o también Un remanso de paz en el infierno sobre ruedas

[~ 8 minutos de lectura]

Al son de: Nee Koppulona OST, Bala Krishna

Estaba todo planeado.

Aterrizaríamos más o menos destrozadas en el aeropuerto de Bengaluru (Bangalore, Karnataka: India) hacia las nueve de la mañana, hora local. Dejaríamos los trastos en el hotel, y desde allí nos desplazaríamos hasta el jardín botánico de Bangalore:

Lal Bagh, que significa “el Jardín Rojo”.

Mapa situando Bangalore
La flecha verde indica la ubicación de Bangalore (que no ha cambiado de sitio, ni Lal Bagh tampoco, aunque el mapa sea de principios del s. XX).

En un principio me había preparado para ir yo solita, sin arrastrar a nadie más a la tortura vegetófila que supone la visita a un jardín botánico conmigo; cuando una amiga me recomendó encarecidamente que ni se me ocurriese pasear sola por ninguna parte, por muy jardín botánico que fuese, preparé un plan de contingencia (“¿no tendrán en el hotel a alguien que pueda muy amablemente acompañarme y seguirme de acá para allá en el jardín, mientras yo saco fotos y me encanto con las plantas? ¿Sí? Muy amables, fenomenal”).

Pero al final, y pese a mis advertencias, mis compañeras de aventura se apuntaron a la visita. Cinco personas apretujadas ilegalmente en un coche —aunque, visto el estado del tráfico en la India, creo que a nadie le importaría un pimiento— para un trayecto que se hizo francamente eterno.

Acompañamientos divinos en coche, India
Menos mal que tienen 33 millones de dioses, y supongo que velando todos por los conductores, porque de lo contrario no me explico cómo no hay más accidentes.

Una eternidad muy ruidosa, y plagada de socavones y badenes que parecían cadenas montañosas.

Treinta kilómetros convertidos en casi hora y media de un infierno hecho de calor y una maraña de rickshaws, motos, coches, camiones, autobuses… una cantidad apabullante de vehículos que se echaban los unos encima de los otros.

Cuando por fin enfilamos la puerta de Lal Bagh, creo que ninguna de nosotras estaba en plena posesión de sus facultades. Entramos en coche, y nos pidieron en la puerta mismo que pagásemos los billetes de entrada. Ni recuerdo cuánto fue. ¿10 rupias? Al cambio, 12 céntimos de euro. Un extra si queremos sacar fotos con las cámaras.

Parejas bajo los árboles de mango en Lal Bagh
Pagamos por mi cámara. Los móviles se emplearon de estranjis. En la foto, parejas a la sombra de enormes árboles de mango.

Nos derramamos fuera del vehículo con una sensación extraña. Guru, nuestro conductor y salvador con nivel de inglés T1 (Tarzán-1), nos esperaría en el coche. Aunque el plan inicial era movernos por Bangalore a pie después de visitar Lal Bagh, murió de infarto fulminante a los pocos minutos de ver cómo es el tráfico en la ciudad que llaman la Silicon Valley de la India.

Lal Bagh resultó ser… una experiencia curiosa.

No había tenido mucho tiempo de leerme la historia del jardín, pero sí unos cuantos comentarios de visitantes, con opiniones variables. Las críticas más notables me habían dado pistas sobre qué podía esperar: suciedad; desorden; un parque lleno de gente que se pasea de un lado para otro.

Mapa de Lal Bagh
Encajado detrás de una larga fila de tenderetes con sombrillas blancas, un mapa del jardín. Que vimos justo cuando estábamos largándonos.

Y sí, tienen razón. Lal Bagh no es un jardín botánico al estilo occidental; al Orto Botanico de Padova quizás le daría un soponcio si se lo presentasen y le dijesen que es familia suya.

Hay puertas y barreras, pero se atraviesan en coche, y las instalaciones de aparcamiento son más parecidas a las de un parque público, que a las de una institución científica. Lo mismo sucede con el diseño de los espacios, con los caminos, y con los habitantes del jardín que instalan sus puestos de comida a lo largo de los paseos de tierra batida de Lal Bagh.

Vendedores de comida en Lal Bagh
Vendedores con vistas al lago de Lal Bagh, construido para regar las plantas del jardín en caso de necesidad (y sospecho que no es raro).

