Capítulo #04 del podcast La Senda de las Plantas Perdidas

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Dicen en alemán, de las cosas que ya no están de moda, que son “viejas violetas”: Olde Violen.

La senda de las plantas perdidas, capítulo 04: Viola odorata

En los tiempos que corren, incluso las violetas jóvenes tienen un aire viejuno que no merecen. Si eran lo suficientemente buenas para ceñir la frente de Afrodita nada más surgida de las aguas, algo tendrán estas flores de delicado perfume… y de eso quiere hablarte este capítulo del podcast.

De diosas y rituales y difuntos; del botiquín que ocultan modestamente estas flores; de Homero, de palabras para hablar de los colores, de químicos y revolucionarios del s. XIX.

Siempre gracias a ella: la violeta de olor, y sus hermanas dentro del género Viola.

Tan preciosas que, como nos recuerda otro refrán, “echar violetas a las vacas” es un derroche tan grande como arrojar margaritas a los cerdos (o más).

También se honran las tumbas, aplacando a los espíritus paternos y llevando pequeños dones a las piras encendidas para ellos. Los Manes se conforman con poco: es la devoción lo que les da satisfacción, no los regalos costosos. Basta con una baldosa cubierta de guirnaldas, un poco de trigo y unos pocos granos de sal, una hogaza de pan ablandada con vino… y un puñado de violetas.

No es que prohíba ofrendas más suntuosas; pero basta con estas para aplacar a un espíritu.

Muy buenas, y muchas gracias por acompañarme en La Senda de las Plantas Perdidas, un podcast etnobotánico donde dar voz a nuestras historias de amor (y desamor) con un reino tan fascinante como esencial: el reino vegetal.

Soy Aina S. Erice, bióloga y escritora (que a veces me olvido de presentarme, lo siento!), y tras haber atravesado el confín purificador del arroyo flanqueado por alisos en el capítulo anterior, por fin nos adentramos en uno de los ambientes naturales más mágicos y atractivos: el bosque.

Sin embargo, los bosques pueden ser muy distintos en función del clima y las especies que los compongan. No es lo mismo pasear en un bosque de lenga patagónico o en un bosque de niebla mexicano, que adentrarte en una arboleda de hinoki japonesa, o un bosque de tilos lituano.

Cada bosque tiene ritmos distintos, una respiración distinta, una flora distinta.

El que visitaremos hoy es un bosque de hoja caduca europeo, porque es donde encontraremos a la protagonista del capítulo; sin embargo, tiene una cantidad increíble de hermanas que viven en todo el mundo, literalmente: desde Australia hasta Groenlandia, tienen delegaciones en todos los continentes, así que, vivas donde vivas, lo más probable es que puedas tropezarte con alguna en tus paseos boscosos.

¿De quién estoy hablando? Pues de las violetas, del género Viola.

Hay más de 600 especies de violetas, pero la mayoría son hierbas menudas que, a inicios de primavera o incluso un poco antes, echan flores de cinco pétalos desiguales (son lo que se llama flores zigomorfas, que tienen un solo eje de simetría, como por ejemplo nuestro cuerpo). Y, aunque han dado nombre a un color, en realidad las violetas conocen las recetas para vestirse en distintas tonalidades de blanco, amarillo, azul o púrpura, ya sea en monocromo o en un combinado de colores.

Algunas violetas, además, saben perfumarse, y la violeta perfumada por excelencia lleva el aroma en su nombre: Viola odorata.

Viola cf. odorata

Ya lo he dicho en otras ocasiones, y lo volveré a decir: hasta hace relativamente poco tiempo, el aroma era un componente MUY importante a la hora de juzgar si una flor era más o menos bella. No era todo cuestión de tener un físico despampanante, sino un espíritu aromático atractivo.

Lienzo de Godward
No es Afrodita, pero está Coronada de violetas y vestida de azafrán (1902). Lienzo de John William Godward, sacada de Wikipedia si mal no recuerdo.

En el caso de las violetas de olor, el aroma claramente gana al físico, porque aunque son monas, no pueden competir con otras flores en vistosidad, y sin embargo han sido muy populares como flor ornamental.

