Capítulo #08 del podcast La Senda de las Plantas Perdidas

[~ 13 minutos de lectura]

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La amargura, el dolor, la locura.

La senda de las plantas perdidas, capítulo 08: Artemisia spp.

La amiga de las madres, la exterminadora de lombrices, la protectora contra las fiebres.

Al igual que la luna tiene dos caras, el ajenjo y sus hermanas dentro del género Artemisia tienen su aspecto luminoso, y su lado oscuro. Plantas medicinales a menudo no exentas de contraindicaciones, su amargor es sinsabor metafórico, pero también aliado de quien sabe emplearlas con cuidado.

Existen más de 300 especies de Artemisia en todo el mundo (a excepción de Oceanía); de la familia de las margaritas y las dalias, estas plantas tienen montones de historias que contar —tantas, que desbordan los límites de un simple capítulo de podcast.

Pero si quieres emprender la senda de las artemisas, puedes dar el primer paso escuchando este episodio, donde hablamos de poesía, fiebres maláricas, dioses aztecas y la bebida preferida de la belle epoque francesa, entre otras muchas cosas…

El verde se tornó blanco, la esmeralda ópalo; nada cambió. Contempló el hilo de agua cayendo suavemente dentro de su copa y, al nublarse el verde, una neblina se desvaneció en su mente. Entonces sorbió la bebida opalina.

Muy buenas, y muchas gracias por acompañarme en La Senda de las Plantas Perdidas, un podcast etnobotánico donde dar voz a nuestras historias de amor (y desamor) con un reino tan fascinante como esencial: el reino vegetal.

Soy Aina S. Erice, bióloga y escritora, y por fin, con los pies húmedos después de vadear el río en el capítulo anterior, tras echar un trago de nuestra cantimplora-calabaza colgada del cinto, nos adentramos en los senderos que surcan los campos de regreso a casa. Como (casi?) todos los regresos, éste sabe dulce, pero también un poco amargo —si bien quizás no tan amargo como la planta que nos observa desde el lindar del camino, y que protagoniza esta nueva entrega del podcast…

Su nombre científico la asocia a una diosa de la que ya he hablado antes, una diosa poderosa y contradictoria, siendo a la vez virgen y patrona de los partos: se trata de Ártemis la cazadora, y sus plantas son las Artemisia, un grupo de más de 300 hermanas que viven esparcidas en todos los continentes, salvo en Oceanía.

Y, aunque saldrán varias a la palestra hoy, las principales protagonistas serán las especies de mayor fama en Occidente… como el ajenjo: Artemisia absinthium, la desprovista de dulzura, la amargura hecha planta.

Ajenjo (Artemisia absinthium)

El ajenjo es una planta herbácea de hojas divididas en segmentos estrechos, cenicientas, pues tanto sus tallos como sus hojas están cubiertas de vellosidad blanquecina. Me encanta verla sacar en verano sus pequeñas flores amarillas, agrupadas en botoncillos que se disponen en los extremos superiores de los tallos.

Deténte un rato, ¡oh copa de dolores!, Que tu ajenjo ha llenado ya mis venas… 

Se trata, también, de la planta que produce una de las sustancias más amargas conocidas en el reino vegetal, un amargor que ha trascendido la esfera del sabor y se ha colado en nuestra imaginación metafórica colectiva. Al igual que otras plantas del Club Amarguísimas, como la adelfa o la tuera, el ajenjo aparece en prosa y en verso como el súmmum de la tristeza o el sufrimiento.

Y soy consciente de que los campos amargos son un tema recurrente, porque el segundo capítulo también se lo dedicamos a otras plantas amargas, las rudas… con las que, por cierto, las artemisas guardan algunos puntos en común. Ambas han sido, por ejemplo, hierbas piojeras o bicheras: tanto el ajenjo como otras hermanas suyas, como por ejemplo la artemisa vulgar (Artemisia vulgaris) se han empleado como insecticidas contra bichos varios, como pulgas o piojos.

Abrótano macho
El abrótano macho (Artemisia abrotanum) es otra especie empleada para ahuyentar insectos varios… (la fotografía proviene de la serie semanal que mantengo en Facebook desde hace años, las #palabrasvegetófilas!)

Rudas y artemisas se han empleado como aperitivas y digestivas, algo que es muy típico de las plantas con principios amargos; pero también comparten otro empleo medicinal muy importante, algo que seguramente no te sorprenda, teniendo en cuenta que ya he dicho que la diosa Ártemis era la diosa de los partos: las hermanas del género Artemisia han sido conocidas como hierbas de mujeres, indispensables aliadas en la regulación de los ciclos femeninos. Una vez más nos encontramos con plantas de efectos potentes, emenagogas y, por tanto, también abortivas según la dosis y el momento en que se emplee.