Cocos verdes, mazorcas de maíz, cacahuetes tostados, rajas de sandía, neveras con refrescos… más o menos cochambrosillos, los vendedores ambulantes de comida y bebida están en todas partes.

Sin embargo, mi mayor crítica a Lal Bagh no tiene nada que ver con estas minucias. No me importa compartir jardín con carros a tracción animal o con perros vagabundos; ni siquiera me desilusionó que el gran invernadero estuviese en obras.

No. Lo que me dejó bastante chafada fueron los carteles con información científica —o, más bien, la notable ausencia de los mismos.

Esto es de lo mejorcito con que puedes tropezarte en Lal Bagh en cuestión de carteles científicos. (Y si me sigues en Instagram, ya sabes quién es esta muchacha: rudraksha!)

Si algo me espero de un jardín botánico, es que todos sus ejemplares vegetales estén debidamente identificados con su nombre binomial y su familia. El resto, francamente, me da bastante igual (siempre y cuando las plantas estén bien cuidadas, claro).

Si alguna ilusión me había hecho planeando la visita a Lal Bagh, era precisamente esa: disfrutar de una introducción con etiquetas científicas fiables a la flora del sur de la India, para poder pasearme los días siguientes y ser capaz de (re)conocer a plantas que, de otra forma, podrían pasarme totalmente inadvertidas.

Las habitantes clorofílicas de Lal Bagh, en cambio, sólo merecen un cartel científico si:

a) Son árboles (no vi ni una sola herbácea o arbusto con etiqueta), y

b) Han caído en gracia al encargado de repartir carteles.

Perdí la cuenta de las veces que busqué en vano, dando vueltas alrededor del tronco con frustración creciente, el dichoso cartel ausente. ¡Y eso que el departamento de Horticultura está dentro del jardín!

Paseos por Lal Bagh
Se intuye un cartel verde en el árbol de la izquierda… así, casi por casualidad.

Lo curioso es que después te tropiezas con carteles citando el nombre científico de tal o cual árbol en lugares como templos o complejos histórico-artísticos; conocí al bael (Shorea robusta), por ejemplo, a pocos metros de un templo de Shiva, a cuya sombra los fieles realizaban pujas bajo la mirada atenta de un grupo de monos.

Esta falta es algo que me cuesta perdonarle a Lal Bagh.

Entre los puntos positivos, en cambio, están los otros carteles, que me hacen sonreír cada vez que los leo (ya sea por su ortografía inglesa de interpretación libre, o por lo vagamente absurdo de la redacción).

Cartel en mal inglés: Plying games is prohibited
Ea. No Ply. (teóricamente, “Play”…) En otro punto de la India me desternillé con una recomendación a los conductores escrita en una roca, que en lugar de poner “sound (the) horn” (toca el cláxon) decía “sound horny” (… donde “horny” quiere decir sexualmente excitado. Ajem).

El otro punto positivo, por supuesto, fue poder admirar ejemplares de considerable tamaño de pipal (Ficus religiosa), de mangos, o unas impresionantes Bombax ceiba.

Ah, y ardillas. Montones de ardillas. Y tíos sacándote fotos sin tu permiso, pero esa es otra historia.

Ardilla en Lal Bagh
Una monada. Si mal no recuerdo, está encaramada a un árbol de mango, Mangifera indica.

(A posteriori me he enterado de que, muy probablemente, también conocí a los ashokaSaraca asoca, especie de gran bagaje cultural que tenía muchas ganas de conocer. Pero no estoy segura al 100%, porque eran de esos que no tenían ni un puñetero cartel colgado. URGH.)

Pasamos sólo dos horas paseando por el jardín-parque; con más tiempo y menos cansancio, hubiese pecoreado un poco más entre las hojas, pero suficiente sacrificio hicieron mis compis de viaje siguiéndome de acá para allá.

Tras mi regreso he podido leer cuatro cosas sobre su historia, que no está nada mal: fundado por un gobernador indio, enriquecido por su descendiente, pasado a manos británicas como botín de guerra,  y gestionado durante el s. XIX desarrollando sus instalaciones y colecciones botánicas en relación con Kew.

Árboles en Lal Bagh
Desde la izq. tenemos un pipal, la rosaleda del jardín, y un camino sombreado por una enorme palmera cuya identidad, ay, desconozco.

