Capítulo #03 del podcast La Senda de las Plantas Perdidas

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[Emitido el 02.05.19] | Abrir el podcast en una ventana nueva [iVoox] o Descargar

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Pasa bastante desapercibido, este sombrío morador de ríos y arroyos.

No se yergue a grandes alturas como los fresnos de leño de lanza; no dispensa la muerte por ponzoña o por flecha lanzada en arco letal como el tejo. No tiene corona como el roble, ni el encanto mágico del avellano.

La senda de las plantas perdidas, capítulo 03: Alnus spp.

Pero los habitantes del género Alnus no se deben a la humanidad, sino al agua, y no revela sus secretos fácilmente.

Sólo quien lo tala sabe por qué pudieron los antiguos celtas considerarlo árbol de la guerra y del derramamiento de sangre. Sólo quien lo interroga descubrirá qué colores ocultan su corteza y sus hojas.

Sólo quien escuche este capítulo (… o pierda un buen rato rebuscando en libros más o menos viejunos) conocerá “el maravilloso secreto del aliso”…

… ¿o quizás no?

Cuando los árboles fueron encantados para obrar destrucción, por la gracia de Dios y los poderes del gran mago, el bosque marchó a la batalla.

Y cuenta la leyenda que los sauces y los serbales se unieron con retraso al ejército, y los ambiciosos abedules se despabilaron tarde… pero los primeros en saltar al fragor del combate, en primera línea de ataque, fueron los alisos de ardiente madera.

Muy buenas, y muchas gracias por acompañarme en La Senda de las Plantas Perdidas, un podcast etnobotánico donde dar voz a nuestras historias de amor (y desamor) con un reino tan fascinante como esencial: el reino vegetal.

El sendero que emprendimos hace varios capítulos hoy nos enfrenta a un límite neto y afilado: hemos llegado a la orilla de un arroyo.

Allá donde la transición entre los huertos y los campos puede ser relativamente suave, el agua es un cambio brusco: para seguir adelante y atravesarla, tendrás que mojarte.

Arroyo

Este remojón purificador es una línea de confín entre un antes, y un después; si lo piensas, no es casual que muchos ritos de iniciación estén co-protagonizados por el agua.

Sin embargo, las aguas tienen una carga ambivalente en la imaginación humana. Traen vida, pero también su contrario, la muerte, y a menudo nos las figuramos rebullendo de espíritus con intenciones más bien opacas en lo que a nosotros respecta.

Las aguas tienen una carga ambivalente en la imaginación humana. Traen vida, pero también su contrario, la muerte.

Estas connotaciones ambivalentes a veces se pegan a la vegetación que hunde sus raíces cerca del agua, como es el caso del protagonista del capítulo de hoy, que ha sido definido por algunos como “el más anfibio de los árboles”. Me refiero a los habitantes del género Alnus: los alisos.

Puedes tropezarte con un aliso en todos los continentes, salvo Oceanía; en Europa, el más común es de la especie Alnus glutinosa (este glutinosa hace referencia al hecho de que sus yemas jóvenes son pegajosas), conocido como aliso común o aliso negro.

Rama de aliso
Ahí puedes verlas ambas: las verdosas y larguiruchas, y las verdosas achaparradas.

Para conocer en persona (bueno, en árbol) a un aliso —sorpresa sorpresa— deberás buscar un lugar con agua: les gusta meter las raíces prácticamente en el cauce mismo de ríos y arroyos, formando bosquetes o alisedas umbrías que, personalmente, me enamoran.

Como son polinizados por el viento, no tienen flores vistosas, de estas que se pasan la vida gritando “mírame, huéleme”… qué va. Las femeninas están agrupadas en pequeñas piñuelas, y las masculinas en unos colgajos verdosos muy monos y discretos, que en botánica llamamos amentos, y que antiguamente llamábamos candelillas.

Ahora bien, por mucho que tenga la agenda llena de hojas de aliso secas, y conos de aliso colgados por casa en lugares inverosímiles, lo que más me fascina de estos árboles son las peculiaridades de su madera, íntimamente ligadas a algunas de sus leyendas y simbología…

Lo primero que sorprende del aliso es que, al cortarlo, bajo una corteza oscura y grisácea aparece una madera pálida que al cabo de poco adopta una tonalidad rojiza. (Una vez tuve la suerte de tropezarme con un aliso tronchado en una aliseda, así que me fui derechita a comprobarlo, y sí, doy fe: rojizo es.) Esta coloración ha despertado en nuestra imaginación, como puedes suponer, la idea de la sangre, y cortar árboles que sangran no suele ser cosa buena.

