinciana que sólo busca lo próximo y se desentiende de la inmensidad allende el horizonte.

Por eso busco el jardín botánico. Porque atesora nombres sin ser tacaño y ofrece viajes a tierras ignotas en unos pocos pasos. Porque interpreta y custodia el sueño del conocimiento a su manera —mejor o peor, cada uno como quiera—, y lo comparte libremente con el alma curiosa que se le acerca.

Por eso quiero conocer cuantos más, mejor. Para saber de cuántas formas imagina la humanidad su quimera.

Paseo por jardines botánicos siempre que tengo la ocasión. Puedes acercarte a mis impresiones en el Jardín Botánico de Sóller (Mallorca) aquí; darte una vuelta por el Jardín Botánico Histórico de Barcelona durante un festival celebrado en el 2015, aquí; y ver un día de invierno en el Jardín Botánico Atlántico de Gijón, aquí.

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