Parece raro, pero Lal Bagh es prácticamente coetáneo al Real Jardín Botánico de Madrid*, habiéndose fundado en 1760 por Haidar Ali, “el soldado-aventurero que se convirtió en el gobernador de facto del reino de Myosore, en el sur de la India”. Se dice se inspiró en los jardines mogoles de sus vecinos para diseñar las más de 30 hectáreas de jardín, con plantas traídas de otras regiones del subcontinente.

*Que se fundó en 1755, o 1781 si consideramos su emplazamiento actual.

El hijo de Haidar Ali, además de enriquecer la colección botánica con especies oriundas de Persia, Turquía o incluso Sudáfrica, se peleó con los británicos. La jugada le salió mal: en 1799 fue derrotado en la batalla de Seringapatam, y todos sus bienes fueron confiscados, entre ellos Lal Bagh.

El pobre jardín cambió de manos muchas veces durante los sesenta años sucesivos, una víctima más de la burocracia y de la inestabilidad institucional, hasta que en 1856 a alguien se le ocurrió la brillante idea de convertir Lal Bagh en un jardín botánico gubernamental. Ello implicaba, por supuesto, entrar a formar parte de la amplísima red de jardines botánicos imperiales coordinada por los Royal Botanic Gardens de Kew, y el nombramiento de un superintendente que se encargaría de gestionar Lal Bagh.

A finales del s. XIX, cuando el gobierno de la región fue devuelta a la figura del Maharaja de Myosore (bajo atento control británico, indeed), el jardín triplicó su tamaño, y debo decir que las fotos históricas muestran un Lal Bagh bastante más ordenadito que el que vi yo. El enorme invernadero de cristal que nosotras vimos en obras data de aquellos tiempos, cuando se iniciaron los espectáculos de flores que aún hoy siguen organizándose cada año (o cada dos). Asombra pensar que trajeron la estructura entera —si bien desmontada, evidentemente— desde Glasgow, Escocia.

Invernadero en Lalbagh
En obras. Suspiro.

Tras las vicisitudes sucedidas a lo largo del s. XX, en la actualidad la gestión de Lal Bagh está a cargo del Directorate of Horticulture del gobierno de Karnataka (estado cuyo territorio engloba y coincide en parte con el antiguo reino de Myosore). Tengo sentimientos encontrados sobre qué nota dar a su gestión del jardín, pero bueno, eso no quita que tenga ganas de regresar.

Sin jetlag, sin prisas.

Y sin hacerme la más mínima ilusión sobre carteles científicos.

Los jardines botánicos son como la miel para las moscas para alguien como yo; si tú también compartes mi vicio, puedes leer mis impresiones sobre el Jardín Botánico de Sóller (Mallorca) aquí; darte una vuelta por el Jardín Botánico Histórico de Barcelona durante un festival celebrado en el 2015, aquí, y por su Jardín Botánico en un verano achicharrante aquí; adentrarte en el Jardín Botánico Atlántico de Gijón (Asturias) en un precioso día de invierno, aquí; aprender un poco más sobre los bambúes que viven en el Real Jardín Botánico de Madrid, aquí; o gozar de la primavera en el Real Jardín Botánico de Córdoba, aquí.

En Italia, puedes visitar el Orto Botanico di Pisa junto a su famosa torre inclinada, aquí; vagabundear por el delicioso Orto Botanico di Bologna, aquí; o descubrir el jardín botánico más antiguo del mundo, el Orto Botanico di Padova, aquí.

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Referencias, información práctica & Recursos

La historia de Lal Bagh la he leído a posteriori en Bowe, P. 2012. Lal Bagh — The botanical garden of Bangalore and its Kew-trained gardeners. Garden History 40 (2): 228-238.

La web oficial del Departamento de Horticultura dedicada a Lal Bagh, un poco pobre, está aquí.

Ilustraciones

El mapa es una modificación sobre un original de 1903, aparecido en una enciclopedia de Dodd, Mead & Co.; puedes consultarlo aquí.

El resto de fotos son todas de una servidora :) Si quieres emplear alguna, hazlo sin problemas: basta que indiques autoría, y añadas un enlace a imaginandovegetales.com, o ainaserice.com!

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