Capítulo #13 del podcast La Senda de las Plantas Perdidas

[~ 15 minutos de lectura]

[Emitido el 12.12.19] | Abrir el podcast en una ventana nueva [iVoox] o Descargar

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En las orlas del bosque, donde alcanzan las caricias del sol y los suelos son frescos y profundos, viven los saúcos.

Demasiado desgarbado en su exuberancia de hoja y rama para describirlo como elegante, sus ansias arbustivas y modesta estatura hacen que a veces ni siquiera pueda llamarse “árbol”. Sin embargo, que no te engañe su porte humilde: algunos de los pueblos que han convivido con Sambucus nigra le han otorgado una gran importancia, y de eso quiero hablarte hoy en el podcast.

De su papel en el botiquín casero tradicional, capaz de mantener a raya enfermedades naturales (y sobrenaturales, según a quién le preguntes); de sus sabrosos empleos en la cocina y la despensa; de los misteriosos espíritus que se dice moran entre sus frágiles ramas.

Y, por supuesto, del saúco en la varitología harrypotteriana y las Reliquias de la muerte (no he podido resistirme…).

¿Te apuntas a conocer (algunos de) los secretos del saúco?

El niño se giró hacia la tetera, y vio cómo la tapa, ella solita, lentamente se levantaba, y de la tetera asomaron racimos blancos de flores de saúco frescas, y largas ramas surgieron en todas direcciones, haciéndose más y más grandes y extendiéndose hasta formar un gran arbusto, no, un verdadero árbol. Las ramas del saúco tocaban su cama, llegando a apartar las cortinas, y —ah, la fragancia de sus flores… Y justo en medio del árbol nacido de una tetera, había sentada una mujer…

Muy buenas, y muchas gracias por acompañarme en La Senda de las Plantas Perdidas, un podcast etnobotánico donde dar voz a nuestras historias de amor (y desamor) con un reino tan fascinante como esencial: el reino vegetal.

Soy Aina S. Erice, bióloga y escritora, y hoy quiero llevarte a uno de mis bosques preferidos.

Puedes cerrar los ojos e imaginar el murmullo del agua, pues hay un arroyo que discurre entre los árboles; la mayoría de éstos son perennifolios, encinas que permanecen todo el año vestidas de verde, pero junto al riachuelo crecen alisos, majuelos, incluso algún que otro tejo… y, no muy lejos del manantial, despunta uno de mis árboles preferidos… aunque no siempre sea un árbol. De hecho, es un poco raruno, un vegetal que he descrito como árbol con corazón de arbusto, porque tiende a invertir energías en sacar multitud de ramas, más que un único tronco. El resultado suele ser un desorden lleno de vigor que a mí, personalmente, me parece encantador —¿quizás será porque yo también tiendo a desparramarme?

Este arbolillo con corazón de arbusto, que tiene apetencias bastante compatibles con las de la vida humana (en su versión más limpia), no es otro que el saúco.

Frutos de Sambucus nigra
Frutos a medio madurar de saúco en el Jardí Botànic de Barcelona (era a principios de julio. Si vas a recogerlos, es importante esperar a que estén negros negros)

En castellano peninsular, esta palabra se refiere a la especie Sambucus nigra, pero hay otras dos decenas de Sambucus repartidos por todo el mundo, desde las Américas hasta Australia.

Los habitantes del género Sambucus suelen ser pequeños arbolillos o arbustos con hojas compuestas que a menudo desprenden un olor… poco agradable (esta es una de las señas de identidad, por ejemplo, de Sambucus ebulus, el hermano pequeño del saúco común, conocido como yezgo). Las flores de saúco se reúnen en inflorescencias de pinta delicada, como si fuesen manojos de encaje blanco cremoso y perfumado, y se convierten en frutos con aspecto de baya (negros en el caso de Sambucus nigra, te lo dice su nombre mismo… pero en otras especies adoptan tonos rojos, como en el caso del saúco rojo europeo, S. racemosa).

