El árbol que sangra junto al río: Alnus glutinosa

Capítulo #03 del podcast La Senda de las Plantas Perdidas

[~ 10 minutos de lectura]

[Emitido el 02.05.19] | Abrir el podcast en una ventana nueva [iVoox] o Descargar

Suscríbete ;) a través de… Apple Podcasts | ivoox | Spotify | RSS

Pasa bastante desapercibido, este sombrío morador de ríos y arroyos.

No se yergue a grandes alturas como los fresnos de leño de lanza; no dispensa la muerte por ponzoña o por flecha lanzada en arco letal como el tejo. No tiene corona como el roble, ni el encanto mágico del avellano.

La senda de las plantas perdidas, capítulo 03: Alnus spp.

Pero los habitantes del género Alnus no se deben a la humanidad, sino al agua, y no revela sus secretos fácilmente.

Sólo quien lo tala sabe por qué pudieron los antiguos celtas considerarlo árbol de la guerra y del derramamiento de sangre. Sólo quien lo interroga descubrirá qué colores ocultan su corteza y sus hojas.

Sólo quien escuche este capítulo (… o pierda un buen rato rebuscando en libros más o menos viejunos) conocerá “el maravilloso secreto del aliso”…

… ¿o quizás no?

Seguir leyendo

Los Reales bambúes del Jardín Botánico de Madrid

Los (discretos) reyes del invierno

[~ 6 minutos de lectura]

Al son de: Bonnie Pink, It’s gonna rain!

Los descubrí por casualidad, casi por necesidad.

Era diciembre, y los parterres del real paraíso que enraíza en Madrid no se prodigaban en flores. Algún Iris asomando entre la hojarasca, un puñado de rosas valientes, y pare usted de contar.

Aquel diciembre era el reino de las hojas.

Anda que te anda entre los arriates, cámara en mano y en busca de sujetos para fotografiar, llegué a la sección de los bambúes.

Dónde están los bambúes en el RJBM
Ahí los tienes bien señaladitos sobre el mapa del Real Jardín Botánico de Madrid (sacado de su web).

Estas enormes hierbas* nunca me habían llamado mucho la atención; sí, bonitas y tal, pero me parecían todas iguales (o casi). Vista una, vistas todas.

*pues son de la misma familia que los cereales y la cizaña, las gramíneas (Poaceae); constituyen una subfamília, Bambusoideae, que incluye tanto a los bambúes herbáceos (tribu Olyreae) como a los leñosos (tribu Bambuseae).

Sin embargo, estaba yo escribiendo La Invención del Reino Vegetal, y había leído un libro sobre las plantas en el arte, que me había fascinado. Tenía un capítulo enteramente dedicado a la pintura en tinta, en China y Japón… y el bambú era el protagonista absoluto.

Pájaro y Bambú, atribuido a Sesshū Tōyō (periodo Muromachi)
Bambú, sí, claro. Pero ¿qué especie de bambú dirías que retrató el autor de “Pájaro y Bambú“? (atribuido a Sesshū Tōyō, 1420–1506; periodo Muromachi, Japón)

Por eso, aquel diciembre me acerqué a los bambúes con curiosidad artística, pensando en los incontables eruditos chinos que habían convertido a estas plantas en el súmmum del arte vegetófilo en tinta (pues en el lejano Oriente, la literatura y la pintura están íntimamente relacionados). Y me di cuenta de algo muy evidente, pero que a menudo olvidamos por culpa de categorías lingüísticas tan amplias como pueda ser “bambú”: Seguir leyendo

[Hojeando libros] Gossip from the Forest

(Maitland. Granta 2012)

Al son de: Ana Alcaide, Tlali

La bajada era siempre la hora del cuento.

A la montaña subíamos más o menos callados según lo empinado de la cuesta, cada uno a su ritmo; el descenso, en cambio, estaba hecho de rodillas chirriando a coro, rondalles*, y bosque.

*Pues así llamamos a los cuentos populares en Mallorca, donde crecí.

Pero no uno cualquiera, no. El bosque era siempre encinar —porque no había otra cosa donde crecí. (Y la rondalla, esa la sabe mi padre, que me la tenía que repetir ad nauseam, pobre…)

Conozco el nombre de muchos árboles, a cuyos rebaños espontáneos llamo bosque. Sin embargo, cada árbol declina esta palabra a su manera, y lo convierte en encinar, o robledal, alameda, quejigal, pinar, pinsapar, hayedo.  Y tantos otros para los que no existen siquiera palabras en castellano.

no puedes aprenderte el bosque a partir de un libro —los bosques requieren otro tipo de aprendizaje, otra forma de conocer; requieren una implicación creativa con lo concreto

Pero conocer la palabra no significa nada.

Conozco la luz en el hayedo, y la sombra en el encinar. Conozco el aura siniestra del pinar cerca del torrente; el arrullo fresco del bosque de ribera. Esos son mis modelos de bosque, porque los he respirado con pies y pulmones, he tocado el pulso de las estaciones abrazando su madera.

Nunca me he dedicado a desentrañar los secretos del bosque. Tal vez porque siento que ya hay mucha gente que está en ello, y no me atraen los lugares concurridos; o quizás porque me parece que no se presta a disecciones (o, al menos, no a las mías). Los bosques de la memoria y la experiencia me llaman a la poesía, al arte, a la emoción. Al silencio.

