“Cien gramos de momia pulverizada para la faringitis, por favor”

(o, la importancia de una buena traducción)

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Al son de: Paige & Palermo, Walk  Slow

Las farmacias, ay de mí, ya no son lo que eran.

En los viejos tiempos, uno podía entrar en una botica tapizada de madera, los estantes atiborrados de vasijas y tarros con sustancias de lo más pintorescas.

¿Que uno deseaba un bezoar para cubrirse las espaldas en caso de envenenamiento? ¡Ningún problema! Siendo, además, muy poco tiquismiquis en lo que a remedios médicos se refiere, el hecho de que los bezoares fuesen concreciones sólidas sacadas de los intestinos de cabras salvajes (u otros animales) no parecía importarle demasiado a nadie.

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Apetitoso remedio, ¿verdad? (Foto sacada de Wikipedia, thank you!)

Sin embargo, quizás la sustancia más chocante con la que me tropecé al principio de mi investigación fuese leyendo el libro de Paul Freedman, Out of the East: Spices and the Medieval Imagination. ¿Pero qué puede ser más extravagante que una piedra intestinal caprina?, se preguntará el lector, quizás mirando de refilón el título del artículo y sospechándose ya lo que voy a decir a continuación.

Pues sí, sí. Momias.

Las originales, las embalsamadas con natrón y especias en el antiguo Egipto. Egipcios muertos y pulverizados. Codeándose tranquilamente con tarros de canela, azafrán, pimienta o almizcle, ahí tenemos cadáveres embalsamados en jarras, quizás ya pulverizados y listos para ser pesados y vendidos como panacea para todos los males.

(¿Qué había dicho yo sobre lo poco tiquismiquis que era la gente siglos atrás?) Seguir leyendo