Capítulo #01 del podcast La Senda de las Plantas Perdidas

[~ 11 minutos de lectura]

[Emitido el 04.04.19] | Abrir el podcast en una ventana nueva [iVoox] o Descargar

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¿Quién sabe qué es una calabaza?

Sí, lo sé: seguro que tú lo sabes… o, al menos, crees saberlo.

Pero la palabra calabaza no siempre designó a una hortaliza grande, redonda y anaranjada oriunda de las Américas.La senda de las plantas perdidas, capítulo 01: Lagenaria siceraria

Durante mucho tiempo, este vocablo se refería a una pariente más discreta, una habitante más antigua de nuestros huertos (de hecho, lleva con nosotros incluso desde antes de que inventásemos los huertos): Lagenaria siceraria, la calabaza de beber o calabaza vinatera.

Hoy nos vamos de viaje siguiendo sus aventuras por el mundo entero… literalmente: esta chica ha llegado a todas partes, desde el corazón de África hasta las alturas andinas, y vale la pena escuchar las historias que tiene que contar.

Tras el diluvio, los dos hermanos se encontraron con una tierra yerma y deshabitada; siguiendo el consejo de un pájaro Malkoha*, hermana yació con hermano, y al cabo de tres años, tres meses, tres semanas y tres días, de su unión nació una calabaza.

*Phaenicopterus tristis.

Desde el rincón donde la dejaron la cabalaza siguió creciendo y creciendo, hasta que un día hermano y hermana escucharon un rumor. Hermano cogió un hierro y lo calentó al rojo vivo, lo calentó para abrir un agujero en la calabaza quemando su corteza. Y del agujero en la calabaza salieron, uno tras otro, todos los pueblos del mundo.

Muy buenas, y muchas gracias por acompañarme en La Senda de las Plantas Perdidas, un podcast donde dar voz a nuestras historias de amor (y desamor) con un reino tan fascinante como esencial: el reino vegetal.

Si hace unas semanas te invitaba a liarte el petate, atarte las botas y agarrar el bastón de andar, hoy abrimos la puerta para dar los primeros pasos de nuestro viaje.

Y, ¿cuál es el primer ambiente que nos encontramos al atravesar el linde? Para muchos de nosotros la respuesta quizás sea la ciudad, pero durante milenios la respuesta más común era: el huerto.

El huerto es ese pedacito de tierra donde volcamos nuestros deseos de forma más intensa y constante.

Los huertos han sido, durante muchísimo tiempo, una extensión a la intemperie de nuestras despensas, y por eso las identidades de sus habitantes han ido cambiando conforme cambiaban los gustos y las necesidades del momento. Hay plantas que siguen en auge (a ver quién no va a sembrar tomateras en su huerto-balcón), pero algunas de las que antaño fueron íntimos compañeros de huerto están cayendo en el olvido más absoluto.

La calabaza de Cenicienta (bueno, o de su padre, según Cuéntame, Sésamo)
No, no es ella de quien hablaremos hoy… (quien sostiene la calabaza es el padre de Cenicienta, tal como lo ilustró Jacobo Muñiz para mi cuento La calabaza más hermosa del mundo, en el álbum ilustrado Cuéntame, Sésamo :) )

Y es precisamente entre las filas de esta flora en vías de desaparición donde encontrarás a la que será nuestra guía vegetal del día: la calabaza vinatera, Lagenaria siceraria.

Quizás ya sepas que le tengo un cariño enorme a esta muchacha, cuyo nombre puede inducir a error: al escuchar calabaza, puede que te imagines una hortaliza naranja y redondeada de carne comestible, como la del cuento de Cenicienta. Pero antes de que Colón se tropezase con el continente americano, ya teníamos “calabazas” en castellano, y eran Lagenaria siceraria.

Cierto es que las calabazas de Halloween y las calabazas vinateras pertenecen todas a la misma familia, las Cucurbitáceas (así que al menos podemos decir que “todo queda en familia”). Si ves una enredadera de calabaza vinatera, observarás que se parece a una calabacera, tanto en las hojas como en las flores que, sin embargo, no son amarillas sino blancas.

