De raíces, árboles & familias

[~ 7 minutos de lectura]

Al son de: Ana Alcaide & Gotrasawala Ensemble, Aguaribay

{{This article first appeared on The Planthunter #32 and may be read in English here ||| Este artículo apareció publicado en inglés por primera vez en el núm. #32 COMMUNITY de la revista The Planthunter, y puede leerse aquí}}

Tras la muerte de mi abuelo, mi padre (y mi tía) heredaron la mayoría de sus posesiones mundanas: un armario de trajes y zapatos, una pequeña casa en el pueblo, y media docena de higueras.

Mi abuelo nunca cultivó la tierra heredada de sus antepasados; en una familia de raíces campesinas, fue el primero que pudo alzarse por encima de los afanes de la vida agrícola y licenciarse en Derecho. Animó a sus propios hijos a perseguir carreras intelectuales, así que mi padre tampoco se dedicó al campo… lo cual significa que la tierra de la familia ha sido dejada a su aire durante las últimas décadas.

Sin embargo, los árboles no parecen haber notado demasiado este “descuido”; ellos se dedican a sus cosas —sacar hoja, flor, y fruto— sin requerir ni una pizca de ayuda humana. Como si de postes vivientes se tratara, los encontraba siempre igual cada vez que mi madre me arrastraba con ella para ayudarla a recoger los frutos de las ramas bajas.

Fig branch (Ficus carica)

Nunca fui una fan de coger higos. Tanta zarza, tanto insecto —y total, tampoco me gustaban mucho esos frutos pringosos de látex blanco. Sin embargo, cada verano nos armábamos de cubos azules e íbamos a visitar los árboles de la familia —antaño de mi abuelo, hoy de mi padre, y se supone que con el tiempo, serán míos.

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[Hojeando libros] Gossip from the Forest

(Maitland. Granta 2012)

Al son de: Ana Alcaide, Tlali

La bajada era siempre la hora del cuento.

A la montaña subíamos más o menos callados según lo empinado de la cuesta, cada uno a su ritmo; el descenso, en cambio, estaba hecho de rodillas chirriando a coro, rondalles*, y bosque.

*Pues así llamamos a los cuentos populares en Mallorca, donde crecí.

Pero no uno cualquiera, no. El bosque era siempre encinar —porque no había otra cosa donde crecí. (Y la rondalla, esa la sabe mi padre, que me la tenía que repetir ad nauseam, pobre…)

Conozco el nombre de muchos árboles, a cuyos rebaños espontáneos llamo bosque. Sin embargo, cada árbol declina esta palabra a su manera, y lo convierte en encinar, o robledal, alameda, quejigal, pinar, pinsapar, hayedo.  Y tantos otros para los que no existen siquiera palabras en castellano.

no puedes aprenderte el bosque a partir de un libro —los bosques requieren otro tipo de aprendizaje, otra forma de conocer; requieren una implicación creativa con lo concreto

Pero conocer la palabra no significa nada.

Conozco la luz en el hayedo, y la sombra en el encinar. Conozco el aura siniestra del pinar cerca del torrente; el arrullo fresco del bosque de ribera. Esos son mis modelos de bosque, porque los he respirado con pies y pulmones, he tocado el pulso de las estaciones abrazando su madera.

Nunca me he dedicado a desentrañar los secretos del bosque. Tal vez porque siento que ya hay mucha gente que está en ello, y no me atraen los lugares concurridos; o quizás porque me parece que no se presta a disecciones (o, al menos, no a las mías). Los bosques de la memoria y la experiencia me llaman a la poesía, al arte, a la emoción. Al silencio.

Hasta ahora, no había buscado perderme en el bosque como escritora de divulgación, ni había tenido motivos para adentrarme en la espesura.

Entonces llegaron los cuentos de hadas, y todo fue bajada—y, claro, ya se sabe: la bajada es siempre rondalla y bosque.

Ha sido (como suele ser común en mí) culpa de un libro. Se cruzó en mi camino gracias a la magia algorítmica de amazon, y menos mal que leí el subtítulo (“Las raíces [enredadas] de nuestros bosques y cuentos de hadas”), porque el título no es muy claro que digamos: Gossip from the Forest, algo así como “Cotilleos del bosque” (ver nota más abajo…). Aun sin saber muy bien en qué me estaba metiendo, por suerte decidí arriesgarme a comprar una copia  de segunda mano.

