Una reflexión sobre la percepción, el lenguaje y la naturaleza

[~ 15 minutos de lectura]

Al son de: Eurielle, Whispers

I.

Este fin de semana nos perdimos en el bosque.

Parece una broma, y nos lo tomamos a risa, pero la verdad es que tuvimos mucha suerte de no terminar con una rueda pinchada en un camino de cabras bien empinado, lleno de socavones— y sin cobertura para avisar a alguien y que nos echase una mano (o, en este caso, mejor un cable).Sombras proyectadas por los árboles en el suelo...

Antes de descubrirnos totalmente perdidos, mientras avanzábamos tan panchos hacia ninguna parte, R me hizo notar con voz maravillada las sombras que la bóveda de árboles sobre nuestras cabezas (o, mejor dicho, nuestro cochecito-leré) proyectaba sobre el suelo pedregoso. No era la primera vez que yo advertía el fenómeno, pero sí que veía hacerlo a alguien distinto de mí.

Regresaríamos a esas sombras rebullendo en el suelo más adelante, pero en aquel momento estábamos demasiado ocupados perdiéndonos como para prestarles mayor atención.

Saqué una foto, y luego nos pusimos a hablar de otra cosa.

II.

07/2013

La tarde perfecta con amigos (+4 personas para mayor diversión)

Ingredientes

Una encina frondosa, una mesa, papel y boli, un diccionario.

Preparación

1. Una persona escoge la palabra más abstrusa que encuentre en el diccionario, y la lee en voz alta.

2. Todos los participantes escriben en su papel una definición inventada —al estilo del diccionario— de lo que podría significar el vocablo (quien lo ha escogido copia la definición verdadera en un papel también).

3. Se recogen todas las definiciones, y se leen en voz alta (risas garantizadas).

4. Gana quien acierta la definición correcta / quien ha escrito la definición que ha logrado convencer al mayor número de participantes.

III.

Cuando era pequeña, un loro me enseñó cómo mueren las palabras.

(Aunque en realidad fue El LORO. O Loro, para los amigos. Quien haya leído a Gerald Durrell y su El Paquete Parlante, sabe de qué estoy hablando.)

—¿Tú sabes cuántas palabras hay en nuestro idioma? [—dijo Loro.]

—No— respondió Penélope.

—Cientos — dijo Pedro.

—Más bien miles—dijo Simón.

—Por ahí va la cosa—dijo Loro—. Doscientas mil, para ser exactos. Pues bien, la persona media usa las mismas palabras día tras día, hoy, mañana, y pasado.

Al llegar a este punto se le llenaron los ojos de lágrimas; se sacó de debajo del ala un pañuelo muy grande de lunares, y se sonó el pico.

—¡Así es!— continuó entre sollozos—. ¿Y qué creéis que les pasa a todas las palabras que no se usan?

—¿Qué les pasa?—preguntó Penélope, con los ojos como platos.

—Pues que, si no se las cuida y se les permite hacer ejercicio, se desvanecen y acaban por desaparecer, las pobrecitas— dijo Loro.

De pequeña aprendí que las palabras mueren por culpa de la desidia de quien podría usarlas pero no lo hace.

Majuela
Majuela: dícese del fruto del arance, majuelo o espino blanco, Crataegus monogyna.

Ese es uno de los motivos por los que llevo año y medio cazando palabras vegetófilas. O mejor dicho recolectándolas; se parecen más a las patatas, que a las gacelas… y la recolección, si bien no tiene ese halo de misterio de la caza, siempre fue aquello que nos mantuvo vivos y (relativamente) bien alimentados.

En lugar de irme al campo a herborizar como los naturalistas de antaño, yo me voy al diccionario, a viejos compendios de agricultura, a glosarios antiguos… y voy llenando mi cesto de cerezas lingüísticas. Mis preferidas son las que combinan un significado interesante con una sonoridad hermosa.

Algún día saldrá un Diccionario Vegetófilo, pero mientras tanto, sigo recogiendo, compartiendo, y empleando estos términos siempre que puedo. Para que hagan ejercicio.

Para que no se mueran.

IV.

No lo supe en aquel momento, pero aquel cursillo introductorio de sánscrito cambiaría mi vida.

Eso, sin embargo, vino meses después. Durante aquellas clases, lo que aprendí fue:

1) Que es una lengua endiabladamente complicada, y que

2) Está relacionada con la creación del universo.

El sánscrito, lengua sagrada por excelencia, tiene su mito cosmogónico: un sonido primigenio que engendra a otros sonidos, luego se conjuga con ellos para dar origen a los demás… el tejido subyacente de la realidad es vibración, y la vibración es sonido. Del sonido, evidentemente, emerge el lenguaje… y así, el lenguaje crea la realidad.