Su sabor amargo, además, se empleaba para destetar a los bebés —no, no es que le dieses al crío una infusión de ajenjo para beber, sino que la madre se untaba el pezón con algún ungüento amargado con Artemisia, y según parece, el sabor basta para convencer a cualquiera de que es mejor probar métodos alternativos para comer.

Varias hermanas del género Artemisia tienen otros usos medicinales muy interesantes, y aún muy relevantes, pues han sido empleadas para combatir fiebres maláricas (bueno, y no maláricas también). Más allá de su capacidad para ahuyentar mosquitos, que algo parece que tienen, quizás sepas que una de las principales moléculas actualmente en uso para combatir la malaria, la artemisina, proviene (como su propio nombre indica) de una artemisa china, Artemisia annua, y que su “descubridora” fue galardonada con el Nobel de medicina por ello.

Artemisia annua
Ahí la tienes: Artemisia annua, fotografiada hace años en el Orto botanico di Padova.

La malaria es una enfermedad curiosa, y algo complicada, porque no está causada por un virus (entonces no puedes desarrollar una vacuna para desarrollar inmunidad), ni tampoco por una bacteria (y entonces los antibióticos no sirven absolutamente de nada).

Los responsables de la malaria son un grupo de protozoos del género Plasmodium, y los dos más relevantes son P. falciparum, y P. vivax. El primero es más virulento, y es el que causa más muertes en todo el mundo; el segundo, en cambio, suele dar por saco, pero suele dejar vivir a sus hospedadores mucho más tiempo, convirtiéndose en enfermedad crónica. Los dos, eso sí, actúan de forma parecida: emplean mosquitos para infectar a sus víctimas, y una vez dentro del torrente sanguíneo se infiltran dentro de los eritrocitos (los glóbulos rojos de la sangre, que transportan el oxígeno, CO2, etc.), y allí dentro se reproducen a lo grande. Cada tantos días, los eritrocitos infectados —que son una cuna, un hervidero de nuevos Plasmodium explotan para dejar salir al ejército de protozoos recién nacidos, que infectarán a otros glóbulos rojos, y así, suma y sigue.

Como puedes imaginar, eso te deja con una anemia del copón (te están destrozando la sangre, literalmente), y por otro lado, te da unas fiebres muy altas cada vez que estallan los glóbulos rojos, en sincronización perfecta, cada tres días o cada cuatro, según la especie. Por eso antiguamente se conocían como fiebres tercianas, o fiebres cuartanas. Luego a veces se te enquista el bicho en el bazo y se calma un poquito, mientras tu bazo se engrosa como respuesta a la invasión.

Arrozal
Los arrozales han sido hervideros de malaria en muchos lugares del mundo… (fotografía de un arrozal en Kyoto, Japón)

Como los Plasmodium dependen de los mosquitos para instalarse en nuestro riego sanguíneo, allá donde abunden mosquitos, aumenta la probabilidad de que haya malaria. Y como bien sabes, a los mosquitos les encantan las aguas (igual que a los sauces). Por eso, en muchas regiones donde hace calor y hay zonas húmedas (ya sean naturales o agrícolas, como arrozales), teníamos malaria prácticamente endémica.

Esto tiene un montón de ramificaciones genéticas muy interesantes, con cierta conexión vegetófila y todo, pero hoy no entraremos en el tema. Hoy nos limitaremos a comentar que, aunque no todas las hermanas del género Artemisia sintetizan la molécula del Nobel, la artemisina, lo cierto es que muchas de ellas han sido alistadas para tratar condiciones maláricas, incluso cuando el remedio por excelencia venido de las Américas, la quinina, no resultaba eficaz*.

*Ni siquiera tomada en un gin-tonic aromatizado con bayas de enebro… no sé si te das cuenta de que todo está conectado…).

Aunque no me consta que la medicina alopática (oséase, la de médico, farmacéutico y hospital, la NO alternativa) emplee preparados de ajenjo actualmente, éstos fueron super importantes en los botiquines caseros del pasado, y existe una gran tradición de uso en zonas del levante español donde precisamente la malaria se encontraba a sus anchas, como las regiones de cultivo de arroz en Valencia.

Porque serán amargas, pero a veces un trago amargo puede salvarte la vida.

Si en la antigüedad europea el ajenjo y sus hermanas están asociadas a la diosa Ártemis, me resulta fascinante ver cómo, si cruzamos al otro lado del Atlántico y aterrizamos en Mesoamérica, nos encontramos con otra asociación artemisiística con la divinidad.