Yezgo (Sambucus ebulus)
Aquí presente, un ejemplar de yezgo. Parecido pero distinto.

Lo que siempre me ha resultado curioso de los saúcos es que tienen los frutos medio caídos, como si les hubiese dado un ataque de flojera y no fuesen capaces de mantenerse erguidos hacia arriba, como cuando eran flores. Cosas de la edad… Esto es algo que no le pasa al yezgo, y puede ser un carácter interesante para diferenciar a los dos hermanos —detalle que tiene importancia práctica, pues aunque ambos Sambucus tienen un cierto grado de toxicidad asociada, la del yezgo es mayor… y allá donde los frutos maduros del saúco son comestibles, y pueden servirte para preparar siropes, mermeladas, arropes, y demás, los frutos del yezgo… es mejor dejarlos tranquilitos.

Sin embargo, puede que no sean los frutos sino las flores, o sayuguinas, la parte más apreciada de Sambucus nigra

Con flores de saúco se preparan infusiones, bebidas, incluso se destilan o se maceran en alcohol, además de hornearse, freírse (este año tuve la suerte de poder probar buñuelos de saúco con la receta de una querida amiga gallega, y la incluí en El libro de las plantas olvidadas)

En recetarios europeos de la época moderna, las flores de saúco podían aparecer como saborizantes en ensaladas, salsas, vinagres (¡sí, vinagres florales!), e incluso como perfume para conservar y dar un mayor aroma a frutas como las manzanas: en la Inglaterra del s. XVII (hablamos de finales de siglo, cuando ya se había restaurado la monarquía tras un período complicado —guerra civil, la Commonwealth, Oliver Cromwell—) bien, en una receta de 1677 aconsejan recoger y secar sayuguinas en cantidad, y al llegar el tiempo de las manzanas, guardarlas cubiertas con flores de saúco. Así se conservaban, asegura el recetario, durante tres meses —¡con la ventaja del perfume añadido!

Tanto las flores como los frutos poseen propiedades medicinales perfectas, por cierto, para los tiempos fríos y húmedos que corren por aquí: se han empleado contra catarros, gripes, tos, y demás problemas del sistema respiratorio.

Sayuguinas (flores de Sambucus nigra)

Sin embargo, un apunte curioso es que los poderes anticatarrales de Sambucus pertenecen más a las tradiciones medicinales populares, que a las sesudas… y me explico: si te vas al herbario más antiguo y famoso que tenemos en Occidente, un texto escrito en el s. I de la era común por un médico griego conocido como Dioscórides, el saúco y el yezgo aparecen (bajos los términos akté y chamaiakté) pero no se les reconoce ningún efecto concreto sobre el sistema respiratorio. En los herbarios de siglos sucesivos, que beben de este filón “erudito”, el saúco “haze salir fuera las superfluidades aguadas del cuerpo”, ablanda la matriz, incluso ennegrece los cabellos… pero de la tos, ni pío.

Sin embargo te vas al Pirineo, donde se emplea muchísimo el saúco, ¿y cuál es su empleo más famoso? Contra catarros, tos, problemas respiratorios. ¿Y si los alejamos un poco, y miramos en Ucrania y Polonia? Contra la tos. Y no sólo eso: te vas a la otra punta del mundo, a visitar a los Mapuche de la Patagonia argentina noroeste, y entre las plantas introducidas más archiconocidas y empleadas de su botiquín natural está S. nigra*, empleado para… premio: contra la tos.

*Aquí tengo que añadir un apunte, y es que prácticamente en toda la franja occidental de Sudamérica crece silvestre un saúco, Sambucus peruviana, que durante un tiempo se ha clasificado como una subespecie de S. nigra… pero bueno, sea como fuere, lo cierto es que se usa contra la tos.

Lo mismo sucede en México, donde la especie Sambucus mexicana se emplea para hacer gárgaras y controlar la tos, preparando las flores en infusión.