(Expert*s en sánscrito, por favor, no os metáis conmigo, que soy consciente de que la cosa tiene más intríngulis. En todo caso, si os apetece, añadid las aclaraciones en los comentarios, y así aprendo.)

Mal que me pese, nunca llegué a hablar sánscrito, así que no puedo dar fe de su poder creador.

En las otras lenguas que sí hablo, sin embargo, no he logrado conjurar ventiladores (ni siquiera un triste abanico) de la nada, ni aun invocándolos como un mantra este verano.

El lenguaje —salvo excepciones— no crea la realidad… pero a menudo puede parecerlo. Lo imagino, más bien, como un haz de luz que ilumina la realidad. No es una luz difusa, y tampoco una luz inocente… es, más bien, un haz potente que resalta ciertas cosas y otras, las esconde.

El lenguaje dirige nuestra atención, y por tanto, moldea nuestra percepción.

He tenido ocasión de experimentarlo montones de veces, al descubrir palabras vegetófilas que definen algo que hasta entonces, para mí, había permanecido innominado, y a través de ellas aprendo a mirar con ojos distintos. Fenda. Albedo. Encandelar. Bedegar.

Fenda
Cada palabra es un pequeño foco que ilumina más fuerte y más claro aquella realidad, que quizás no había notado hasta aquel momento (fenda), o que sí había advertido como huérfana de nombre (albedo).

Descubrir que existe una palabra para nombrar algo de lo que quería hablar es el regalo lingüístico más grande que uno pueda recibir. De repente se abren nuevos modos de alumbrar al mundo. Bedegar.

Sin embargo, a veces es de noche, y cuando se me tornan los ojos de gato veo cosas en la oscuridad, realidades que quiero nombrar pero no puedo.

A veces veo los focos de otras lenguas iluminándolos y les tengo envidia. Los admiro.

Tomemos, por ejemplo, el último libro de Robert MacFarlane, Landmarks: un homenaje a la riqueza y particularidad de las lenguas británicas —y a la capacidad del vocabulario preciso y preciosista para re-encantar los paisajes, la tierra y nuestra relación con ella. Leerlo ha sido hermoso… y, también, un enverdecer de celos lento y constante.

¿Por qué ellos tienen una palabra para designar al “esqueleto de una hoja” (frail)? ¿O para el “entretejerse de las ramas de árboles en orillas opuestas de un sendero” (interarboration)?

(Se sobreentiende que mi envidia radica en que ellos las tienen… pero el castellano, no.)

La mayor parte de las veces soy capaz de admirar sin codiciar. Por muy hermosa que me parezca la palabra èit, no necesito un vocablo para referirme a “la costumbre de colocar piedras de cuarzo en riachuelos de los páramos para que reluciesen a la luz de la luna y así poder atraer salmones (para pescar) a partir de finales de verano”.

Cuando se trata de fenómenos profundamente enraizados en una geografía o una naturaleza con la que no tengo relación— y, por tanto, de la que no necesito hablar—, no requiero préstamos* ni traducciones.

*como la carrot cake que me saca de quicio: ¡tarta de zanahoria, leñe!

Otras veces, sin embargo, estas oscuridades imprecisas en los idiomas me ponen de los nervios. Cuando no hay diccionario de sinónimos que valga, ni traductores digitales, ni wikipedia, ni ná… cuando no tengo una palabra precisa, toca explicar a lo que me refiero, y me siento como un herbario pre-linneano, obligado a denominar un narciso de manojo con el rimbombante nombre-descripción Narcissus polyanthos Orientalis calice medio luteus odoratus maximus.

Perdidadetiempus maximus, más bien.

Precisamente, tras habernos perdido en el bosque y conseguir retomar el camino de pura chiripa, enfilamos el sendero luminoso que salía de la foresta y nos llevaría de vuelta al duro y bendito asfalto. Cuesta abajo, con irregularidades, socavones y piedras en el pavimento, las sombras de los árboles cuyas ramas se abrazaban sobre nosotros (¡interarboration!) eran preciosas—y un soberbio estorbo para ver con claridad el estado del piso y evitar ese temido reventón de pneumáticos.

Y por primera vez, me encontré realmente frustrada ante la inexistencia de una palabra que designe exactamente eso:

(No, no era este. Por aquí el coche se despeña…)

Cuando R se embala un poco más de la cuenta, y necesitas gritar —¡Cuidado con las-sombras-que-proyectan-las-copas-de-los-árboles-en-el-suelo, dificultan mucho la visión de los socavones!— ¿dónde está esa bendita palabra que me ahorre segundos preciosos de tiempo, quizás incluso una rueda? ¿Por qué no existe, por qué?