En este caso se trata de una especie distinta, Artemisia mexicana (o A. ludoviciana subsp. mexicana), conocida como ajenjo del país, estafiate o iztauhyatl… y las divinidades con que se asocia tienen una curiosa conexión con lo que te comentaba hace un momento sobre la malaria y los ambientes en que prolifera. ¿Por qué? Porque esta Artemisia es una de las hierbas de Tlaloc y las divinidades del agua del panteón azteca.

Artemisia ludoviciana
Artemisia ludoviciana (no es la subespecie mexicana, me temo, pero pa’ que te hagas una idea…), fotografiada en EEUU por el usuario de flick Andrey Zharkikh.

Como buena Artemisia que es, el estafiate tiene un sabor extremadamente amargo, y tenía un empleo ritual en varias festividades y sacrificios asociados a las aguas. Por ejemplo, sabemos que se confeccionaban guirnaldas con ella, y que se las ceñían las mujeres que hacían sal en la fiesta dedicada a la hermana mayor de los dioses de la lluvia, Huixtocihuatl. Y sabemos que seguían empleándose, al menos durante el s. XX, en “ceremonias de limpieza” y sanación por parte de doctoras-curanderas varias, para curas folklóricas muy curiosas, por ejemplo para “chupar las enfermedades de niños que padecían dolores de pecho”.

Pero la principal utilidad de este ajenjo del país era —y sigue siendo, creo— como vermicida, para eliminar las lombrices intestinales, un empleo que también han tenido los ajenjos eurasiáticos*.

*No es del todo casualidad que el nombre inglés para hablar de Artemisia absinthium sea wormwood, literalmente “madera de gusano”.

Y en parte debemos a esta utilidad del ajenjo como antihelmíntico el ascenso meteórico de una bebida muy peculiar

En 1888, en el norte de Francia, un joven artista holandés con serios problemas de salud y una larga retahíla de adicciones igualmente serias, se cortó una oreja.

Moriría dos años después, antes de haber cumplido los 40 y dejando a su muerte una producción artística impresionante de más de 2000 obras, que han fascinado al mundo del arte desde entonces (bueno, o casi desde entonces…).

Su figura ejemplifica la idea romántica del artista torturado y medio loco, cuya obra creativa está íntimamente ligada a su vida trágica.

Seguramente hayas adivinado ya que se trata de Vincent Van Gogh, y quizás también hayas oído hablar de uno de sus vicios más famosos: la absenta, un destilado alcohólico de alta graduación al que se le atribuyeron, si no todos, casi todos los males de la Francia del fin de siècle y principios del s. XX.

Hinojo
El hinojo (Foeniculum vulgare) comparte principios aromáticos con el anís (Pimpinella anisum)

Primero conviene aclarar que existen muchas recetas históricas de absenta, y que los ingredientes no son siempre los mismos; sin embargo, sí tienen algunos puntos en común. Las absentas son bebidas anisadas, y por tanto solían incluir siempre anís (y/o otras hierbas con compuestos aromáticos similares, como el hinojo); y, por supuesto, la estrella del show: el ajenjo, Artemisia absinthium, que le dio nombre al brebaje.

Sin embargo, no eran los únicos ingredientes ni mucho menos, y el buqué aromático admitía variaciones según el lugar y la época.

La absenta tiene una historia muy curiosa. Su producción industrial empezó poco después de la Revolución Francesa, en 1797, primero en Suiza y luego en Francia, pero no alcanzó una popularidad inmediata.

Folleto publicitario de absenta Robette
Folleto publicitario de la belle époque, muy modernista y verde (que por eso lo escogí ^^), sacado de Gallica. Puedes ver otros ejemplos de anuncios publicitarios de absenta aquí, o aquí.

Al parecer, hubo varios factores que influyeron en su creciente consumo: por un lado, la llegada de la filoxera, una enfermedad tremendamente virulenta que arrasó la mayor parte de los viñedos europeos y que, por tanto, hizo caer en picado la producción de vino, dejando el camino más libre a otras bebidas alternativas. Por otro lado, la guerra que Francia luchó en Argelia a principios del s. XIX también pudo tener algo que ver, pues, como medida sanitaria para las tropas apostadas en África (para evitar, entre otras cosas, problemas de parásitos y lombrices intestinales)… ¡se les suministraron bebidas alcohólicas con ajenjo! Y, según cuentan, los soldados supervivientes se trajeron la afición a estos preparados al regresar a Francia —cuya versión algo más refinada era, precisamente, la absenta.

Y, por una combinación de fama y oportunidad, la absenta terminó convirtiéndose en la bebida de la vie bohème del París más artístico y decadente, cuyo color verde clorofila le valió el apodo de “el hada verde”, la fée verte, que hace su aparición, por ejemplo, en la peli Moulin Rouge.

