Cómo espantar serpientes y brujas rudamente: Ruta spp.

Capítulo #02 del podcast La Senda de las Plantas Perdidas

[~ 10 minutos de lectura]

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La ruda es hierba de sobras conocida (con razón se dice de algo que “es más conocido que la ruda”)

La senda de las plantas perdidas, capítulo 02: Ruta spp.

De olor fuerte y asociaciones lunares, en ciertas regiones le ha quedado fama de hierba mágica, ramillete de brujas.

Y sí, es cierto que posee propiedades medicinales asociadas a la esfera femenina, pero… no terminan ahí sus historias.

Desde su cuna mediterránea, la decena de especies del género Ruta sp. ha conquistado terreno a lo largo de los siglos, y ha ido generando leyendas y costumbres curiosas, que van desde los fogones hasta los remedios anti-basilisco.

Ahí es nada.

Hoy saldremos a los campos en pos de las historias de las rudas para conocerla un poco mejor… ¿te apuntas? Seguir leyendo

Alheña & las barbas del filósofo

Historias de tintes vegetales, enfermedades genéticas y filósofos famosos

[~ 8 minutos de lectura]

Al son de: Nadina,  Shou Baddou Yseer

{This article first appeared on The Planthunter#35 and may be read here | Este artículo apareció publicado en inglés por primera vez en el núm. #35WOMAN de la revista The Planthunter, y puede leerse aquí}

Nacer mujer en Egipto cincuenta años atrás habría marcado tus días… y tus noches.

Una en particular habría quedado grabada en tu memoria, una noche mágica con nombre propio: Laylat al-hinna, una velada de poesía y belleza durante la cual las mujeres de tu familia y círculo de amistades habrían entretejido un escudo contra el mal de ojo sobre tu piel.

La aurora hubiese hallado tus pies y manos cubiertos con una hermosa red de diseños dignos del más fino brocado, a menudo tan densos que uno podría confundirlos con un par de guantes o unos calcetines tricotados de color rojo teja.

Estos trazos protectores habrían sido tus acompañantes al cruzar el linde del matrimonio, y te habrían delatado como novia recién casada durante semanas, antes de desvanecerse lentamente.

Diseños con alheña (mehndi, mehandi)
Posiblemente los diseños hubiesen sido distintos (pues me parece que la foto está sacada en la India y no en Egipto…), pero la sustancia es la misma.

Las responsables del color bordado en tu piel habrían sido las hojas machacadas de una planta bendecida con el extraño poder de dejar una marca, permanente a la vez que temporal, sobre pelo, uñas y piel: la alheña (Lawsonia inermis L.). Seguir leyendo

El cactus africano, la piruleta y el bosquimano: las locas aventuras de Hoodia

[~ 13 minutos de lectura]

Al son de: P!nk, Just like Fire

Imagina que te tropiezas con la lámpara de Aladino.

Frotas, puff, humo, genio, y llega lo bueno: tus tres deseos. ¿Quién diría que no a una oportunidad así?

Y es que los genios no conocen el paro, porque desear es un verbo eterno. Sin embargo, a veces nuestros deseos se concretan de forma sorprendente, y en el último siglo se ha producido una inversión de valores respecto a lo que consideramos deseable, y lo que no. Pues, ¿cuántas mujeres de hoy gastarían un deseo en adelgazar? Una petición que seguramente sonaría absurda para cualquier genio con milenios de experiencia, más acostumbrado a conceder comida y hermosas redondeces (antaño sinónimo de belleza).

Al igual que ha sucedido con la tonalidad de la piel blanco/moreno, hemos pasado de desear gorduras, a suspirar por flacuras; y, cómo no, los vegetales están a la orden del día para saciar nuestros anhelos, escondidos incluso en los lugares más improbables que podamos imaginar, por ejemplo… un chupachup.

… un momento. ¿Chupachups para adelgazar?

Dieta de la piruleta
Se me hace taaan raro…

Pues sí. Bueno, en español hemos adaptado la traducción un poco: de lollipop diet pasamos a la dieta de la piruleta, con rima consonante y todo. Pegadiza… aunque, por otra parte: ¿cómo tomarse en serio una dieta que suena a estribillo?

Y sin embargo se la ha tomado en serio, y mucho, por parte de muchas famos(ill)as en la altas esferas —o, al menos, las suficientes como para que hablasen de ella en la radio tiempo ha, que así fue como me enteré de su existencia.