V.

¿Cómo nacen las palabras?

La mayoría no tienen paternidad, ni tampoco fecha de cumpleaños. Algunas parecen surgir de la nada, como las setas quebrando el mantillo de borrajo de la noche a la mañana.

Si tienen razón quienes sugieren que nuestros procesos mentales guardan semejanza con el crecimiento de los vegetales (“enraizando, brotando, bifurcándose, sacando rama, enroscándose, envolviéndose, sacando flor y fruta), es natural aceptar también que cada lengua es como un bosque viejo surgido de la mente colectiva*.

*La primera cita es de Richard Mabey en The Cabaret of Plants; la metáfora de las lenguas como bosques viejos es de Wade Davis.

El crecimiento y la evolución de un bosque son procesos autónomos, guiados por las propias interacciones entre los seres que lo conforman. Se registran pérdidas y ganancias, como en los idiomas: hace veinte años nadie te entendía si hablabas de wifi o de tablet; hoy (casi) nadie te entiende si hablas de gállaras o de miera. (no, no me he olvidado de incluir una D…)

Encuentra a la gállara escondida… (bueno, más o menos escondida. Más menos que más.)

A veces, sin embargo, puedes plantar palabras a propósito en la foresta lingüística. Hay quien es capaz de inventar términos nuevos, y de ejercer la influencia suficiente para lograr que otros los adopten como parte del propio vocabulario.

Por suerte o por desgracia, yo nací con el gen toquiteador en lo que a idiomas se refiere: me gusta plantar palabras, injertarlas, hibridarlas… porque creo en la fuerza dinámica del lenguaje, en su fuerza generatriz (… bueno, y porque me divierte un montón jugar con él).

Por eso, hace unas cuantas noches inventé una palabra.

Soy consciente de que esto no es un anuncio sorprendente, ni especialmente interesante. Al fin y al cabo, “vegetófilo” no es un término que aparezca en el diccionario, y quien me lee sabe que tengo una cierta propensión a sacarme palabras de la manga como quien saca conejos de una chistera mágica.

Sin embargo, para mí esta es especial, creada porque sentía la necesidad de poder dar nombre a un fenómeno que adoro.

En mi pequeño diccionario personal, la he incluido así:

SURMURAR. v. trans. 1. Acción de remover el viento las hojas de árboles o plantas, produciendo un sonido característico.

Y, dado que estaba en vena, añadimos el sustantivo también:

SURMULLO. sus. m. sonido del viento —o de la brisa— al remover las hojas de los árboles.

Es fácil comprobar que se trata del fruto de una hibridación directa, la hija-F1 de susurrar&murmurar.

Alisos surmurando
Alisos surmurando en las orillas de un riachuelo seco.

También ha sido fácil comprobar que, desde el momento en que la inventé, he hablado más y me he fijado más en los surmullos a mi alrededor. R me toma el pelo cuando estamos en el bosque (“¿Qué están haciendo los árboles en estos momentos? Ahhh, surmuran”), pero cuando cerramos los ojos, él también escucha las diferencias entre los surmullos de distintas especies.

El surmullo en la tejeda es distinto al del robledal. Cuando surmuran las hojas secas aún encaramadas a sus árboles-atalaya, requemadas por el calor infernal de las últimas semanas, su voz es distinta, más quebradiza y de contornos más nítidos que los surmullos de las hojas verdes.

Incluso en la antigüedad el oráculo de Dodona leía entre los surmullos de árboles concretos: las encinas consagradas a Zeus, cuyo dialecto era el único que permitía, más que entrever, entrescuchar el futuro de los mortales.

Es muy posible que este híbrido tenga una vida corta y se apague conmigo (y con R, que ya la ha adoptado como propia). No lo he inventado para que triunfe en la jungla digital de nuestros tiempos sino, sencillamente, porque quería poder iluminar esa experiencia concreta con una palabra. Es mi forma de darle dignidad.

Te nombro, ergo te veo con mayor claridad.

VI.

Si el paisaje es fruto de la relación entre la humanidad y la tierra, me atrevería a decir que hoy el mundo entero es paisaje.

Carbayeda de El Tragamon
Carbayeda de El Tragamon, en el Jardín Botánico Atlántico de Gijón.

No importa si es un bosque viejo, una selva pluvial, un desierto o un erial: su existencia y su estado actual se debe a nuestras decisiones, ya sean “buenas” (conservar, gestionar sosteniblemente…) o “malas” (destruir, explotar salvajemente…).

