Capítulo #12 del podcast La Senda de las Plantas Perdidas

[~ 11 minutos de lectura]

[Emitido el 28.11.19] | Abrir el podcast en una ventana nueva [iVoox] o Descargar

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Ciñen las aguas en su abrazo de hoja y tallo subterráneo; chapotean en el lodo, lanzando al aire mareas de oro y algodón.

Logo capítuloLas eneas (espadañas, tules) enriquecen la orilla que tocan, creando ecosistemas anfibios que rebosan actividad. Pero esta riqueza no afecta sólo al medio natural, sino también a la imaginación humana que se relaciona con ellas.

Sus fibras se han convertido en esteras, espuertas, techumbres, sillas —y prácticamente todo lo que no podíamos convertir en fibra, resultó ser alimento, desde los rizomas que crecen en el fango hasta el polen que rezuman sus inflorescencias.

Las chicas del género Typha nos han prestado apoyo material, pero también nos han regalado mitos de origen, inspiración y sustancia ritual, protección y bendición…

Todo esto y más te cuento en el capítulo de hoy (y aprovecho para disculparme por mi pronunciación de cualquier palabra en náhuatl u otros idiomas distintos al castellano, pueees probablemente sea incorrecta).

La historia de la gran ciudad se pierde en los estratos más profundos de la memoria; eran tiempos de paz, justicia y abundancia. Sus habitantes eran sabios, sus obras todas buenas, perfectas, maravillosas —y al frente de todos ellos, el gran gobernador y sacerdote, Topiltzin Quetzalcóatl, la Serpiente Emplumada, origen de toda la sabiduría y todo el arte. Su templo se erguía en la antigua y magnífica ciudad de Tollan, que significa: lugar de tules, o espadañas.

Muy buenas, y muchas gracias por acompañarme en La Senda de las Plantas Perdidas, un podcast etnobotánico donde dar voz a nuestras historias de amor (y desamor) con un reino tan fascinante como esencial: el reino vegetal.

Soy Aina S. Erice, bióloga y escritora, y si en el anterior capítulo te hablaba de un árbol que delimita umbrales con estilo rotundo y categórico, para conocer a las protagonistas de hoy nos calzaremos las botas de goma para explorar una frontera borrosa—o más bien fangosa: me refiero a esa franja malamente definida que orla las orillas de lagos y pantanos, o que bordea los flancos de meandros fluviales, de ríos en sus tramos más perezosos, de ensenadas y deltas salobres donde el agua fluye ora dulce, ora salada según respiren las aguas.

Una forma poética de hablar de ciénagas, vamos.

En estas tierras húmedas, frecuentemente inundadas (de agua, y de mosquitos), viven nuestras estrellas del día: las eneas o espadañas.

Las eneas pueden presumir de ubicuidad casi-absoluta: el género que agrupa a las cuarenta especies de espadañas, llamado Typha, vive en aguas dulces o salobres de tooodos los continentes; son facilísimas de reconocer cuando están en flor, porque sus inflorescencias tienen una forma muy característica: son esos puros o cigarros que se yerguen entre las largas hojas verdes (y ya te figurarás que estas hojas tienen una forma que puede recordar vagamente al filo de una espada: espada… espadaña… pues eso).

De las cuarenta eneas que existen en el mundo, hay una cuantas que destacan por su estrecha relación con las culturas que han convivido con ellas, como Typha domingensis, T. angustifolia o T. latifolia; la más “resistente” de las tres, la menos tiquismiquis a la hora de escoger lugar donde vivir, es la primera, T. domingensis, y en consecuencia sus dominios son los más extensos, viviendo en las regiones tropicales y templadas (pero no muy frías), de todo el planeta.

Eneas en el Real Jardín Botánico de Madrid
Eneas fotografiadas en julio, en el Real Jardín Botánico de Madrid. La ilustración sale del Libro de las Plantas Olvidadas, y es autoría de Montse Moreta ;D

Hace 30.000 años, la última gran edad del hielo estaba en su apogeo, y las sociedades humanas que vivían en aquella Europa glacial, donde hacía un frío pelón, se han imaginado como esencialmente cazadoras. Eran tiempos de renos, de mamuts, de rotundas figurillas femeninas que hoy conocemos como Venus paleolíticas, y… ¿de espadañas?

No en todas partes, por supuesto, pero el análisis de restos arqueológicos hallados en Italia, unos metates prehistóricos, por así decirlo, revela que se emplearon para moler plantas ricas en almidón, entre ellas rizomas de enea. Estos tallos subterráneos con pinta de raíz son ricos en carbohidratos, y son perfectamente comestibles, un empleo que ha caído en el olvido en buena parte de Europa (salvo excepciones), pero que otras culturas han tenido muy presente desde hace milenios.

