La Datura & Yo: una historia espinosa

Misterios de la historia de las burladoras en el Viejo Mundo (Datura spp

[~ 8 minutos]

Al son de: Delerium feat. Michael Logen, Days Turn into Nights

Aquella noche salí del jardín botánico con la piel acribillada por los mosquitos y el corazón rebosante de emoción.

Por fin la había cazado.

Con su coqueta falda blanca desplegada en la oscuridad, por fin había logrado cazar a mi fantasma a la luz de la luna —o, mejor dicho, a la luz de un LED.

Tras un mes de perseguir sombras, finalmente nos veíamos las caras, Datura y yo.

Datura metel bajo la luna

Antes de la caza: cómo conocí a las Datura

Llevaba ya un tiempo a la caza de plantas mágicas, recogiendo sus historias para después hilvanarlas una vez más, pero con un toque personal. Había empezado por las hierbas empleadas contra el mal de ojo, para después irme a las plantas que la leyenda asocia a la brujería. Por mis páginas habían desfilado la mandrágora, la belladona, el beleño… hasta llegar el turno de las últimas de mi lista: las burladoras que conocía, Datura stramonium y D. metel.

Nuestra historia compartida había empezado mucho antes de conocerlas en persona: sabía de ellas de oído, gracias a la asignatura de diversidad vegetal que cursé en la universidad. Aún recuerdo el aviso, entre tímido y avergonzado, que nos dio el profesor sobre el estramonio —consejo evidentemente ligado a sus propias experiencias con la planta—: no fumar. Jamás. Seguir leyendo

Almería, o cómo escribir un desierto

Un viaje al Cabo de Gata, el desierto creado y agravado por el hombre

[~ 5 minutos]

Al son de: Mike Oldfield, Pacha Mama

{This article first appeared on The Planthunter #33 and may be read in English here ||| Este artículo apareció publicado en inglés por primera vez en el núm. #33 DESERT de la revista The Planthunter, y puede leerse aquí}

Las chumberas se están muriendo ante mis ojos.

La plaga se detectó por primera vez hace diez años, no muy lejos del jardín botánico que estoy visitando. No se ha encontrado cura de momento, nos dice nuestro conductor de bus mientras paseamos por los senderos serpenteantes del jardín: una vez que tu Opuntia enferma, no hay más remedio que cortarla y quemarla.

Detecto un trasfondo de frustración impotente en su voz, la sensación de que le ha tocado una mala mano de cartas — Yo estaba aquí, dedicándome tranquilamente a mis cosas, y de repente ¡va y me aparece esto!

Las chumberas en el jardín están cubiertas de lo que parece ser una pelusilla blanca. Cojo entre índice y pulgar un pellizco de esa curiosa sustancia, y apreto; me tiñe las yemas de rojo sangre, como ya sabía yo que pasaría. Seguir leyendo

Cómo escribir nombres científicos correctamente

5 reglas fáciles para no expert*s

[~ 5 minutos de lectura]

Al son de: Goo Goo Dolls, Lucky One

 

Sí, lo sé: nadie te lo explicó en su momento.

Imagínate que a mí me lo contaron ¡en primero de carrera de biología!

Como si sólo quienes se dedicarán profesionalmente (se supone) al estudio de la naturaleza tuviesen que saber cómo se escriben los nombres de los organismos vivos. Como si no fuese parte de la cultura general que es deseable llevar en el bolsillo.

Pero yo creo que sí es fundamental saber cómo escribir bien los nombres científicos de cualquier ser vivo. Aunque vengas de humanidades. Sobre todo si vienes de humanidades (pocas cosas hay que resten más credibilidad ante alguien “de ciencias”, que chapucear sin querer en la nomenclatura científica).

Y es que, encima, es ridículamente fácil hacerlo bien una vez que te lo han explicado.

Tres reglas de oro + dos de plata. Aunque todos mis ejemplos serán de plantas, las tres primeras reglas son aplicables a todo el mundo (las otras dos ya son un pelín más específicas al reino vegetal).