Personalmente a mí me gusta mucho el perfume que despiden las sayuguinas, pero hay quien nooo termina de apreciarlo; y en algunos textos franceses he leído que antaño se creía que “las emanaciones” del saúco en flor adormecían a quien se echaba un rato a descansar bajo su sombra.

No obstante, entre todos los poderes que le hemos atribuido al saúco, no es precisamente el sueño el más común o importante…

La mañana del día de San Juan, antes de que se levante el sol y el rocío se haya convertido en vapor y neblina, sal de casa y dirige tus pasos hacia el verde. Recogerás las hierbas henchidas de milagro, con propiedades más potentes y extraordinarias que en cualquier otro momento del año —recogerás artemisa y hierba de San Juan, verbena y llantén y saúco…

Los solsticios son momentos especiales en el calendario de las regiones templadas; si el solsticio de invierno a menudo aglomera festividades protagonizadas por la luz, el solsticio de verano agrupa celebraciones como la noche (y el día) de San Juan en el hemisferio norte, y existe una larga tradición de recolección herborística coincidiendo con esa fechas.

Saúco (Sambucus nigra)
Saúco en el Mediterraneo, en el mes de junio.

Aunque la identidad de estas hierbas sanjuaneras tradicionales es variable, el saúco forma parte del club en distintas partes del mundo —y más aún teniendo en cuenta que la floración del saúco a menudo coincide con este periodo del año. Las connotaciones mágicas que adquiere Sambucus nigra pueden ser en parte debidas al ritual de su recolección, pero también a su naturaleza, que a veces se percibe como intrínsecamente sobrenatural.

El principal poder que se le atribuye es el de la protección de casas, personas, animales y cosechas, por ejemplo colgando una rama florida de puertas o ventanas, ya se haya llevado a bendecir a la iglesia antes, o no.

Proteger, ¿de qué?

Pues de aojamientos, brujas, y por supuesto enfermedades; tenemos constancia, por ejemplo, del empleo de ramas de saúco para hacer cruces sobre zonas afectadas por una infección, o bien para desembrujar a un animal doméstico, en algunas zonas de la península ibérica.

Y tengo noticias de una antigua creencia siciliana, que nos relaciona al saúco con ese animal del que tanto hemos querido protegernos , y del que ya te hablé en el capítulo que dediqué a las rudas: al parecer, a las varas verdes de saúco se les suponía la capacidad de hacer morir a las serpientes venenosas. En cambio, a las varas secas, plantadas en las lindes de un terreno, se les atribuía el poder de “sacralizar” la propiedad delimitada con ellas.

No sé si has observado un detalle: y es que la mayoría de rituales se realizan con ramas, o con varas de saúco… y las varitas en general —y de saúco en particular— no sólo son una vieja obsesión mía, sino también del villano de la literatura juvenil más famoso de todos los tiempos: Voldemort.

Había una vez tres hermanos que creyeron escapar de la Muerte junto a un río. Astuta, la Muerte les ofreció a cada uno de ellos un premio, y el hermano mayor le pidió la varita más poderosa jamás existida, una varita invencible, digna de alguien que había vencido a la Muerte. Y así fue como la Muerte se acercó a un viejo saúco en la orilla del río, tomó una rama y, dándole forma de varita, se la entregó al hermano mayor…

Recuerdo perfectamente la primera vez que me hice con una varita de saúco: fue en Navarra, pocos días antes de realizar un taller sobre plantas y cuentos de hadas en Málaga que titulé La Historia Planterminable.

Hasta aquel momento no había visto nunca un saúco silvestre (porque no hay donde yo crecí) y la primera cosa que recuerdo haber pensado fue… que aquello parecía una varita muy poco imponente. Desde luego, nada que ver —pero ni remotamente— con la varita que empuña Dumbledore en las pelis de Harry Potter.