Ahora, el principal uso que hemos dado a las calabazas vinateras te lo indica su mismo nombre  científico: Lagenaria viene de lagenos, palabra latina para hablar de botellas, y siceraria proviene de una raíz* semítica, si no me equivoco, para hablar de bebidas alcohólicas fuertes, škr.

*Puedes leer un poco más sobre esta raíz, que comparten vocablos como sidra, aquí.

De todo ello podrás deducir que se han empleado sobre todo como contenedores. Son utensilios magníficos, cantimploras, recipientes… entre otras muchísimas cosas.

Claro que no puedes usarla directamente apenas cogida de la enredadera: debes curarla, dejándola secar oportunamente, y luego ya podrás emplearla para montones de cosas.

Ejemplares de calabaza vinatera secos, y enredadera verde
Ahí puedes ver, a la derecha, ejemplares de Lagenaria ya secos, y a la izquierda una planta de calabaza vinatera con un ejemplar en forma de guitarra aún verde :)

La calabaza vinatera se considera oriunda de África, al igual que nosotros, Homo sapiens. Sin embargo, ha llegado a todos los rincones de la Tierra… y me podrías decir que eso no es nada sorprendente (también los pimientos, o los tomates).

A lo que respondo: sí, es verdad, pero en el caso de Lagenaria, la tía se planta en prácticamente todo el mundo ya en tiempos prehistóricos. Desde Perú hasta Nueva Zelanda o las estepas siberianas, Lagenaria aparece en todos los rincones del planeta antes que ninguna otra planta que hayamos cultivado.

Y eso es un misterio fascinante.

Lagenaria se merece unas tres horas de podcast, mínimo, pero ya sabes que prometí brevedad en estos capítulos (… cosa que de momento no me está saliendo demasiado bien, pero al menos esa es la intención), así que intentaré condensar todo lo que pueda las aventuras de Lagenaria out of Africa, de huerto en huerto…

Nuestra primera parada está en Asia, a orillas del océano Índico, y te aclarará la última pista que te di en el capítulo anterior.

[Se trata de la introducción al podcast, para la que no he preparado transcripción. El audio está aquí.]

Murli de Lagenaria siceraria
Murli de Lagenaria en todo su esplendor.

El sonido que se escucha hacia el final es un murli, un instrumento indio de viento compuesto por una calabaza vinatera como boquilla y cámara de aire, de la que salen dos cañas, selladas a la calabaza con cera. Me he enterado hace nada de que este instrumento ¡es el que se emplea para encantar serpientes en la India!

Porque, sí: en la India conocen y aprecian mucho a las calabazas vinateras, lauki, que no sólo emplean medicinalmente en la tradición ayurvédica, o consumen como hortaliza, sino que también figuran en su música. De hecho, los instrumentos de cuerda más famosos de la India, los viinaa, tienen calabazas vinateras como cajas de resonancia para el sonido. El sitar, que algunos consideran un tipo de viinaa, también tiene una que sobresale como un globo del largo cuello del instrumento.

Sitar (s. XVIII, India)
Ahí puedes verla, en un sitar del s. XVIII (la imagen está sacada del MET, y puedes verlo aquí).

Un instrumento emparentado con el murli aparece también en China, aunque su sonido es más dulce y suave. Porque los chinos también consideran la calabaza vinatera (hulu, 葫芦) como planta china de toda la vida.

Resulta curioso imaginar que la emperatriz viuda Cixi, la última mujer reinante de la dinastía Qing, tenía una sala decorada con más de 10.000 calabazas vinateras colgadas como adornos de distintas formas, que provenían de un huerto donde las cultivaba.

¿Por qué? Pues, probablemente, porque eran símbolo de buena suerte y longevidad. Aparece, por ejemplo, colgada del bastón del dios de la longevidad, y es el emblema de uno de los Ocho Inmortales de la tradición taoísta, Li Tieguai.

Li Tieguai en un tejido de seda
Ahí lo tienes tumbado a la bartola sobre una calabaza vinatera enorme: Li Tieguai, representado en un bordado chino del s. XIX en seda (V&A Museum, aquí).

