[Hojeando libros] Plant Revolution

(Mancuso. Giunti 2017)

Al son de: Emancipator, Minor Cause

Me enteré gracias a una amiga en Italia:

“El otro día pensé en ti: en la tele dieron una entrevista a Stefano Mancuso, muy interesante… por el libro que acaba de publicar, ya sabes…”

Pero resultaba que no, yo no lo sabía— hasta que ella me lo dijo. Al cabo de unos minutos ya había corrido a encargar mi copia, que llegó unas semanas más tarde, con tapas duras y a todo color.

Con un título que, ay, no me entusiasmó: Plant Revolution. La revolución de las plantas. O La Revolución Vegetófila.

(Con la dichosa manía italiana de escribir en itanglese, esa quimera monstruosa que incorpora palabras y expresiones inglesas sin ton ni son ni criterio ni ná de ná. Pero todo hay que decirlo: yo soy muy mala para titular cosas que luego se vendan bien. Siempre me cambian los títulos de los artículos, así que…).

Como tenía otro libro a medio leer, me prometí que esperaría para empezar el de Mancuso. Mantuve la promesa y resistí como una valiente durante unos cuantos días, pero… terminé por sucumbir a la tentación.

Fue la mejor decisión que podría haber tomado.

De hecho, voy a tener un problema para reseñar este libro: no emocionarme demasiado.

Hubo un momento fugaz, durante la introducción, en el que pensé: no exageremos, por favor. Que yo soy muy quisquillosa para las exageraciones y las hipérboles.

Pero después de eso, fui convirtiéndome en fan, luego en más fan, y luego en perdidamente fan.

He tenido el gusto de leer todos los libros que ha publicado Mancuso hasta la fecha. El más “rompedor”, el que más premios le ha valido y más traducciones, ediciones y reediciones ha tenido es Verde Brillante: Sensibilità e intelligenza nel mondo vegetale, traducido al castellano como Sensibilidad e inteligencia en el mundo vegetal.

Sin embargo, Plant Revolution me ha gustado más, mucho más.

Me ha sorprendido, me ha presentado ideas que desconocía (y leo mucho sobre el tema… de verdad que sí), y me las ha contado con tanta gracia y salero, que me he visto prácticamente obligada a leer fragmentos en voz alta a quienquiera que se pusiese a tiro: mi costilla (a quien le gustó tanto, que lo devoramos enterito una vez más), mis padres— incluso al perro le he leído algo.

Pero pongámonos con la reseña en serio… Seguir leyendo

En el nombre de la Fuchsia [Padrinos&Plantas (3)]

Flores, colores — & un médico renacentista

[~ 10 minutos de lectura]

Al son de: Leo Rojas, El Condor Pasa

Nuestra experiencia del color está íntimamente ligada a las plantas.

El reino vegetal no sólo devolvió la percepción de tonalidades como el rojo al linaje de los simios, sino que ha sido también un excelente campo de inspiración para dar nombre al color mismo.

Metafóricamente habita el ser humano la Tierra— y metafóricamente la describe. A partir de frutas y flores bautizamos nuevos colores, como el naranja, el rosa o el malva.

Sin embargo, hay un color que debe su nombre a un médico alemán del s. XVI, a través de una flor: las fucsias, o pendientes de la reina (entre otros nombres comunes). Aunque la historia es, en realidad, un poco más complicada, e involucra tintes sintéticos, modas hortícolas, juegos de palabras…

Fuchsia ornamental (híbrida)

Empecemos por la flor. Seguir leyendo

De raíces, árboles & familias

[~ 7 minutos de lectura]

Al son de: Ana Alcaide & Gotrasawala Ensemble, Aguaribay

{{This article first appeared on The Planthunter #32 and may be read in English here ||| Este artículo apareció publicado en inglés por primera vez en el núm. #32 COMMUNITY de la revista The Planthunter, y puede leerse aquí}}

Tras la muerte de mi abuelo, mi padre (y mi tía) heredaron la mayoría de sus posesiones mundanas: un armario de trajes y zapatos, una pequeña casa en el pueblo, y media docena de higueras.