Somos much*s quienes estamos de acuerdo en que conviene favorecer las decisiones “buenas”. El paso siguiente ya es mucho más difícil: ponernos de acuerdo en cómo lograrlo.

Creo que un indicio que puede ayudarnos a reflexionar sobre la cuestión yace en las palabras de Oliver Rackham cuando describió cuatro formas en las que “perdemos” un paisaje: con la pérdida de belleza, con la pérdida de libertad, con la pérdida de vegetación y vida silvestre, y con la pérdida de significado.

Estética, experiencia humana, ecología, y semántica.

No son pérdidas independientes, sino interconectadas. Al fin y al cabo, cuando tus sentidos son incapaces de percibir la belleza de un lugar, pierde valor; y los ecosistemas que devaluamos son los que menos protegemos.

Por eso, entrenar la percepción es fundamental para re-encantar los sentidostodos los sentidos, no sólo la mirada— y reclamar el paisaje, salvarlo del olvido. Este entrenamiento sensorial y emotivo puede tomar muchas formas, pero tal vez una de las más comunes pase a través del significado, y del lenguaje.

Al fin y al cabo, recordemos que el lenguaje dirige nuestra atención, dando forma a nuestra percepción. Aquellas partes de la realidad que no nombramos, que no iluminamos, existen, pero permanecen en la sombra… y si desaparecen, cuando desaparecen, para nosotros es como si nunca hubiesen existido.

Si un árbol cae en el bosque y nadie lo oye, hace ruido… ¿pero a quién le importa?

Por eso me parece fascinante la cruzada de Robin Wall Kimmerer, botánica y nativa americana que defiende la invención e inclusión de un nuevo pronombre en la lengua inglesa para contribuir a sanar nuestra relación con la tierra.

Un pronombre no es, precisamente, la primera cosa que imaginamos al pensar en un eco-superhéroe. Para empezar, no hay forma de vestirlo con mallas ajustadas y capa.

La tesis de Kimmerer, sin embargo, es intrigante. A partir de su lento descubrimiento de las lenguas indígenas de su pueblo, observa cómo muchas de ellas otorgan un estatus especial a todo aquello que consideran animado: son idiomas de sujetos, más que de objetos. El verbo que se emplea para escuchar la bocina de un coche es distinto al que empleas para escuchar el surmullo de los árboles.

Allá donde los pronombres en inglés trazan líneas claras entre lo humano (he, she) y todo lo demás (it), los idiomas nativos hermanan a “personas humanas” con “personas no humanas” en una única y generosa esfera, lo animado, versus lo inanimado (… y esta división, ojo, no se corresponde con ‘lo que estudia la biología’ y ‘lo que no’. Para la concepción indígena de la realidad, las rocas son animadas, al igual que la playa, los ríos, las nubes o el fuego).

El inglés otorga un estatus especial al ser humano, colocándolo (lingüísticamente) por encima de todas las cosas, y refiriéndose a un arce con el mismo pronombre que emplea para un vertedero de residuos nucleares (it). Sin querer o queriendo, los ilumina como si fuesen una misma cosa: objetos inanimados de los que puede disponer al propio antojo.

Sabemos, y Kimmerer lo admite sin que se le caigan los anillos, que no por hablar un idioma donde se “personalice” a entidades naturales vas a tratarlas necesariamente mejor. Un ejemplo evidente puede ser el castellano, que no dibuja fronteras tan claras como el inglés: si te cuento que “le escribí una carta”, en sentido estricto ese LE puede referirse a un amigo, a un castaño o a un cencerro… y no obstante, ahí tenemos a la zona de Cabo de Gata en Almería (por mencionar un caso del que ya he hablado), región boscosa que convertimos en desierto nosotros solitos.

Del mismo modo, los antiguos griegos veían perfectamente el color azul aun sin tener una palabra específica para designarlo, y los hablantes de idiomas cuya gramática no contempla las conjugaciones en futuro son perfectamente capaces de concertar una cita con el dentista o planificar las vacaciones de verano con su familia.

Eso es algo que aprendí leyendo el libro de Guy Deutscher, Through the Language Glass: el lenguaje no limita lo que puedes pensar… pero influye en lo que sueles pensar, y en cómo sueles hacerlo. Modela, de alguna forma, nuestros hábitos mentales.

El lenguaje no limita lo que puedes pensar… pero influye en lo que sueles pensar, y en cómo sueles hacerlo.