Surgieron toda una serie de rituales alrededor de su consumo, en parte debido a ese cambio de color que se produce al añadir agua a la absenta, esa “esmeralda convertida en ópalo” a la que hacía referencia el poema que he leído, aun traducido patateramente, al principio de este capítulo, del poeta victoriano Ernest Dowson. Ello es debido a que varios componentes de los aceites esenciales disueltos en el alcohol se vuelven insolubles en agua, nublando la bebida (lo que se conoce en francés como louchissement).

Prohibición de venta de absenta en Francia
Ea. anuncio francés del 1914 prohibiendo la venta de absenta en la Préfecture des Voges (documento salido de la biblioteca de Lyon)

Sin embargo, el consumo de absenta no estaba libre de controversias médicas. Por decirlo finamente, la salud —física y mental— de algunos bebedores habituales de absenta nooo era muy buena, y se llegó a la conclusión de que la culpable era esta bebida, llegando a prohibirse su producción y su venta a principios del s. XX en buena parte de Europa y en Estados Unidos, donde por cierto esta prohibición sigue en pie.

Ahora, en Europa se ha rehabilitado la fama de la absenta, y ha vuelto a permitirse su producción; lo único que pasa es que se regulan estrictamente los niveles de determinados compuestos, que se consideran tóxicos; entre ellos, la más famosa es la tuyona, una molécula característica del ajenjo (o de algunos ajenjos; parece que no todos la contienen en las mismas cantidades). A la tuyona se le dio la culpa de muchos de los efectos nocivos atribuidos a la absenta en la belle epoque (que si crisis epilépticas, alucinaciones, y demás), pero en los últimos tiempos parece que la cosa no está tan clara

A ver, entendámonos: si te hubieses codeado con Picasso, Oscar Wilde o Henri Toulousse-Lautrec durante la hora verde para un vasito (o un vasazo, porque eran grandes) de absenta, yo hubiese preferido no bebérmelo, pero no por la tuyona precisamente… la cantidad de adulteraciones que podía llevar aquello pone los pelos de punta, desde alcohol de baja calidad y con posibles impurezas, hasta colorantes inorgánicos para lograr ese color verde característico… porque la clorofila se degrada con la luz y el tiempo, pero el sulfato de cobre o el acetato de cobre, no. ¡Y qué más da que sean más o menos tóxicos, lo importante es que te quede un verde bonito!

Por suerte hoy día la regulación impide, o como mínimo dificulta mucho, que te cuelen en la copa este tipo de aderezos, así que tu copa de absenta, si consumida con moderación, podrá tener un punto de amargor, pero está libre de peligros.

Y hasta aquí nos ha llevado la senda de hoy, que podría haberse alargado muucho más (porque hay historias de absenta para dar y regalar), pero lo dejamos aquí, y en los próximos días saldrán más cosas en redes, en Facebook, donde me encuentras como @ainaserice (Instagram sigue en standby en lo que a material de podcast se refiere…).

[Evidentemente que, al ser esto una transcripción, los contenidos que salieron en redes quizás sean un poco difíciles de encontrar ^^;; Las Artemisia también aparecen en el Libro de las plantas olvidadas, por cierto!]

Por fin se ven los altos cipreses junto a la alberca, se intuye el emparrado, y las calabazas vinateras que trepan por los tutores y los pimientos que empiezan a sonrojarse bajo el sol.

Nos esperan también las próximas protagonistas del podcast, que aún tenían flores como mariposas cuando emprendimos el viaje, y ahora ya se han convertido en vainas secas, llenas de simientes con forma vagamente cuadrada.

¿Que quién es ella? Ahí van otras tres pistas:

La tercera (porque ya te he dado dos)aperitivo.

La cuarta… los Andes.

Y la última… lobos.

Si se te ocurre de quién estoy hablando y quieres compartirlo…

Y dicho esto, no me queda más que agradecer a las Artemisias lunares su ambivalente amargura, agradecerte a ti la compañía, desearte un feliz día…

¡y que la clorofila te acompañe!

Logo del podcast La senda de las plantas perdidas

{Agradecimientos especiales a: Cristina Llabrés y Evaristo Pons por la música, y a Mabel Moreno por el diseño del logo <3}

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3 comentarios en “De diosas y hadas que cazan en verde: Artemisia spp.

    1. Juan Manuel! Nada mejor que compartir los viajes contigo, me alegra saber que estás bien, y uno de estos días me acercaré a Segovia con la imaginación yo también, a visitar vuestras plazas de tu mano!

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