Cleopatra y el protector solar SPF-50

Historia del protector solar en clave vegetal

[~ 13 minutos de lectura]

Al son de: Luminous, Crescent Moon

Agosto.

Ese tórrido mes veraniego (al menos, para los que estamos en el hemisferio norte) que nos hace sudar, y soñar, sólo con pensar en él. Vacaciones, dulces vacaciones.

El mes del sol y playa por excelencia. La arena se cubre de toallas y cuerpos que aspiran a dorarse, o incluso freírse, para obtener ese codiciado bronceado de forma más o menos responsable. Y qué decir de las madres, eternamente preocupadas por sus pequeños, a quienes persiguen para embadurnarlos de crema solar.

Lo confieso: de niña yo odiaba la crema protectora. Ahora sigue sin apasionarme—pero ya lo sé, es buena, necesaria, y hay que ponérsela para que a una no le envejezca la piel prematuramente, para no desarrollar un melanoma, blah blah blah.

Mi gran ventaja es que me importa un soberbio pepino no ponerme morena, así que evitar el sol no es ningún sacrificio. El gran inconveniente es que al resto del mundo sí parece importarle, y están empeñados en que me apunte al bronceado.

Esto, que conste, no habría pasado hace 50 años, y mucho menos hace 500 o 5000. La tez pálida ha sido un ideal para la mayoría de mujeres en muchas culturas y épocas históricas (y aún lo es en lugares como la India, llegando a extremos que a mi parecer son risibles… véase el vídeo de aquí abajo, anunciando cremas blanqueadoras de piel. Incredibol).

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