Cleopatra y el protector solar SPF-50

Historia del protector solar en clave vegetal

[~ 13 minutos de lectura]

Al son de: Luminous, Crescent Moon

Agosto.

Ese tórrido mes veraniego (al menos, para los que estamos en el hemisferio norte) que nos hace sudar, y soñar, sólo con pensar en él. Vacaciones, dulces vacaciones.

El mes del sol y playa por excelencia. La arena se cubre de toallas y cuerpos que aspiran a dorarse, o incluso freírse, para obtener ese codiciado bronceado de forma más o menos responsable. Y qué decir de las madres, eternamente preocupadas por sus pequeños, a quienes persiguen para embadurnarlos de crema solar.

Lo confieso: de niña yo odiaba la crema protectora. Ahora sigue sin apasionarme—pero ya lo sé, es buena, necesaria, y hay que ponérsela para que a una no le envejezca la piel prematuramente, para no desarrollar un melanoma, blah blah blah.

Mi gran ventaja es que me importa un soberbio pepino no ponerme morena, así que evitar el sol no es ningún sacrificio. El gran inconveniente es que al resto del mundo sí parece importarle, y están empeñados en que me apunte al bronceado.

Esto, que conste, no habría pasado hace 50 años, y mucho menos hace 500 o 5000. La tez pálida ha sido un ideal para la mayoría de mujeres en muchas culturas y épocas históricas (y aún lo es en lugares como la India, llegando a extremos que a mi parecer son risibles… véase el vídeo de aquí abajo, anunciando cremas blanqueadoras de piel. Incredibol).

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“Cien gramos de momia pulverizada para la faringitis, por favor”

(o, la importancia de una buena traducción)

[~ 5 minutos de lectura]

Al son de: Paige & Palermo, Walk  Slow

Las farmacias, ay de mí, ya no son lo que eran.

En los viejos tiempos, uno podía entrar en una botica tapizada de madera, los estantes atiborrados de vasijas y tarros con sustancias de lo más pintorescas. ¿Que uno deseaba un bezoar para cubrirse las espaldas en caso de envenenamiento? ¡Ningún problema! Siendo, además, muy poco tiquismiquis en lo que a remedios médicos se refiere, el hecho de que los bezoares fuesen concreciones sólidas sacadas de los intestinos de cabras salvajes (u otros animales) no parecía importarle demasiado a nadie.

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Apetitoso remedio, ¿verdad? (Foto sacada de Wikipedia, thank you!)

Sin embargo, quizás la sustancia más chocante con la que me tropecé al principio de mi investigación fuese leyendo el libro de Paul Freedman, Out of the East: Spices and the Medieval Imagination. ¿Pero qué puede ser más extravagante que una piedra intestinal caprina?, se preguntará el lector, quizás mirando de refilón el título del artículo y sospechándose ya lo que voy a decir a continuación.

Pues sí, sí. Momias.

Las originales, las embalsamadas con natrón y especias en el antiguo Egipto. Egipcios muertos y pulverizados. Codeándose tranquilamente con tarros de canela, azafrán, pimienta o almizcle, ahí tenemos cadáveres embalsamados en jarras, quizás ya pulverizados y listos para ser pesados y vendidos como panacea para todos los males.

(¿qué había dicho yo sobre lo poco tiquismiquis que era la gente siglos atrás?) Seguir leyendo