En el mundo antiguo, por ejemplo, las flores eran apreciadas no tanto en ramilletes, sino convertidas en perfumes oleosos, o trenzadas en coronas y guirnaldas; y las violetas eran flor de guirnalda por excelencia, hasta el punto en que la diosa del amor y la belleza, Afrodita, aparece coronada de violetas ante los dioses olímpicos en el Himno Homérico a la diosa.

Sin embargo, hay otra diosa que aparece engalanada con ellas: Perséfone*, la muchacha que fue secuestrada por el dios del inframundo, Hades, para convertirla en su reina… secuestrada, según dicen algunas versiones del mito, mientras recogía narcisos y violetas.

*Con todo, la planta más famosa relacionada con Perséfone no es la violeta sino la granada (Punica granatum).

Casualmente (… o no), las violetas tenían una connotación fúnebre en la antigua Roma: junto a las rosas, eran las flores de los difuntos por excelencia. Los romanos no visitaban los cementerios en noviembre, sino a finales de invierno y en primavera, en tres ocasiones principales; y dos de estas celebraciones tenían nombre de flor: dies rosae, y dies violae. Como puedes imaginar, las flores que se esparcían sobre las tumbas en los dies violae, en marzo, eran precisamente violetas.

El fragmento del principio que has escuchado era una adaptación libre de una obra romana, los Fasti de Ovidio, donde se mencionan las violetas como ofrenda agradable a los Manes, divinidades relacionadas con los espíritus de los difuntos.

¿Casualidad, que el color del luto —por ejemplo en la liturgia religiosa cristiana— sea, justamente, el violeta?

El luto es también uno de los significados simbólicos que la violeta de olor lleva a cuestas en la cultura persa, si bien no es el único: por su baja estatura, porte modesto y delicioso aroma, también se asocia, entre otras cosas, a la humildad y a la modestia… exactamente igual que pasa en Occidente.

Pero no conviene caer en la tentación de pensar que valorábamos su belleza, y punto. No, no. Las violetas son belleza útil, sana y sabrosa.

El motivo de llamarlas sabrosas quizás ya te lo huelas: son flores comestibles, que pueden añadirse a ensaladas, limonadas y dulces varios, o pueden escarcharse con azúcar (de hecho, hace poco me comentaron que en Madrid mismo hay un establecimiento donde las venden, y que están riquísimas), o prepararse en forma de sirope… Además, también las hojas son comestibles y, como son ricas en mucílagos, dicen que también proporcionan textura a los guisos (es cierto que no lo he probado aún, así que no hablo por experiencia propia).

Entonces, ricas. Pero, ¿sanas?

Ilustración botánica de Viola canadensis
La violeta de Canadá (Viola canadensis), ilustrada aquí por Mary Vaux Walcott (1903), era empleada por los Ojibwa como analgésico.

Pues sí: las violetas tienen propiedades medicinales, y son especialmente conocidas por ser un remedio contra la tos. El sirope de violetas, por ejemplo, sirve para mejorar problemas del sistema respiratorio, así como las infusiones de violetas (solas, o acompañadas de otras plantas que tienen propiedades parecidas, como las malvas o la amapola).

Este uso, por cierto, no es ni mucho menos exclusivo de las violetas de olor (Viola odorata): he encontrado referencias, por ejemplo, al uso de violetas americanas empleadas por las tribus nativas, sobre todo algunas que parecen especialmente aficionadas a estas flores contra la tos y los resfriados, como los Cherokee (V. bicolor, V. cucullata, V. pubescens, V. rotundifolia, V. sororia).

Pueblos como los Navajo aprovechaban otra característica de las violetas, sobre todo de sus rizomas subterráneos, pues los empleaban como eméticos ceremonialesy es que si te pasas con la dosis, te entran ganas de vomitar.

Es curioso que el aroma de violetas también ha tenido “aplicaciones medicinales”: los antiguos ya recomendaban ceñirse una corona de violetas para despejar el dolor de cabeza (creo que se referían a las resacas), y aparecen recetas parecidas en otras partes del mundo, como la Persia medieval o la Inglaterra más tradicional.