Saca papel y lápiz, y toma nota. (O añade este artículo a marcadores; o descárgate el PDF al final, para referencias futuras)
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Ritos vegetófilos contra el mal de ojo

Plantas empleadas contra el mal de ojo en Cerdeña, Italia

[~ 7 minutos de lectura]

Al son de: Elena Ledda, Pesa

{This article first appeared on The Planthunter#35 and may be read in English here | Este artículo se publicó en inglés en el núm.#35 WOMAN de la revista The Planthunter, y puede leerse aquí.}

Nueve granos de trigo; un poco de sal; agua.

No son el tipo de ingredientes que uno se esperaría encontrar en una fórmula mágica, ¿no?

Y cierto es que estos humildes elementos no tienen poderes en sí mismos. Poco harán por ti sin haber sido previamente animados mediante oraciones rituales, pronunciadas por la mujer adecuada.

Rituales. Siete años después de mi llegada a la isla, tengo dudas sobre si llamarlos magia, ni siquiera superstición; para quienes creen en ello, es cuestión nada más que de fe —el factor más importante al determinar si te curarás (o no). Y yo, curiosa estudiante de la naturaleza humana que busca entender más que juzgar, callo, escucho, y observo.

En esta tierra, ideas que rozan lo mágico alean* a flor de piel, y creencias tan viejas como el suelo mismo se aferran al modo en que la gente interpreta el mundo. Para ciertas cosas, no se traza una división neta entre natural y sobrenatural; como si de un campo de jaras se tratase, nadie duda de que el perfume invisible que impregna el aire sea menos real que los arbustos requemados por el sol que lo desprende.

*alear, significando “mover las alas”. Preciosa e infrautilizada palabra, en mi opinión.

En esta isla se teme que una mirada pueda matarte —o, como mínimo, hacerte enfermar seriamente— si te pilla sin un saquito de milenrama e hipérico al cuello, o si se deja sin diagnosis ni tratamiento por parte de la ‘curandera’ del pueblo, que entiende de medicina contra aojamientos: sa mexina de s’ogu.

Algunos elementos vegetales empleados en distintas variantes de sa mexina de s'ogu
Otras versiones del ritual emplean aceite, sal y agua. El diagnóstico dependerá de cómo se disponga el aceite sobre el agua. En el caso del trigo, el elemento a tener en cuenta es la cantidad (y, a veces, disposición) de burbujas de aire que se quedan ‘pegadas’ al grano cuando se hunde.

Pero lo que me parece más fascinante de estos rituales es lo comunes que son para muchos isleños. Seguir leyendo

De raíces, árboles & familias

[~ 7 minutos de lectura]

Al son de: Ana Alcaide & Gotrasawala Ensemble, Aguaribay

{{This article first appeared on The Planthunter #32 and may be read in English here ||| Este artículo apareció publicado en inglés por primera vez en el núm. #32 COMMUNITY de la revista The Planthunter, y puede leerse aquí}}

Tras la muerte de mi abuelo, mi padre (y mi tía) heredaron la mayoría de sus posesiones mundanas: un armario de trajes y zapatos, una pequeña casa en el pueblo, y media docena de higueras.

Mi abuelo nunca cultivó la tierra heredada de sus antepasados; en una familia de raíces campesinas, fue el primero que pudo alzarse por encima de los afanes de la vida agrícola y licenciarse en Derecho. Animó a sus propios hijos a perseguir carreras intelectuales, así que mi padre tampoco se dedicó al campo… lo cual significa que la tierra de la familia ha sido dejada a su aire durante las últimas décadas.

Sin embargo, los árboles no parecen haber notado demasiado este “descuido”; ellos se dedican a sus cosas —sacar hoja, flor, y fruto— sin requerir ni una pizca de ayuda humana. Como si de postes vivientes se tratara, los encontraba siempre igual cada vez que mi madre me arrastraba con ella para ayudarla a recoger los frutos de las ramas bajas.

Fig branch (Ficus carica)

Nunca fui una fan de coger higos. Tanta zarza, tanto insecto —y total, tampoco me gustaban mucho esos frutos pringosos de látex blanco. Sin embargo, cada verano nos armábamos de cubos azules e íbamos a visitar los árboles de la familia —antaño de mi abuelo, hoy de mi padre, y se supone que con el tiempo, serán míos.