Mi abuelo nunca cultivó la tierra heredada de sus antepasados; en una familia de raíces campesinas, fue el primero que pudo alzarse por encima de los afanes de la vida agrícola y licenciarse en Derecho. Animó a sus propios hijos a perseguir carreras intelectuales, así que mi padre tampoco se dedicó al campo… lo cual significa que la tierra de la familia ha sido dejada a su aire durante las últimas décadas.

Sin embargo, los árboles no parecen haber notado demasiado este “descuido”; ellos se dedican a sus cosas —sacar hoja, flor, y fruto— sin requerir ni una pizca de ayuda humana. Como si de postes vivientes se tratara, los encontraba siempre igual cada vez que mi madre me arrastraba con ella para ayudarla a recoger los frutos de las ramas bajas.

Fig branch (Ficus carica)

Nunca fui una fan de coger higos. Tanta zarza, tanto insecto —y total, tampoco me gustaban mucho esos frutos pringosos de látex blanco. Sin embargo, cada verano nos armábamos de cubos azules e íbamos a visitar los árboles de la familia —antaño de mi abuelo, hoy de mi padre, y se supone que con el tiempo, serán míos.

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[Hojeando libros] Gossip from the Forest

(Maitland. Granta 2012)

Al son de: Ana Alcaide, Tlali

La bajada era siempre la hora del cuento.

A la montaña subíamos más o menos callados según lo empinado de la cuesta, cada uno a su ritmo; el descenso, en cambio, estaba hecho de rodillas chirriando a coro, rondalles*, y bosque.

*Pues así llamamos a los cuentos populares en Mallorca, donde crecí.

Pero no uno cualquiera, no. El bosque era siempre encinar —porque no había otra cosa donde crecí. (Y la rondalla, esa la sabe mi padre, que me la tenía que repetir ad nauseam, pobre…)

Conozco el nombre de muchos árboles, a cuyos rebaños espontáneos llamo bosque. Sin embargo, cada árbol declina esta palabra a su manera, y lo convierte en encinar, o robledal, alameda, quejigal, pinar, pinsapar, hayedo.  Y tantos otros para los que no existen siquiera palabras en castellano.

no puedes aprenderte el bosque a partir de un libro —los bosques requieren otro tipo de aprendizaje, otra forma de conocer; requieren una implicación creativa con lo concreto

Pero conocer la palabra no significa nada.

Conozco la luz en el hayedo, y la sombra en el encinar. Conozco el aura siniestra del pinar cerca del torrente; el arrullo fresco del bosque de ribera. Esos son mis modelos de bosque, porque los he respirado con pies y pulmones, he tocado el pulso de las estaciones abrazando su madera.

Nunca me he dedicado a desentrañar los secretos del bosque. Tal vez porque siento que ya hay mucha gente que está en ello, y no me atraen los lugares concurridos; o quizás porque me parece que no se presta a disecciones (o, al menos, no a las mías). Los bosques de la memoria y la experiencia me llaman a la poesía, al arte, a la emoción. Al silencio.

Hasta ahora, no había buscado perderme en el bosque como escritora de divulgación, ni había tenido motivos para adentrarme en la espesura.

Entonces llegaron los cuentos de hadas, y todo fue bajada—y, claro, ya se sabe: la bajada es siempre rondalla y bosque.

Ha sido (como suele ser común en mí) culpa de un libro. Se cruzó en mi camino gracias a la magia algorítmica de amazon, y menos mal que leí el subtítulo (“Las raíces [enredadas] de nuestros bosques y cuentos de hadas”), porque el título no es muy claro que digamos: Gossip from the Forest, algo así como “Cotilleos del bosque” (ver nota más abajo…). Aun sin saber muy bien en qué me estaba metiendo, por suerte decidí arriesgarme a comprar una copia  de segunda mano.