Sin embargo, si te tropezases por China con un inmortal llevando una calabaza vinatera, yo me abstendría de abrirla sin preguntar antes: al parecer, las leyendas narran cómo estas calabazas podían servir como cárcel donde encerrar a tus enemigos (que imagino se empequeñecen con las derrotas…).

Estoy muy tentada de dar un salto a Japón, donde tenemos incluso haiku protagonizados por calabazas vinateras y sus bellas flores, pero de momento lo dejaré para futuras ediciones, porque hoy quiero bajar a la península indochina.

Allí encontraremos a ciertas tribus entre Laos y Vietnam que imaginan la re-creación de la humanidad a partir de una calabaza vinatera. De hecho, el fragmento que has escuchado al principio del capítulo era una adaptación libre de una de estas narraciones orales que cuentan cómo la humanidad se salvó de un diluvio gracias a un gesto de generosidad para con un animalito —pero se salvaron solo dos hermanos y, una vez pasado el peligro, se encontraron con la ingente tarea de tener que repoblar la Tierra entera.

Fruto de sus relaciones, salió un fruto literal: una calabaza. Y del interior de la calabaza fueron apareciendo todos los pueblos del mundo.

Un detalle que me llama la atención es que estos mitos explican por qué los distintos pueblos tienen piel de distinto color: pues los primeros que emergieron de la calabaza se mancharon la piel con el hollín que había quedado en el borde del agujero, pero los últimos pueblos que salieron, no, y por eso tienen la piel más blanca… curioso, ¿verdad?

Calabazas de beber
El agujero suele hacerse donde está el rabito, que todas las calabazas de la foto (sacada en Chinchón) aún tienen puesto. Para elaborar recipientes, evidentemente, agujerearás el fruto (por ejemplo, con un hierro caliente o un tizón…) y le colocarás un tapón.

¿Y después? Una gran extensión de agua: el Pacífico, y un montón de islas cuya colonización es una de las mayores empresas llevada a cabo por la humanidad, por esos pueblos de navegantes cuyas habilidades para surcar las aguas están fuera de toda duda.

Piensa en Vaiana y Maui (de la peli de Disney): de eso hablamos. Lo que no sale en la película, pero que me parece fascinante, es que los pueblos polinesios empleaban calabazas vinateras, ipu, como instrumentos de navegación. Pese a lo sencillo de su diseño, se trataba de un instrumento sofisticado y describir exactamente cómo funcionaba nos llevaría demasiado tiempo, así que lo dejaremos también para futuras ediciones…

Ahora, remóntate a 10000 años atrás, o más, en el momento en que los primeros humanos colonizan el continente americano.

Existen polémicas sobre cómo llegamos y nos asentamos en el nuevo mundo y, como la historia de Lagenaria parece ser un espejo de la nuestra, también hay polémicas sobre cómo llegó nuestra calabacita a suelo americano, si cruzó el Atlántico a nado, o si fue colgada del cinto de los primeros colonizadores de las Américas.

Mate hecho con Lagenaria siceraria
Mate con bombilla para beber hierba mate (un pariente del acebo, Ilex paraguariensis, que mencioné de pasada hace tiempo aquí.)

Pasito a pasito vamos aclarando el misterio, pero aún no lo hemos sacado todo a la luz, y esta chica sigue dando mucho que hablar…

En Sudamérica, Lagenaria se topa con otra planta con frutos que pueden convertirse en recipientes para beber, la Crescencia cujete. Sin embargo, se trata de un árbol en lugar de una enredadera de ciclo anual, y por tanto ni tan versátil ni tan portátil como nuestra heroína vinatera, que igual sirve para preparar flotadores para redes (o personas que no saben nadar), como recipientes para beber infusión de hierba mate (de hecho, mate es el nombre de Lagenaria siceraria en algunos países del continente americano, como Argentina).

Varias fuentes mesoamericanas diferencian lingüísticamente a las calabazas de árbol como jícaras o jícaros, y a las calabazas vinateras como tecomates, pero hoy en día la palabra jícara suele emplearse de forma indistinta para referirnos a un contenedor de cualquiera de los dos tipos.