Ese color… <3 (el bol está hecho con madera de algún aliso americano, probablemente A. rubra, y proviene de las culturas indígenas cerca de la isla de Vancouver; la pieza se conserva en el British Museum).

Quizás por eso, entre los pueblos celtas de Irlanda e Inglaterra (hoy en el área de Gales y de Escocia) los alisos estaban asociados a la guerra — por eso, y porque era madera ligera y fácil de trabajar, empleada p. ej. para hacer escudos, uso que al parecer estaba bastante extendido por la Europa medieval.

El trocito del principio del capítulo, de hecho, era una adaptación mía (bastante libre) basada en un enigmático poema galés medieval, Kat Godeu, que se traduciría como “La batalla de los árboles”, donde el poderoso mago Gwydion encanta a un bosque para que luche a su lado —y, de todos los árboles descritos por orden, los alisos van los primeros y parecen ser especialmente belicosos.

Como apunte extra te contaré que me llamó la atención descubrir una conexión entre los alisos y los cuervos, que son animales que me encantan, y que están íntimamente ligados a la guerra en el pensamiento celta. Para no extenderme aquí, prometo contarte en redes de qué va esta tenue conexión.

[Y si quieres saber un poquito más sobre los cuervos en el folklore celta irlandés, puedo aconsejarte encarecidamente que escuches el capítulo dedicado a la diosa triple Morrígan en el podcast de Laura Castro, Vuelos de Leyenda.]

Aliseda de Alnus glutinosa

La madera de aliso tiene otra característica que me parece fascinante, y muy en consonancia con su carácter anfibio… pero antes de explicártela, aclarar un punto: la cuestión es que, aunque tú y yo podamos pensar que la madera es un único material, “la” madera, en realidad hay tantas maderas como tipos de árboles existen, y sus propiedades pueden variar una barbaridad. No es sólo a nivel de coloración; hay que considerar su resistencia, su densidad, su tendencia a astillarse…. no todas las maderas valen para todo.

Y resulta que, según a quien le preguntes, te dirá que la madera de aliso vale para poca cosa. En algunas regiones de Francia, para indicar que habías cometido un fallo garrafal, se decía que “habías tomado aliso por fresno” (que tiene una madera muy dura y resistente).

Tampoco su poder calorífico tenía mucha fama, diciéndose que “el aliso dejó morir de frío a su madre”, porque al arder no calienta demasiado.

Y sí, es cierto, la madera de aliso es ligera y poco resistente expuesta al aire.

Pero

Pero si la sumerges, en cambio, se vuelve prácticamente indestructible. Su superpoder se revela únicamente bajo el agua, y de ahí que se emplease para construir los cimientos de obras de ingeniería que debían tener los pies en remojo constante, como pasa en ciudades emplazadas sobre lagunas como Venecia, que se dice se sostiene en buena parte gracias a sus cimientos de aliso. Lo mismo vale para su puente más icónico, por supuesto: el puente Rialto.

Raíces de aliso al borde de un arroyo
Agua hecha árbol…

Allá donde el agua pudre a otras maderas, a la de aliso la hace más fuerte, gracias a la mineralización del leño: van depositándose sales inorgánicas en el interior de las células lignificadas, lo que mejora notablemente sus propiedades. De hecho, tengo noticias de un herbario polaco del s. XIX donde aconsejaban “curar” en agua durante tres años la madera de aliso destinada a los carpinteros y escultores.

Alnus y aguas: una historia de amor que trasciende incluso la muerte del árbol…

Sea por su madera sangrante o por su especial relación con las aguas, los alisos han sido árboles tocados por lo sobrenatural en la imaginación humana, con una relación particular con el mundo feérico (es decir, “de las hadas”).

En el folklore de regiones de cultura celta se decía que cuando las hadas raptaban algún animal doméstico, dejaban en su lugar un tocón de aliso; y una leyenda tirolesa un poco gore cuenta cómo un grupo de brujas se reúne de noche y hace trocitos el cadáver de una mujer, sin darse cuenta de que tienen un mirón: un niño que, desde lo alto de un árbol, las observa y les ha pispado un, ehm, trozo de cadáver. Al ver que les falta una pieza para poder recomponer el cuerpo, las brujas, ni cortas ni perezosas, colocan un trozo de madera de aliso en lugar del trozo ausente… y la mujer muerta vuelve a la vida.

Madera de aliso
Fascinante, ¿no te parece?