Unos días después de haberlo terminado, sigo sin lograr expresar con parquedad de qué va el libro, pero sí que merece ser leído y disfrutado como un descenso de la montaña, como un paseo por el bosque. Como un cuento.

Intentaré hacerle justicia.

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Las cuevas de cuento se abren con sésamo

[~ 6 minutos de lectura]

Al son de: Blackmore’s Night, Galliard

Érase una vez un mono parlanchín que entendía el mundo a través de historias.

Dicen que su carrera de cuenta-(y escucha-)cuentos compulsivo pudo empezar al calor de aquellas primeras hogueras, durante las horas que yacen entre la cena y el sueño. Sin embargo, hace ya tanto que sucedió (miles, tal vez millones de años!), que posiblemente no sepamos nunca cómo fue.

Sea como fuere, pocos discuten ya que nuestra especie lleva en la sangre el contar historias; de hecho, el storytelling (porque, claro, necesitábamos una palabra inglesa para darle el toque de clase…) se está poniendo de moda, y encontrarás a mucho coach que trabaja en narrativa más o menos esotérica/pragmática, prometiendo cosas que abarcan desde mejorar tu vida y tus relaciones, hasta conseguir vender zapatos mejor. Seguir leyendo

[Hojeando libros] Els Arbres Mediterranis

(Gordi Serrat. Documenta Universitaria 2011)

Al son de: Jo Blankenburg, Planet Earth Forever

Yo crecí en una familia en la que se comía verdura todos los días, y en la que los libros no se consideraban regalos. No eran placeres superfluos, como pudiese ser un juguete o una ración de patatas fritas, sino algo así como el análogo intelectual de las alubias verdes o la ensalada: una base imprescindible para construir un pensamiento sano, abierto y curioso.

Siempre era un buen momento para comprar un libro; nunca había límites a la cantidad de tomos que me dejaban sacar de la biblioteca municipal, por muy raros* que fuesen.

*Sí, los ha habido raritos. Aún recuerdo las semanas en que leí un libro de antropología sobre la sangre. Las bibliotecarias, que ya me conocían, ni se inmutaron; pero me miraban más raaaro en el autobús…

Quizás por esa historia de amor empezada tan precozmente, hay poco que me ilusione más que recibir un libro. Y si trata de valores culturales alrededor de los vegetales, ya ni os cuento… Por eso recibí con gran placer el tomo de Josep Gordi i Serrat, profesor de geografía en la Universidad de Gerona, Els arbres mediterranis: un recorregut pels seus valors culturals i espirituals (“Los árboles mediterráneos: un recorrido por sus valores culturales y espirituales”).

Y tengo pendiente hablaros de él desde hace un año (por eso, que nadie se extrañe si tardo un pelín en contestar emails… ahem. Prometo que será menos de un año).

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El cactus africano, la piruleta y el bosquimano: las locas aventuras de Hoodia

[~ 13 minutos de lectura]

Al son de: P!nk, Just like Fire

Imagina que te tropiezas con la lámpara de Aladino.

Frotas, puff, humo, genio, y llega lo bueno: tus tres deseos. ¿Quién diría que no a una oportunidad así?

Y es que los genios no conocen el paro, porque desear es un verbo eterno. Sin embargo, a veces nuestros deseos se concretan de forma sorprendente, y en el último siglo se ha producido una inversión de valores respecto a lo que consideramos deseable, y lo que no. Pues, ¿cuántas mujeres de hoy gastarían un deseo en adelgazar? Una petición que seguramente sonaría absurda para cualquier genio con milenios de experiencia, más acostumbrado a conceder comida y hermosas redondeces (antaño sinónimo de belleza).

Al igual que ha sucedido con la tonalidad de la piel blanco/moreno, hemos pasado de desear gorduras, a suspirar por flacuras; y, cómo no, los vegetales están a la orden del día para saciar nuestros anhelos, escondidos incluso en los lugares más improbables que podamos imaginar, por ejemplo… un chupachup.