Unos días después de haberlo terminado, sigo sin lograr expresar con parquedad de qué va el libro, pero sí que merece ser leído y disfrutado como un descenso de la montaña, como un paseo por el bosque. Como un cuento.

Intentaré hacerle justicia.

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Las cuevas de cuento se abren con sésamo

[~ 6 minutos de lectura]

Al son de: Blackmore’s Night, Galliard

Érase una vez un mono parlanchín que entendía el mundo a través de historias.

Dicen que su carrera de cuenta-(y escucha-)cuentos compulsivo pudo empezar al calor de aquellas primeras hogueras, durante las horas que yacen entre la cena y el sueño. Sin embargo, hace ya tanto que sucedió (miles, tal vez millones de años!), que posiblemente no sepamos nunca cómo fue.

Sea como fuere, pocos discuten ya que nuestra especie lleva en la sangre el contar historias; de hecho, el storytelling (porque, claro, necesitábamos una palabra inglesa para darle el toque de clase…) se está poniendo de moda, y encontrarás a mucho coach que trabaja en narrativa más o menos esotérica/pragmática, prometiendo cosas que abarcan desde mejorar tu vida y tus relaciones, hasta conseguir vender zapatos mejor. Seguir leyendo

Palabras & Plantas: Amores vegetófilos de papel y tinta

[~ 4 minutos de lectura]

Al son de: Enya, The Humming

Todo empezó por culpa del color rojo.

Bueno, quizás todo, no; un profesor en tercero de carrera tuvo algo que ver también. Pero lo cierto es que, al empezar mis estudios universitarios, el reino vegetal no me interesaba sobremanera.

Estaba yo por aquel entonces dedicando mis horas libres a escribir, como llevaba haciendo desde los seis años. En aquella novela recurría, una y otra vez, al color rojo. Y me faltaban imágenes poéticas, metáforas, comparaciones que satisficiesen mi sentido estético en esa tonalidad.

Rojo como el vino, como la sangre, como los rubíes… todas muy manidas.

Rojo como granadas maduras, como cerezas, como fresas… psé. Las frutas típicas las habían manoseado tantas plumas, que no me apetecía emplearlas yo también. Pero ahí se entreveía el esbozo de un filón por explorar: los vegetales prometían un trampolín metafórico prácticamente ilimitado. Y me zambullí con ganas: Seguir leyendo

Les non-fleurs de Monsieur Monet

(oséase, Las no-flores del Sr. Monet)

[~ 10 minutos de lectura]

Al son de: Marika Takeuchi, Far Away

{English version can be read here}

1895.

Siete meses antes de que los hermanos Lumière encienten el arte del cine, un hombre trabaja en su jardín a pocos quilómetros de Paris.

Hace doce años que da rienda suelta a su faceta de jardinero en aquel rincón del mundo, donde ha creado un pequeño paraíso vegetal. Sin embargo, no es un jardinero cualquiera: el mundo entero conoce sus lienzos, sus pinceladas capaces de captar la impresión fugaz de un instante. Ha pintado estaciones, océanos, campos y catedrales. Pero ahora, aun sin él saberlo, está naciendo una etapa nueva.

Porque en 1895, mientras al otro lado del Atlántico la guerra de Cuba se ha precipitado en el último capítulo de su historia, en un pueblecito francés ha empezado el largo idilio artístico de un pintor y un vegetal. Durante 25 años, los pinceles del artista regresarán a su planta con fidelidad de cónyuge enamorado, para trazar los óvalos de sus hojas y sus flores estelares, convirtiéndolas en un icono de la pintura.

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Sí. Sabéis a quién me refiero. Se trata de Claude Oscar Monet (1840-1926).

¿Y ellas? Sus Nymphéas, por supuesto. Seguir leyendo