¿El detalle que activó el radar vegetófilo? La composición de las piruletas dietéticas (que no vale una cualquiera: tiene que ser un Power pop, que así se llaman los chupachups en cuestión): Seguir leyendo

Cleopatra y el protector solar SPF-50

Historia del protector solar en clave vegetal

[~ 13 minutos de lectura]

Al son de: Luminous, Crescent Moon

Agosto.

Ese tórrido mes veraniego (al menos, para los que estamos en el hemisferio norte) que nos hace sudar, y soñar, sólo con pensar en él. Vacaciones, dulces vacaciones.

El mes del sol y playa por excelencia. La arena se cubre de toallas y cuerpos que aspiran a dorarse, o incluso freírse, para obtener ese codiciado bronceado de forma más o menos responsable. Y qué decir de las madres, eternamente preocupadas por sus pequeños, a quienes persiguen para embadurnarlos de crema solar.

Lo confieso: de niña yo odiaba la crema protectora. Ahora sigue sin apasionarme—pero ya lo sé, es buena, necesaria, y hay que ponérsela para que a una no le envejezca la piel prematuramente, para no desarrollar un melanoma, blah blah blah.

Mi gran ventaja es que me importa un soberbio pepino no ponerme morena, así que evitar el sol no es ningún sacrificio. El gran inconveniente es que al resto del mundo sí parece importarle, y están empeñados en que me apunte al bronceado.

Esto, que conste, no habría pasado hace 50 años, y mucho menos hace 500 o 5000. La tez pálida ha sido un ideal para la mayoría de mujeres en muchas culturas y épocas históricas (y aún lo es en lugares como la India, llegando a extremos que a mi parecer son risibles… véase el vídeo de aquí abajo, anunciando cremas blanqueadoras de piel. Incredibol).

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“Cien gramos de momia pulverizada para la faringitis, por favor”

(o, la importancia de una buena traducción)

[~ 5 minutos de lectura]

Al son de: Paige & Palermo, Walk  Slow

Las farmacias, ay de mí, ya no son lo que eran.

En los viejos tiempos, uno podía entrar en una botica tapizada de madera, los estantes atiborrados de vasijas y tarros con sustancias de lo más pintorescas. ¿Que uno deseaba un bezoar para cubrirse las espaldas en caso de envenenamiento? ¡Ningún problema! Siendo, además, muy poco tiquismiquis en lo que a remedios médicos se refiere, el hecho de que los bezoares fuesen concreciones sólidas sacadas de los intestinos de cabras salvajes (u otros animales) no parecía importarle demasiado a nadie.

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Apetitoso remedio, ¿verdad? (Foto sacada de Wikipedia, thank you!)

Sin embargo, quizás la sustancia más chocante con la que me tropecé al principio de mi investigación fuese leyendo el libro de Paul Freedman, Out of the East: Spices and the Medieval Imagination. ¿Pero qué puede ser más extravagante que una piedra intestinal caprina?, se preguntará el lector, quizás mirando de refilón el título del artículo y sospechándose ya lo que voy a decir a continuación.

Pues sí, sí. Momias.

Las originales, las embalsamadas con natrón y especias en el antiguo Egipto. Egipcios muertos y pulverizados. Codeándose tranquilamente con tarros de canela, azafrán, pimienta o almizcle, ahí tenemos cadáveres embalsamados en jarras, quizás ya pulverizados y listos para ser pesados y vendidos como panacea para todos los males.

(¿qué había dicho yo sobre lo poco tiquismiquis que era la gente siglos atrás?) Seguir leyendo

Muertes filosóficas por vía botánica

Gallos, cicutas y filósofos

[~ 4 minutos de lectura]

Al son de: Sepideh Vahidi, Drunk.

Corría el año 399 bC, un buen año para ser envenenador estatal. Al fin y al cabo, no se ejecuta a filósofos famosos todos los días.

(Aunque parece que en la antigüedad la filosofía era una afición peligrosa; uno nunca estaba seguro de cuándo los políticos podían volverse contra ti y ordenarte alguna barbaridad).

El filósofo en cuestión nos interesa no sólo a raíz de sus gestas, inmortalizadas en prosa por su discípulo Platón, sino porque su condena a muerte se ejecutó por vía vegetal. Más allá de las disquisiciones sobre si realmente se suicidó o no, lo cierto es que Sócrates la palmó tras haber ingerido cicuta, convirtiéndola así en uno de los más famosos y trágicamente dignos compuestos que tenemos en el armario de los venenos.

Sócrates hizo por la cicuta lo que pocos han hecho por un veneno vegetal: darle mucha clase.

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