Hasta ahora, no había buscado perderme en el bosque como escritora de divulgación, ni había tenido motivos para adentrarme en la espesura.

Entonces llegaron los cuentos de hadas, y todo fue bajada—y, claro, ya se sabe: la bajada es siempre rondalla y bosque.

Ha sido (como suele ser común en mí) culpa de un libro. Se cruzó en mi camino gracias a la magia algorítmica de amazon, y menos mal que leí el subtítulo (“Las raíces [enredadas] de nuestros bosques y cuentos de hadas”), porque el título no es muy claro que digamos: Gossip from the Forest, algo así como “Cotilleos del bosque” (ver nota más abajo…). Aun sin saber muy bien en qué me estaba metiendo, por suerte decidí arriesgarme a comprar una copia  de segunda mano.

Unos días después de haberlo terminado, sigo sin lograr expresar con parquedad de qué va el libro, pero sí que merece ser leído y disfrutado como un descenso de la montaña, como un paseo por el bosque. Como un cuento.

Intentaré hacerle justicia.

Seguir leyendo

[Hojeando libros] Renoir’s Garden

(Fell. Frances Lincoln 1991)

Al son de*: The Cinematic Orchestra, Les Ailes Pourpres (BSO)

*Me han sugerido, muy acertadamente creo, que ponga enlaces a las canciones que acompañan mis pesquisas y redacciones. Se abrirán en ventana nueva si pincháis en el título, llevándoos en volandas hasta Youtube.    |    {The English version of this review may be read here}

 Cuando los colores están vivos, pintamos jardines”.

Así se me ocurrió titular un capítulo de La Invención del Reino Vegetal, inspirándome en las exhortaciones de algunos paisajistas-artistas a “plantar el suelo como si se pintase un paisaje con seres vivos”.

La relación entre el arte y los jardines es cuestión espinosa. Para algunos, la jardinería es arte; para otros, ni se le parece. Personalmente, no albergo dudas al respecto: un jardín puede ser una obra de arte. Quizás no todos los jardines lo sean, al igual que no todo garabato nos merece el calificativo de “arte”. Pero haberlos, haylos.

Visto en retrospectiva, puede que el movimiento que más haya hecho por encumbrar a los jardines como sujeto artístico digno de admiración y respeto haya sido el Impresionismo, con la famosa aseveración de Claude Monet refiriéndose a su jardín en Giverny como a “su más bella obra de arte”.

summer-landscape-1875
‘Summer Landscape’ (1875), Pierre-Auguste Renoir, en el Thyssen Bornemisza según Wikiart, de donde sale el cuadro.

La fascinación que ejercen los jardines sobre muchos de los impresionistas es fuerte.

Se han escrito libros, montado exposiciones, rodado películas y series sobre la relación Impresionismo-jardines. Algunos de los personajes son archiconocidos, incluso entre personas poco interesadas en el mundo de la pintura. Es el caso del mismo Monet, el “príncipe” del equipo, el protagonista —casi sin quererlo— de todo el tinglado.

Dejad que aclare una cosa: me encanta leer, ver, investigar cosas sobre Monet. En la serie de la BBC The Impressionists, mi preferido era Claude. We all love Monet, nos fascinan sus ninfeas, sus glicinias, los agapantos, los campos de amapolas, las casas henchidas de rosas, y toda la tropa. Nos gustan incluso las flores que no pintó, mira tú por dónde.

Sin embargo, me chiflan las historias que, por algún extraño motivo, la posteridad ha considerado menos dignas de interés, y se olvida de sacarles brillo, si no es muy de vez en cuando. Es sabido que me gusta hablar de las flores de las que nadie habla; puede que razones análogas me lleven a querer hablar, más que de la posteridad, de la oscuridad. De esos jardines que se han quedado oscuros, y quizás por ello retienen aún secretos que me atraen, que puedo intentar desentrañar. Seguir leyendo

Turbantes y tulipanes en clave turca

[~ 5 minutos de lectura]

Al son de: Devaldi, Istanbul’s Night

Hagamos un experimento.

Escoged a cinco personas, y pedidles que os digan la primera palabra que les viene a la mente al escuchar o leer la palabra “tulipán“.

Cuando yo lo hice, el resultado unánime fue… Holanda.

Lógico, ¿no? Molinos, y campos de tulipanes, eso son los Países Bajos. Quizás algunos incluso hayan oído hablar de la tulipomanía, ese episodio de enajenación social transitoria que barrió el sentido común de muchos neerlandeses a principios del s. XVII, arrastrándolos hacia la compra de bulbos a precios disparatados (o, al menos, eso suelen contarnos).

No, no voy a hablar también yo del tópico tulipán-Países Bajos—al menos, hoy no.

Me intrigan más los hechos de fama modesta, que quedan arrinconados a un lado de la narrativa histórica que conozco mejor: pues hay otro país cuya historia está incluso más ligada al tulipán que Holanda, pero que no solemos asociar con la flor neerlandesa por excelencia, pese a deberle tanto la introducción de los bulbos, como su nombre en lenguas europeas… Seguir leyendo