Rama joven de saúco con médula
Ahí está la médula blanquita :)

Verás, las ramas de saúco tienen una peculiaridad poco común, y es que cuando la cortas, observarás que (además de ser muy fáciles de romper) en el centro hay una médula blanquecina y esponjosa que ocupa buena parte de la sección de la ramilla. Esta médula se puede quitar con relativa facilidad, quedando un tubo hueco que antiguamente convertíamos en cerbatana para lanzar proyectiles, o en un soplador para avivar el fuego, o en un tubo endeblillo para fumar en pipa… o en un silbato, o una flauta.

De hecho, muchos de los nombres que lleva el saúco en Europa hacen referencia a su condición de vara hueca, de interior vacío. “Sambucus”, en cambio, probablemente está emparentado con una palabra para hablar de un instrumento exótico que llegó a tierras mediterráneas desde Oriente, con pinta de flauta, y que se conocía como sambuke o sambuca. Algunos autores sugieren que el material empleado para estas flautas fuesen precisamente varas de saúco (y si piensas en las historias donde aparecen flautistas de instrumentos con poderes, como El flautista de Hamelin —o la ópera de Mozart La Flauta Mágica—, aunque no tenga yo pruebas que lo demuestren, me gusta imaginar esas flautas embrujadas como instrumentos hechos de saúco…).

Entonces, las varas de Sambucus son buenas para flautas y cerbatanas; son también tremendas para hacer setos y vallas vivas, porque el saúco prende muy bien de estaca (y doy fe, que tengo dos saúcos pequeñitos que sobreviven contra viendo y marea tras haberlos plantado…).

Lo que pasa es que la madera de saúco tiene muy mala fama, y en el habla popular de lugares como Francia hay montones de expresiones que nos lo recuerdan: tener el corazón de saúco, o la cabeza de saúco, es ser cobarde, despistado, olvidadizo, chiflado… Y cuidado con los que prometen mucho, pero luego se revelan sauces y saúcos: dan madera frágil, madera de la que no puedes fiarte, madera débil.

Madera de saúco (Sambucus nigra)
Como ves, el tronco puede engordar bien, y la médula se va achicando en proporción…

¿Te cuadra con el material de la varita más poderosa de todos los tiempos, la varita de saúco? Porque a mí, no del todo… Cierto es que cuando la rama crece y llega a convertirse en tronco, la médula va desapareciendo, y el resultado es más duro y compacto, pero aún así…

Ante mí se abren dos posibilidades: que JK Rowling fuese consciente de todo esto, o que no lo fuese (y sus escritos varitológicos no me aclaran la duda).

Si no lo sabía, entonces esta combinación no es más que una gran paradoja fruto de la casualidad.

Pero si lo sabía, en cambio, las lecturas que se me ocurren me parecen interesantes. Que el poder sea, en realidad, un instrumento de corazón hueco, que puede crecer con gran rapidez y ser, a la vez, tremendamente frágil.

O que, un poco en plan “los insignificantes hobbits son los únicos capaces de salvar el mundo”, el verdadero poder a veces se encuentra en el más insospechado y humilde de los lugares… como en una frágil vara de saúco.

Varitas literarias a parte, la mayor parte del folklore sauquístico nos viene del norte: de las regiones germánicas, eslavas, de Escandinavia, de Dinamarca.

Hada del saúco
Ilustración de Cicely Mary Barker de un “hada del saúco” :)

En aquellas tierras los saúcos no sólo tienen propiedades más o menos mágicas, sino a menudo también habitantes sobrenaturales de distinta índole.

En algunas regiones los espíritus son bastante majos, como en Dinamarca, donde la leyenda cuenta que el saúco es el hogar de la Madre Saúco o Hyldemoer, y según una costumbre recogida a principios del s. XVIII, antes de podar o cortar un saúco, tocaba pedir permiso y disculpas a este espíritu, o podrían darse consecuencias desagradables para el transgresor.

Advertencias parecidas se recomendaban en Sajonia, en Suecia o en Inglaterra, y hay quien ha relacionado este espíritu femenino del saúco con una figura de la mitología centro y nord-europea, de connotaciones ambivalentes: Frau Holle, Holda, o Hildi, que podría reunir los aspectos duales de fertilidad y muerte… (peeero las conexiones entre esta Frau Holle y Madre Saúco, aunque interesantes, no están demostradas fuera de toda duda razonable).