Y por esa ambivalencia que caracteriza a las plantas con un deje fantástico, el aliso también ha funcionado como protector —contra rayos, contra enfermedades… por ejemplo, colgar ramas de aliso en los establos el primer día de mayo se decía alejaba los maleficios en la Valonia belga, así como plantar en los campos cruces benditas hechas con dos ramitas de aliso.

Incluso sus propiedades medicinales, que las tiene, a veces se tiñen de secreto sobrenatural, como en el norte de Francia, donde se contaba la historia de una mujer que se encontró a un niño feérico y se lo llevó a su casa (a su chaumière para ser más exactos, una de esas casas rurales con el techo de paja)… pero la madre hada fue a por el niño antes de que hubiesen pasado tres días y se lo llevó, antes de que el crío hubiese podido revelar, y cito textualmente, “el maravilloso secreto del aliso”.

Ilustración de La hija del Rey del Pantano
¿Ese tocón que sirve de asiento a la chica? Es un aliso, según el cuento de Hans C. Andersen (ilustración de Helen Stratton en un libro publicado en 1908)

Los alisos aparecen (pero poco) en algunos cuentos populares más bien poco conocidos, como una historia de Hans Christian Andersen, La Hija del Rey del Pantano, donde un tocón de aliso es el mismísimo rey del pantano.

En danés, además, las palabras para hablar de “elfo” y “aliso” son relativamente parecidas (elf y erl), lo que ha dado lugar a alguna que otra confusión.

Pero lo que me llama la atención es que los alisos no sólo están presentes en muchos nombres de lugares (topónimos)… sino también de personas de gran imaginación, como la francesa Mme. d’Aulnoy, conocida entre otras cosas por haber escrito varios libros de cuentos de hadas. Aulnoy deriva de aulne, pero otra palabra francesa para designar a estos árboles es vern… exactamente igual que en Jules Verne.

Julio Verne era Julio Aliso :)

Existen unas cuarenta especies de Alnus en todo el mundo, y aunque sería arriesgado meterlas a todas en el mismo saco, lo que sí es cierto es que muchas de ellas han sido empleadas de formas similares para obtener tintes.

Desde los alisos que crecen en los Andes, Mesoamérica y Norteamérica hasta los alisos del lejano Oriente, Alnus nos ha proporcionado colores, sobre todo en la gama de los rojos, marrones… y negros. De hecho, en combinación con sales de hierro como mordiente, la corteza de aliso, rica en taninos, ha sido uno de los principales métodos para obtener negros sobre lana o seda.

Textil teñido con Alnus (& otros)
Manta elaborada por los pueblos nativos de la costa noroeste americana (de Alaska para abajo), probablemente Haida, cuyos negros provienen de un aliso (posiblemente A. rubra).

¿Casualidad, que el nombre japonés de un aliso (Alnus firma) sea yashabushi, donde ya significa “noche”?

Y hasta aquí nos ha llevado la senda de hoy, que si bien no ha estado guiada por ningún hada, espero te haya descubierto algún que otro secreto de estos maravillosos árboles que son los alisos.

Colgaré fotos y más información, porque aún hay mucha en el tintero, en redes, donde puedes encontrarme como @ainaserice, sobre todo en Facebook, porque para colgar extras en Instagram no me llega el tiempo. Eso sí, hay fotos de una aliseda, así como de las plantas que salieron en los capítulos anteriores, la calabaza vinatera y las rudas, tanto las de verdad de la buena como la ruda siria o alharma.

[Y, por supuesto, el aliso figura entre los protagonistas de El libro de las plantas olvidadas (Ariel, 2019), en el apartado correspondiente a La memoria de las aguas ^^]

Una vez cruzado el arroyo, por fin nos adentramos en el bosque, donde encontrarás a la protagonista clorofílica del próximo capítulo —aunque tendrás que agacharte para verla de cerca en algún claro, o al pie de algún roble… y para seguir con el ambiente algo sombrío que ha inaugurado el aliso, la siguiente pista es: tumbas.

Otra es: Napoleón.

Y la última: [Aina tose]

(No podía meter música, pero sí efectos sonoros…)

Y dicho esto, no me queda más que dar las gracias a las alisedas que me refrescan y alegran el corazón, agradecerte a ti la compañía, desearte un feliz día…

¡y que la clorofila te acompañe!

Logo del podcast La senda de las plantas perdidas

{Agradecimientos, always, a: Cristina Llabrés y Evaristo Pons por la música.}

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