Pero tal vez lo que más fascinante me parece de las violetas es su relación con el color…

Hace tiempo que defiendo la idea de que las plantas no son únicamente recursos materiales, sino también metafóricos, imaginarios: son recursos para pensar. Y quizás uno de los ejemplos más típicos sea la cantidad de vocabulario derivado de vegetales varios para hablar del color.

Seguro que se te ocurre más de uno: rosa; naranja; fucsia; malva; índigo. Y, evidentemente, violeta.

Esto no pasa únicamente en las lenguas latinas, o en las germánicas; también en persa se emplea la palabra banafša, que significa “violeta”, para describir el color de objetos que no son vegetales, como los cabellos de las mujeres bellas.

Y deja que haga aquí un pequeño excursus sobre un tema que me ha parecido siempre fascinante, y que está tangencialmente relacionado con las violetas… o mejor dicho, con el empleo homérico de la palabra griega para definirlas, ion (y similares, ioeides), y cómo esto nos ayudó a comprender un poco mejor la relación entre los idiomas que hablamos, y nuestra percepción de la realidad a nuestro alrededor.

Resulta que en el s. XIX, hubo una serie de eruditos que, leyendo y releyendo las obras de Homero (La Ilíada y la Odisea), se dieron cuenta de una cosa curiosa: los colores homéricos estaban mal puestos. Homero hacía combinaciones que sonaban muy raras, refiriéndose a la miel como algo de color verde, o al mar como “semejante al vino”… o de color violeta, ion; esta tonalidad violetosa también se la aplica a los cabellos de Ulises, y a la lana de unas ovejas. Y, extrañamente, no había ni rastro de palabras que pudiésemos traducir como “azul”.

Había que buscarle una explicación a esta confusión cromática, y las primeras teorías propusieron lo siguiente: si los antiguos empleaban los términos para hablar de los colores de forma extraña, era porque no veían los colores como nosotros, sino también “de forma extraña”, como si civilizaciones enteras hubiesen sufrido de daltonismo a gran escala.

Ovejas violetas. Ea
Pues no, no son así (y tampoco Homero las veía así). Pero molaría, ¿verdad?

Homero, pobre, no es que fuese ciego, sino que, como todos los antiguos, veía el mundo de forma distorsionada, con un filtro mal calibrado. Las ovejas, todo el mundo lo sabe, no son violetas, pero eso sólo podíamos apreciarlo nosotros, porque nuestros ojos habían evolucionado durante los últimos dos mil años y se nos había aclarado la percepción.

(Hay que tener en cuenta que, en aquellos tiempos, no teníamos mucha idea de cómo funcionaba la vista, o de cómo funcionaba la evolución, porque hacía muy poco que Darwin había publicado El origen de las especies, así que no era tan, tan, tan descabellado como suena…)

A esto se sumaron otros estudios, que descubrieron una cosa curiosa: y es que los idiomas no tienen todos la misma cantidad de vocabulario para hablar de los colores. Algunos, de hecho, tienen poquísimos términos. Pero, lo que resultaba más curioso todavía era que las palabras para hablar de los colores aparecían siempre siguiendo la misma secuencia: los idiomas que tenían solo dos palabras cromáticas eran para “oscuro” y “claro” (y el azul del mar, las hojas de un árbol y una violeta serán “oscuro”, mientras que las nubes, un girasol o la arena serían “claras”).

El primer color en ser nombrado siempre es el rojo, seguido por el amarillo, el verde, y por último, siempre último, el azul.

Los idiomas que tenían tres palabras diferenciaban entre “claro”, “oscuro”… y rojo.

Y cuando necesitas inventar una palabra para hablar de un color, ¿de dónde la sacas? Pues, a menudo, de alguna realidad que tenga ese color. La sangre es una inspiración clásica para el rojo, pero ¿por qué no la cúrcuma para el amarillo (hay lenguas que así lo han derivado), o las rosas para el rosa, o… ¿las violetas para el violeta?