De lo que no cabe duda es de que Hans Christian Andersen escribió un cuento titulado Hyldermoer (Madre Saúco) y el principio de este capítulo es una adaptación libre del principio del cuento, en el que un niño tiene que guardar cama por haberse resfriado, su madre le trae una tetera llena de infusión de flor de saúco… y es allí donde nace la magia, gracias a Madre Saúco, guardiana de las historias… y de la Memoria.

¿Quizás pueda echarnos una mano para sacar a las plantas del olvido?

Y con una tetera mágica llena de ramas y hojas y flores contra el resfriado, que buena falta me hace, damos por terminada la senda de hoy, a la sombra de un saúco —aunque estos días por aquí da más bien poca sombra, porque están empezando a perder las hojas.

Como puedes imaginar, los saúcos aparecen en El libro de las plantas olvidadas, pero además fueron los primeros responsables de mi larga serie de apuntes sobre varitología comparada, que (si te gustan las cosas rarunas, como a mí) puedes encontrarla en el blog Imaginando Vegetales y donde verás que, curiosamente, no aparecen casi varas de saúco, que son raras comparadas con otras maderas…

Te recuerdo también que voy colgando las transcripciones de los capítulos del podcast en el blog imaginandovegetales, y que puedes acceder a ellas directamente en la dirección podcast.imaginandovegetales.com

Y deja que aproveche la ocasión para un agradecimiento especial y público… porque soy un poco despistada, y sólo ahora descubro unas cuantas reseñas maravillosas que este programa ha recibido en Apple podcast! Eso, unido a los comentarios que algunas personas me han hecho llegar, me anima mucho a continuar compartiendo estas historias contigo… Dado que esto lo hago por locura personal y sin ningún tipo de apoyo logístico o económico*, puees no te imaginas la ilusión que me hace saber que hay alguien ahí que lo aprecia… así que muchas, muchas gracias.

*Cuando salió este capítulo, era cierto; hoy tengo a unas cuantas personas maravillosas que sí me apoyan con microdonaciones en Patreon.

Al salir del bosque, el sol nos recibe al otro lado, y los arbustos siempreverdes cubren la piel de las laderas pedregosas de la montaña, donde la vegetación se hace un poco más baja, un poco más perfumada. Entre ellos encontramos una planta que posee flores tan blancas como las sayuguinas, y frutos tan negros como las drupas de saúco… pero para que puedas adivinar su identidad, necesitas alguna pista más, como por ejemplo… Granada.

Otra es: perfumado.

Y, por último… Afrodita.

Ya sabes que si blah blah blah

Y dicho esto, no me queda más que dar las gracias a los saúcos por sus poderosas ramas y deliciosas flores (y frutos!), agradecerte a ti la compañía, desearte un feliz día…

¡y que la clorofila te acompañe!

Logo del podcast La senda de las plantas perdidas

{Agradecimientos especiales a: Cristina Llabrés y Evaristo Pons por la música, y a Mabel Moreno por el diseño del logo <3}

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2 comentarios en “El árbol que sacaba ramas sin corazón: Sambucus nigra

  1. Me están entrando ganas de salir a pasear y ver como siguen los saúcos de la senda. Gracias Aina, humildemente sigo haciendo promoción de cuéntame sésamo, para animar a proyectos de futuro verde desde la escuela que nos viene.

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    1. Holaaa!!! Qué alegría leerlo!! (ay sí, ando yo un poco preocupada con el próximo curso, con el tema de que quizás los niños no puedan realizar salidas al campo, dificultando mucho ese contacto directo con la naturaleza… si necesitas algo, dímelo y veo qué puedo hacer!! Abrazos y felices paseos bajo los saúcos ;) (yo también saludé a uno ayer, un poco alicaído de calor jajaja pero animoso…)

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