Los aborígenes australianos, por ejemplo, empleaban los rizomas de las especies nativas de Typha, conocidas bajo el nombre de cumbungi, como alimento tras cocerlos al vapor en un horno de tierra; y los maorí de Nueva Zelanda también lo aprovechaban, una vez pelado el exterior, tanto cocido como crudo, aunque las descripciones de su sabor crudo no son muy apetecibles (tampoco horrorosas, que conste: insípido, aguado… suena refrescante en verano).

Pero no creas que comer eneas es cosa de sociedades poco urbanizadas: en China, los rizomas secos se muelen hasta obtener una harina que se emplea para preparar bollos al vapor, o budines, o bien mezclarse directamente con otras harinas.

De hecho, a nivel nutricional y por lo que he visto, su composición no es muy distinta a la de un cereal como el trigo!

No sabemos si hace 30 000 años sólo aprovechábamos los rizomas, o si habíamos aprendido que también los brotes, las inflorescencias, el polen e incluso las semillas pueden comerse.

Sí es posible que nos diésemos cuenta de que sus hojas no estarán muy ricas… pero son un material fibroso excelente para trenzar canastos, esteras, cordel —¡y para preparar el asiento de las sillas!

Haciendo asientos de sillas!

Estos usos están ampliamente extendidos a lo largo y ancho del globo: en muchas partes de África, por ejemplo, las espadañas son materia prima para elaborar techumbres, cercados, biombos, sombreros o incluso pequeñas embarcaciones.

Con todo, es difícil (por no decir imposible) saber desde cuándo las eneas enriquecen las fibras de nuestras vidas —y muertes! De hecho, se han recuperado esteras, así como fibras de enea hilada, en tumbas de varios milenios de antigüedad en las regiones más áridas de China. Y, aunque no tengan nada que ver a nivel cultural, es curioso que en determinados lugares, como Izmir (en la costa turca del mar Egeo), las eneas sean el material con que se tejen las esteras-sudario para envolver y enterrar a los muertos.

Las aguas, ya lo sabes, tienen una carga ambivalente en la imaginación humana, y los pantanos y humedales donde crecen bodones* son lugares peculiares, con un halo de sacralidad, de vida a la vez que de muerte. Liminales.

*Es decir, lugares henchidos de eneas, que en latín se conocían como budas.

A lo largo de la historia hemos realizado sacrificios a las aguas (no sé si te suenan las momias de los pantanos, como el hombre de Tollund o el de Lindow, pero una de las posibilidades que se plantean es que fuesen víctimas de sacrificios humanos a los dioses…), y algunas de las culturas más íntimamente asociadas con esta encantadora costumbre a lo largo de la historia fueron mesoamericanas, como los aztecas.

Orilla de río con eneas
Ahí las ves, en su entorno natural (y en buena compañía! A la derecha asoma un aliso, y en la otra orilla despuntan sauces blancos…). Como no es un elemento mayoritario, yo a esto no lo llamaría bodón (si acaso microbodón… muy micro…). Pero pa’ que te hagas una idea.

¡Pues bien! Si nos vamos a Mesoamérica, las espadañas (conocidas como tules, junto con otra vegetación de humedal) forman parte de la geografía sagrada de aztecas, mayas, toltecas, y quizás otros pueblos anteriores. Como has escuchado al principio del capítulo, la ciudad arquetípica en el mito mesoamericano, esa urbe paradisíaca donde reina la paz y la armonía entre los dioses y la humanidad (hasta que viene alguien y lo fastidia todo, claro) es un —o al menos lleva el nombre de— bodón, un lugar de espadañas: Tollan.

Es curioso que, en el Popol Vuh, ese libro sagrado de la tradición oral maya k’iché, aparezcan las espadañas en el mito de creación de la humanidad —o, mejor dicho, de las humanidades, pues hay varios fracasos antes de lograrlo por fin, no al tercero sino al cuarto intento.

En la tercera creación, los dioses crean el cuerpo del hombre a partir de frijoles (tzité), y el de la mujer a partir de espadañas.

Pero a los dioses no les sale bien —al parecer, esos humanos son un poco desagradecidos y no se acuerdan de sus divinos progenitores, y entonces les viene encima una lluvia de resina (y un montón de seres bastante violentos, que les vacían los ojos y les cortan la cabeza y cosas así… con el previsible resultado de que se mueren, pero bueno, aunque breve, ahí está el cameo de las eneas…).

La cuarta creación de la humanidad según este texto, por cierto, es a partir de maíz, una planta que, fijándonos sobre todo en las tradiciones americanas, tiene algo en común con las eneas: algo minúsculo, que viaja a lomos del viento, de color amarillo dorado, y que hoy sabemos sirve a las plantas para reproducirse: el polen.

“En su estado crudo, se parece a nuestra mostaza molida; con él se preparaba una especie de masa ligera y amarilla, y se horneaba. Resultaba dulce al paladar, no muy distinto al pan de jengibre londinense.”