A todo esto, hoy sabemos que no les pasaba nada en la vista a los antiguos griegos, sino que las lenguas dividen el espectro cromático de forma distinta —porque, aunque parezca mentira, se puede vivir tranquilamente sin tener palabras específicas para hablar de azules, verdes o amarillos: los nombres de los colores son una construcción cultural… que, en varias, o quizás muchas, ocasiones, nos han inspirado las plantas.

Porque el reino vegetal nos ha regalado montones de palabras, me atrevería a decir que en todas las lenguas, para hablar del arcoiris… entre ellas, cómo no, las violetas.

En 1811, un químico francés descubrió por accidente, y gracias a las algas con las que estaba trabajando, un elemento nuevo. Al írsele la mano con el ácido sulfúrico con que estaba regando los restos sobrantes, se levantó una nubecilla de color violeta que le hizo sospechar. Al cabo de unos años, uno de sus colegas (cuyo nombre quizás te suene si has estudiado química alguna vez, Gay-Lussac) propuso llamar al nuevo elemento iode, por el griego ἰοειδής (ioeidēs): “con apariencia de violeta”.

Como puedes imaginar, este elemento es el yodo, cuyo símbolo químico es una I gracias a las violetas griegas, ion.

Esta estampa (sacada de la plataforma Gallica.fr) oculta los perfiles de Napoleón, María Luísa (segunda esposa de Napoleón) y el hijo de ambos.

Eran los tiempos en que Napoleón estaba dando guerra en el continente, conquistando todo lo conquistable… tiempos en que las violetas estaban muy de moda. Cuando en 1814 el corso fue exiliado a la isla de Elba, se dice anunció a sus partidarios que “regresaría cuando llegase la estación de las violetas”.

Efectivamente, logró cumplir su promesa; tras escapar y presentarse en París un año más tarde, en marzo de 1815, fue recibido con un ramo de violetas y conocido durante la restauración como le Père la Violette, y esta flor se convirtió en el emblema de los bonapartistas.

Así se resuelve el enigma de la última pista que te di para averiguar la identidad de Viola: Napoleón à la violette.

Y hasta aquí, la larga senda de hoy en compañía de las violetas, encantadoras compañeras de camino (y, por si aún hacían falta pruebas de que soy fisiológicamente incapaz de ser breve, este es un ejemplo más que lo demuestra. Pero te consolará saber que podría haberme enrollado más, porque los pensamientos también son Viola… en fin, sí, me callo).

Encontrarás más historias de violetas en Instagram, donde las colgué justo antes del día del libro, y estos días compartiré más detalles violetosos para tu deleite en redes, sobre todo Facebook, donde puedes encontrarme como @ainaserice y contarme qué tal vas con estos paseos.

AH, Por cierto que si te ha interesado el tema de los colores y las flores, puedes encontrar la historia del fucsia, y de las fucsias aquí: En el nombre de la Fuchsia. Es que lo de las palabras y las plantas es una vieja obsesión mía…

Y el libro donde leí por primera vez la increíble historia sobre las palabras que empleamos para hablar de los colores está traducido al castellano como El prisma del lenguaje: Cómo las palabras colorean el mundo, editado por Ariel (jeje, la editorial que publicó mi primer libro*, La invención del reino vegetal).

*Y el último, al menos a finales de 2019, también: ¡El libro de las plantas olvidadas!

Tras esta larga travesía por las luces y las sombras del bosque, el terreno empieza a volverse más escabroso, y el camino comienza a subir. Los picos de los montes se entrevén entre los árboles: nuestro destino último es ascender.

Y por las laderas nos tropezaremos con la siguiente planta protagonista del podcast, de lento y resinoso crecimiento.

¿Qué otras pistas puedo darte sobre su identidad? La tercera es: asilo.

La cuarta: tónico.

Y la quinta: perfume

Si se te ocurre de quién estoy hablando y quieres compartirlo…

Y dicho esto, no me queda más que dar mil gracias a las violetas de delicado aroma, agradecerte a ti la compañía, desearte un feliz día…

¡y que la clorofila te acompañe!

Logo del podcast La senda de las plantas perdidas

{Agradecimientos especiales a: Cristina Llabrés y Evaristo Pons por la música, y a Mabel Moreno por el diseño del logo <3}

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Un comentario en “La guirnalda perfumada: Viola odorata

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