Las jícaras y tecomates tenían una notable importancia mítica y ritual en las religiones mesoamericanas. Uno de los accesorios que llevaban los sacerdotes aztecas, por ejemplo, eran tecomates llenos de tabaco, y los recipientes para tomar bebidas como el chocolate eran precisamente jícaras.

Y cuando los europeos entramos en América cual elefante en una cacharrería, nos traemos de vuelta como botín vegetófilo las bebidas de cacao, las modalidades para prepararlo y disfrutarlo… y los recipientes en que se toman: las jícaras, que se convierten incluso en unidad de medida (de hecho yo he visto en un libro de recetas de mi bisabuela las cantidades medidas en jícaras).

Existen calabazas vinateras de montones de formas y tamaños distintos, y a cada tipo se le ha dado (y se le puede dar) un uso distinto.

La gran pregunta es:

¿por qué ha dejado de ser relevante?

Cantimplora de Lagenaria siceraria
Maravillosa cantimplora labrada, hecha con una calabaza. Gusto personal: donde esté esta, que se quiten las moderneces actuales…

En muchos casos, el motivo es que el plástico le ha robado el puesto de trabajo. ¿Para qué quieres una cantimplora biodegradable que te dura unos cuantos años, si puedes usar una botella de plástico, o una cantimplora de metal. ¿Una boya natural? Pongamos en su lugar una de plástico.

Primero les quitamos el nombre y se lo dimos a una prima suya; ahora le hemos quitado el sentido a su presencia en nuestros huertos, porque ya hay otros materiales que satisfacen las necesidades que, hasta ahora, nadie cumplía tan bien como ella.

(De hecho, es discutible si los plásticos realmente cumplen mejor sus funciones, incluso más allá de las cuestiones medioambientales de residuo cero, empleo de recursos, etc.; he leído opiniones que comentan que el sabor del agua bebida de una cantimplora hecha a base de Lagenaria siceraria es mejor que si se conserva en una botella de plástico.)

Esta semana me llega un envío de semillas de calabaza vinatera. De distintas formas y tamaños, no sé muy bien dónde voy a meterlas, pero tengo unas ganas enormes de sembrarlas. No llegaran a 10.000, y no tengo cuartos para adornarlas en plan emperatriz china, pero me gusta pensar que así estoy contribuyendo a que no desaparezcan.

Porque las calabazas vinateras llevan tanto tiempo viviendo con nosotros que, si dejamos de cultivarlas, toda esa maravillosa diversidad de formas, tamaños… se perderá.

Y me daría mucha pena que se perdiese.

Semillas de Lagenaria siceraria

Y hasta aquí nos ha llevado la senda de hoy; si tienes ganas de seguir indagando en las historias de las calabazas vinateras, puedes echar un vistazo aquí (también hay alguna que otra en redes sociales, como Facebook o Instagram, pero soy consciente de que son más difíciles de encontrar).

[Huelga decir que las encontrarás también en El libro de las plantas olvidadas (Ariel, 2019), of course!]

Si te ha gustado, te invito a hacer de celestina vegetófila: compártelo con alguien que no tenga aún el placer de conocer a las calabacitas vinateras, ¡pero que se merece el regalo de que alguien se las presente!

¿Quién será la planta que nos lleve un poco más allá del huerto, para adentrarnos en los campos?

Como no podía ser de otro modo, unas cuantas pistas, solo que esta vez, sin música para encantar serpientes… aunque justamente las serpientes tienen una cierta relación con este vegetal (quizás más imaginada que real).

Los piojos, en cambio, sí tienen una conexión más verdadera con ella, y ya van dos pistas.

La tercera es el arrepentimiento; y la cuarta y última… fotosensibilidad.

Y dicho esto, no me queda más que dar las gracias a Lagenaria por sus aventuras, agradecerte a ti la compañía, desearte un feliz día…

¡y que la clorofila te acompañe!

Logo del podcast La senda de las plantas perdidas

{Agradecimientos especiales a: Cristina Llabrés y Evaristo Pons por la música, y a Tònia Company por el asesoramiento en pronunciación de chino; cualquier metedura de pata es de cosecha propia.}

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