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[Hojeando libros] Gossip from the Forest

(Maitland. Granta 2012)

Al son de: Ana Alcaide, Tlali

La bajada era siempre la hora del cuento.

A la montaña subíamos más o menos callados según lo empinado de la cuesta, cada uno a su ritmo; el descenso, en cambio, estaba hecho de rodillas chirriando a coro, rondalles*, y bosque.

*Pues así llamamos a los cuentos populares en Mallorca, donde crecí.

Pero no uno cualquiera, no. El bosque era siempre encinar —porque no había otra cosa donde crecí. (Y la rondalla, esa la sabe mi padre, que me la tenía que repetir ad nauseam, pobre…)

Conozco el nombre de muchos árboles, a cuyos rebaños espontáneos llamo bosque. Sin embargo, cada árbol declina esta palabra a su manera, y lo convierte en encinar, o robledal, alameda, quejigal, pinar, pinsapar, hayedo.  Y tantos otros para los que no existen siquiera palabras en castellano.

no puedes aprenderte el bosque a partir de un libro —los bosques requieren otro tipo de aprendizaje, otra forma de conocer; requieren una implicación creativa con lo concreto

Pero conocer la palabra no significa nada.

Conozco la luz en el hayedo, y la sombra en el encinar. Conozco el aura siniestra del pinar cerca del torrente; el arrullo fresco del bosque de ribera. Esos son mis modelos de bosque, porque los he respirado con pies y pulmones, he tocado el pulso de las estaciones abrazando su madera.

Nunca me he dedicado a desentrañar los secretos del bosque. Tal vez porque siento que ya hay mucha gente que está en ello, y no me atraen los lugares concurridos; o quizás porque me parece que no se presta a disecciones (o, al menos, no a las mías). Los bosques de la memoria y la experiencia me llaman a la poesía, al arte, a la emoción. Al silencio.

Hasta ahora, no había buscado perderme en el bosque como escritora de divulgación, ni había tenido motivos para adentrarme en la espesura.

Entonces llegaron los cuentos de hadas, y todo fue bajada—y, claro, ya se sabe: la bajada es siempre rondalla y bosque.

Ha sido (como suele ser común en mí) culpa de un libro. Se cruzó en mi camino gracias a la magia algorítmica de amazon, y menos mal que leí el subtítulo (“Las raíces [enredadas] de nuestros bosques y cuentos de hadas”), porque el título no es muy claro que digamos: Gossip from the Forest, algo así como “Cotilleos del bosque” (ver nota más abajo…). Aun sin saber muy bien en qué me estaba metiendo, por suerte decidí arriesgarme a comprar una copia  de segunda mano.

Unos días después de haberlo terminado, sigo sin lograr expresar con parquedad de qué va el libro, pero sí que merece ser leído y disfrutado como un descenso de la montaña, como un paseo por el bosque. Como un cuento.

Intentaré hacerle justicia.

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Las cuevas de cuento se abren con sésamo

[~ 6 minutos de lectura]

Al son de: Blackmore’s Night, Galliard

Érase una vez un mono parlanchín que entendía el mundo a través de historias.

Dicen que su carrera de cuenta-(y escucha-)cuentos compulsivo pudo empezar al calor de aquellas primeras hogueras, durante las horas que yacen entre la cena y el sueño. Sin embargo, hace ya tanto que sucedió (miles, tal vez millones de años!), que posiblemente no sepamos nunca cómo fue.

Sea como fuere, pocos discuten ya que nuestra especie lleva en la sangre el contar historias; de hecho, el storytelling (porque, claro, necesitábamos una palabra inglesa para darle el toque de clase…) se está poniendo de moda, y encontrarás a mucho coach que trabaja en narrativa más o menos esotérica/pragmática, prometiendo cosas que abarcan desde mejorar tu vida y tus relaciones, hasta conseguir vender zapatos mejor. Seguir leyendo