… un momento. ¿Chupachups para adelgazar?

Pues sí. Bueno, en español hemos adaptado la traducción un poco: de lollipop diet pasamos a la dieta de la piruleta, con rima consonante y todo. Pegadiza… aunque, por otra parte: ¿cómo tomarse en serio una dieta que suena a estribillo?

Y sin embargo se la ha tomado en serio, y mucho, por parte de muchas famos(ill)as en la altas esferas —o, al menos, las suficientes como para que hablasen de ella en la radio tiempo ha, que así fue como me enteré de su existencia.

¿El detalle que activó el radar vegetófilo? La composición de las piruletas dietéticas (que no vale una cualquiera: tiene que ser un Power pop, que así se llaman los chupachups en cuestión): Seguir leyendo

Galileo y el horóscopo de los limones

[~ 4 minutos de lectura]

Al son de: Anónimo,  L’amor dona ch’io te porto

{Artículo aparecido por primera vez en la Revista ENKI, edición Primavera2016}

El día de su vigésimo cumpleaños, María viajó en el tiempo por primera vez.

No era precisamente lo que se dice un buen momento: a pocos días de un examen de botánica, y con una montaña de apuntes pendientes de repasar, el último lugar donde hubiese querido estar era la Italia del 1600.

Y sin embargo, allí estaba: en Padua, ciudad de la república de Venecia… y, para colmo, en día de mercado.

Entre el bullicio, los gritos de una verdulera le llamaron la atención.

“¡Messer Galilei! Mirad qué puerros tan hermosos, y qué lechugas… ¿no querréis un manojo?”

Un hombre con casaca negra y aire algo absorto se acercó al puesto de la mujer. María se le arrimó con disimulo, mientras pensaba, Galilei… ¿no será Galileo Galilei?

“Ah, madonna Zuana, sí, unos puerros bellissimi. Me llevaré dos manojos, y uno de esos sacos de garbanzos. Y tenéis también limones, por lo que veo…” Seguir leyendo

Un año de ser ‘escritora de verdad’: 5 lecciones/reflexiones

[+ 20 minutos de lectura]

Al son de: Brooke Fraser, Magical Machine

{Estas reflexiones personales no se refieren al proceso de escritura de La Invención del Reino Vegetal, sino a lo que ha venido luego. A lo que pasó después del “y vivió feliz porque le publicaron un libro”. Los motivos por los que escribí lo que escribí —y sigo en ello— pueden leerse aquí}

Hace un año, más o menos por estas fechas salía a la venta mi primer libro. Acurrucados entre sus páginas, viajaban como polizones invisibles un montón de sueños, esperanzas, e ideas sobre cómo cambiaría mi mundo tras una proeza de tal magnitud.

No es fácil publicar un libro, me decían todos. Más difícil aún, que sea una editorial de la altura de Ariel; y, ¿que te apadrine alguien como Jose Antonio Marina? Como dicen en la tierra de mi niñez, eso es cosa de “soñar tortillas”.

Interiormente, oscilaba (y sigo oscilando) entre dos pensamientos:

1) Soy la lessshe, ¡he publicado un libro (y con la bendición y protección de Jose Antonio Marina)!

Y, luego, el más pragmático y pincha-uvas:

2) Bien, vale, guay. ¿Y qué? Tampoco es para taanto, y lo tuyo tampoco es que le interese a mucha gente…

Y así seguimos. He vivido los últimos doce meses en una especie de perpetuo estado de sorpresa: sorpresa perpleja y con una puntilla de satisfacción cuando alguien se muestra impresionado con el libro, y lo considera algo importante. Y, sorpresa picada e incluso ligeramente resentida, cuando no parece tener valor alguno para mi interlocutor(a) en una conversación, propuesta, etc.

No tengo bien calibrada la balanza interior que mide cuánto valor tienen las cosas.

¿Cuán importante es, que haya sido Ariel quien haya publicado La Invención del Reino Vegetal, o que alguien de la talla humana e intelectual de Jose Antonio lo considere una obra lo suficientemente buena como para querer “producirla”, usando su terminología? Seguir leyendo