De Perfumes&Dioses (III): Olíbano en arena

[~ 15 minutos de lectura]

Al son de: Jami Sieber, The Moon Inside

{Tercera y última entrega sobre el olíbano; las dos primeras pueden leerse aquí (I. Olíbano en frasco), y aquí (II. Olíbano en cuchara)}

He encendido un bastoncillo de incienso hace un minuto; no tiene ni gota de olíbano* en su composición.

*Franquincienso, Boswellia sacra Flueck.

(No sé si lo habréis buscado alguna vez, pero en mi experiencia suele encontrarse más fácilmente jazmín y pachulí, que los perfumes que los antiguos usaban como incienso en el área mediterránea).

Contemplo los velos de humo que se derraman en el aire. Se retuercen, se agitan, tan elegantes y gráciles como bailarinas de ballet. Juego con el bastoncillo, agitándolo por la habitación como si fuese una batuta, o una varita mágica de cuya punta no brotan hechizos ni patronus, sino ondas de perfume.

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Ya puedes intentar detenerlas —con los dedos, con una cucharilla—, que de poco sirve: te abrazan con su caricia de río impalpable, y te dejan a un lado. Tienen otros planes.

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De Perfumes&Dioses (II): Olíbano en cuchara

[~ 10 minutos de lectura]

Al son de: Azam Ali y Loga R. Torkian, Flowers of the Storm

 

No sé si fue realmente así, pero me gustaría pensar que la prehistoria de los perfumes se escribió a fuego y humo, como su nombre indica:

per fumum, a través del humo.

El humo tiene algo de hipnótico, esa cualidad enigmática de los entes que fluctúan en la orilla que separa lo material de lo inmaterial. Humo, el olor de la metamorfosis ígnea, la ascensión hacia las alturas. Evocador.

Trascendente.

[Fotografía de la obra de Anish Kapoor Ascension, en su instalación para la 54ª Biennale di Venezia; sacada de la web de la Associazione Arte Continua]

Quizás inventamos la palabra trascender para poder hablar del incienso. De hecho, la primera acepción en el diccionario (DRAE) es muy sugerente al respecto:

Exhalar olor tan vivo y subido, que penetra y se extiende a gran distancia.

Durante milenios, es probable que esa gran distancia que debía salvarse fuese, nada más y nada menos, la que separaba a dioses y mortales.

Y el único mecanismo para emprender ese viaje perfumado tenía que ser ese elemento fascinante a la vez que voluble, tan íntimamente ligado a lo sagrado que había quien lo consideraba un dios —o, como mínimo, un bien precioso sisado al Olimpo—: el fuego, what else?

Pues la palabra incienso no designa en su origen a ningún vegetal en concreto. Sencillamente, significa

“aquello que es quemado”.

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De Perfumes&Dioses (I): Olíbano en frasco

[~ 9 minutos de lectura]

Al son de: Irfan, In the Gardens of Armida

{Primera entrega de tres sobre el olíbano; las dos siguientes pueden leerse aquí (II. Olíbano en cuchara), y aquí (III. Olíbano en arena)}

El fuego nos fascina desde la noche de los tiempos.

Las metamorfosis se cuecen a fuego lento, las ideas arden como llamaradas en la oscuridad, el amor abrasa como tizón encendido. Los dioses alean sobre la llama.

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En general, las plantas tienen poca relación con el fuego. Allá donde los súbditos del ‘reino mineral’ suelen sobrevivir a la hoguera, los vegetales —como toda entidad viva— no resisten demasiado el embate de las llamas: son demasiado extremas, demasiado violentas. Su abrazo consume en un suspiro humeante.

Sin embargo, en algunos casos se produce una rara alquimia que no aniquila, sino que libera el alma vegetal que pulsaba dentro. El fuego se convierte en el portal que transmuta la sustancia que a él se entrega—de materia, a espíritu—. Todo se vuelve humo. La esencia latente se revela imbuida de poderes misteriosos, divinos… perfumados. Seguir leyendo

La esencia en el aceite (o no)

O, ¿qué diferencia hay entre un aceite esencial y un aceite a secas?

[~ 6 minutos de lectura]

Ah. ¿Es que son distintos?

Pues sí, lo son. Químicamente no tienen nada, pero nada que ver (aparte de estar formados por carbono, hidrógeno, oxígeno, y estas cosas).

… Pues entonces ¿por qué los llamamos casi igual?

Tengo la sospecha de que es porque ambos se extraen de vegetales, son líquidos a temperatura ambiente, y tienen un aspecto similar (untuoso, “aceitoso”). Sin embargo, los parecidos terminan ahí.

Los aceites (a secas, los que empleamos para aliñar ensaladas, freír espárragos, o darnos masajes relajantes) son lípidos fundamentalmente formados por los temidos triglicéridos (que integran hasta un 98-99% de sus compuestos*).

*Al menos, en el caso de los aceites comestibles.

Un triglicérido tiene esta pinta, simplificando:

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Los zigzags son ácidos grasos, que pueden discurrir más o menos derechos, o tener tortícolis y torcerse en algún punto de la cadena (y estos puntos de tortícolis son los enlaces dobles entre carbonos, que convierten a los ácidos grasos en ‘insaturados’).

Los palitos tripartitos que sirven de enganche a los zigzags son moléculas de glicerol, un alcohol muy sociable que se lleva de perlas con los ácidos grasos.

En general, estos aceites se extraen fundamentalmente de las semillas de varios vegetales, desde nuestro bienquerido aceite de oliva virgen extra, hasta el aceite de palma (el más consumido a nivel mundial, y que lleva a remolque problemas éticos nada despreciables), pasando por el de girasol, el de sésamo, el de soja, el de lino, el de almendras, el de nuez… Seguir leyendo