Y si empiezas a pensar en las plantas a tu alrededor como personas no humanas pero animadas (y no entraré en definiciones de lo que es animado; berenjenal al canto); si, en lugar de dividir la realidad entre ‘lo humano’ y ‘todo el resto’, empleas la misma luz lingüística para iluminar a tu abuela, a un jilguero y a un algarrobo… quizás tu percepción cambie.

Si enciendes lámparas nuevas para alumbrar rincones oscuros de realidad, quizás la descubras más hermosa, más fascinante, más valiosa… más digna de atención, y de protección.

Sombras de olivo sobre un campo de cereales en primavera

Quizás el primer paso para recuperar nuestros paisajes —los de tod*s, y los de cada un*— sea iluminarlos con las palabras.

Y, si resulta que no existen… oye: ¿por qué no vamos a inventarlas?

VII.

Cómo Inventar un Lenguaje Vegetófilo (entre otros muchos)

Ingredientes

La sombra de un buen árbol, papel y lápiz, imaginación.

Preparación

1. Un participante piensa en un fenómeno natural relacionado con las plantas que no tiene nombre, pero del que querría poder hablar, y compone una definición del mismo.

2. El resto de participantes imaginan una palabra que podría contener aquel fenómeno.

3. Tras leerlas en voz alta, se escoge aquella que ha tenido una acogida mejor. Tod*s ganan.

… ¿jugamos?

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N/A: Mil gracias a Luis y Ana por La Tarde Perfecta, entre otras muchas cosas. El juego del diccionario es un invento suyo, de un calibre equiparable al del mítico Clonculute.

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3 comentarios en “La invención del lenguaje vegetófilo

  1. Querida Aina, hoy estoy de día libre y me he podido deleitar con tu texto que es una delicia para todos los sentidos. Veo que vuelves con fuerzas e inspiración renovadas….¡me alegro de que en tus más que merecidas vacaciones hayas podido escaparte a lugares mágicos como este bosque que describes! Y qué decir de tu oda a las palabras: ¡benditas las personas que como tú cuidan, miman las palabras y, no sólo nos regalan textos bellísimos y profundos sino que, ahora también, nos regalan palabras nuevas! Gracias por recordarnos lo importantes que son. ¿Conoces una sección del programa La Ventana (Ser) de Luis Piedrahita? Creo que se llama “Faltan palabras” y consiste en crear palabras para personas, cosas, acciones, etc. que según él no se definen bien con las palabras actuales. Un ejemplo es “madrenalina” que utiliza para definir esa fuerza sobrehumana que las madres desarrollan ante cualquier tema relacionado con sus hijos ;-) También tu reflexión sobre el lenguaje y como éste moldea, influye en nuestra forma de pensar me recordó a la película “La llegada” (“The Arrival”). Si no la has visto te la recomiendo, te va a fascinar la historia que tiene que ver con el lenguaje, la comunicación y la percepción del mundo. Además Amy Adams está sublime en su papel! un beso grande y de nuevo gracias (estaré pendiente de los surmullos)

    Le gusta a 1 persona

    1. ¡Ruthi!

      Jajajaja ayy lo que me estoy divirtiendo con las palabras inventadas de Luis Piedrahita! Maravilloso descubrimiento, mil gracias por la recomendación :*

      ¿Sabes que, tras mencionar “La llegada”, recordé que R me había hablado de una peli parecida vista durante uno de sus viajes? Y resultó que era esa, era. Me había hablado muy bien de ella, pero me había olvidado por completo, así que ¡menos mal que me lo has recordado para que la vea! Intríngulis…

      Por cierto que (y lo menciono aquí, por si alguien nos lee por aquí y no en Facebook) me encantan tanto “arborumbra” como “umbreda” como palabras para referirnos a las sombras-de-la-vegetación-en-el-suelo-&-etc. Las incorporo al diccionario, y ya he informado a R de que la próxima vez que le grite “Cuidado con las umbredas!”, tiene que estar atento a eso ;)

      Un besazo, precisamente mientras las enredaderas surmuran como locas esta noche de viento!

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      1. Hola Aina, qué bueno que hayas buscado a Luis Piedrahita, algunas de sus palabras son auténticas genialidades !
        Veo que R ;-) tiene muy buen gusto! De verdad que estoy convencida de que es el tipo de película que te va a gustar. Ya me contarás cuando la veas…
        Y de nuevo (ya lo hice en Facebook) te doy las gracias por apreciar “mis aportaciones” a tu juego de inventar palabras! (Tengo q animar a Joaquim y Ryan a jugar al del diccionario que propones)
        Y estoy deseando leer tus palab4as inventadas y empezar a usarlas como surmullo, que me gusta muchísimo , la palabra y el fenómeno que describe.
        Un beso y hasta pronto

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