Estas son las palabras de un naturalista oriundo de las islas británicas, William Colenso, sobre las costumbres de los maorís de Nueva Zelanda en el s. XIX. Los maoríes conocían las eneas como raupô, y con su polen preparaban una especie de pan horneado, conocido como pungapunga.

Eneas con polen
¿Observas esa masa temblorosa y dorada encima de los puros? Ea. Ahí tienes montañas de polen esperando a que el viento las saque a bailar…

Al igual que otras muchas plantas, como los cipreses del otro día, las eneas son anemófilas (es decir, que se polinizan gracias al viento); en consecuencia, producen enooormes cantidades de polen, que cualquier persona armada con un cubo o una bolsa puede recoger, agitando las inflorescencias con suavidad.

Tenemos noticias de gente comiendo polen de espadaña en lugares tan alejados entre sí como Nueva Zelanda, Medio Oriente (en las regiones pantanosas de los ríos Tigris y Éufrates) o China; sin embargo, quizás sea en el continente americano donde mayor importancia han concedido al polen, no solo como alimento, como medicina o como pintura corporal, sino como elemento ritual y sagrado.

En las tradiciones amerindias, las grandes productoras de polen son sobre todo dos: el maíz, una planta de tremeeenda relevancia cultural en todo el continente, y las eneas. El polen de maíz es muy importante para pueblos como los Navajo, que tienen conceptos tan fascinantes como “el camino del polen”, pero hay quien propone que antiguamente este polvo sagrado no provenía del maíz sino de las eneas, polen que sigue siendo protagonista en varias ceremonias navajo.

Y se cuenta que los Apache creían que la Vía Láctea había tenido origen al esparcir un puñado de polen de enea por el rostro de los cielos; y uno de los elementos más importantes guardados en las medicine bundles, las bolsas medicinales sagradas de estos nativos, era polen de enea, con el que se llevaban a cabo ceremonias y bendiciones.

Semillas de eneaSi exceptuamos los jardines con estanque donde hemos querido colocarlas para embellecer el lugar, no puede decirse que hayamos cultivado a las chicas del género Typha; sin embargo, sí hemos controlado y gestionado activamente los bodones en varias partes del mundo, y el elemento principal para lograrlo ha sido el fuego.

Las eneas arden tan bien, de hecho, que alguna vez las hemos empleado como antorchas, una vez embebidas en grasa; y esas fibras de aspecto algodonoso con que la planta equipa sus semillas han funcionado, entre otras cosas, como yesca para encender fuegos rápidamente —y, dada su suavidad y ligereza, también para rellenar cojines o colchones, para añadir capas extra de aislamiento térmico en calcetines o guantes, o como material para pañales. Durante la Primera guerra mundial se empleaba como relleno de salvavidas, y hoy en día le estamos buscando (y encontrando) aplicaciones como absorbente de sustancias contaminantes en el agua.

Lejos de ser plantas pasadas de moda, las eneas aún tienen mucho que enseñarnos, tanto del pasado como del futuro.

No se terminan aquí los mil usos que hemos dado a las espadañas, pero lo que sí se termina es la senda de hoy, otra vuelta al mundo vegetófila con unas plantas a las que a veces, me parece a mí, no prestamos la atención que se merecen, y que tienen una infinidad de historias interesantes que contar.

Como puedes imaginar, las eneas figuran en El libro de las plantas olvidadas, que está teniendo una acogida bárbara (algo que me sorprende y me alegra un montón). Aun juntando lo que incluí en el libro y lo que he compartido hoy contigo, sigo con eneas en el tintero, y si echas un vistazo a mis redes sociales estos días quizás alguna asome por Facebook o por Instagram, donde me encuentras como @ainaserice.

Te recuerdo también que voy colgando las transcripciones de los capítulos del podcast en el blog Imaginando Vegetales, y que puedes acceder a ellas directamente en la dirección podcast.imaginandovegetales.com.

Bordeando el pantano y remontando el curso del arroyo que en él muere, nos adentramos en un pequeño bosque de ribera. En las cercanías se yerguen los pequeños arbolillos con corazón de arbusto que protagonizarán nuestra siguiente parada. Amantes de suelos húmedos, puedes comerte sus flores y frutos, y si aún necesitas pistas para desentrañar su identidad, puedo darte dos más:

Una… aojamientos.

Y la última… varita.

Si se te ocurre de quién estoy hablando y quieres compartirlo… blah blah blah

Y dicho esto, no me queda más que dar las gracias a las eneas por su versatilidad infinita, agradecerte a ti la compañía, desearte un feliz día…

¡y que la clorofila te acompañe!

Logo del podcast La senda de las plantas perdidas

{Agradecimientos especiales a: Cristina Llabrés y Evaristo Pons por la música, y a Mabel Moreno por el diseño del logo <3}

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